Milenio 3
Otros vampiros
La sangre se ha considerado fuente de vida desde la más remota Antigüedad. La primera referencia a un vampiro se encuentra en piezas arqueológicas persas, babilónicas y chinas (véase el capítulo «Vampiros» para una breve historia del tema). La mitología griega también conoció sus propios vampiros. Pero la verdadera historia del vampiro comienza en la Edad Media. En el siglo XII, algunas crónicas de Inglaterra hablan de muertos hallados fuera de sus ataúdes. En Cataluña es famosa la leyenda del conde Struch, del que se decía que andaba los caminos como alma en pena y que se apoderaba de los viajeros para succionarles la sangre. En el siglo XIV, en Europa del Este comienzan a producirse espectaculares manifestaciones vampíricas que coincidían, además, con grandes epidemias de peste. Los enterramientos precipitados favorecían la aparición de presuntos «resucitados». En el siglo XV, en Francia, fue famoso un personaje llamado Gilles de Rais, identificado como un auténtico vampiro. Este hombre, antiguo compañero de armas de Juana de Arco, pensó que en la sangre se hallaba el secreto de la Piedra Filosofal y su locura le llevó a torturar y a asesinar a más de trescientos niños, a los que extraía la sangre para experimentar con sus pócimas.
La Edad Media fue la época preferida de los románticos. No es extraño que los escritores del siglo XIX recurrieran a historias medievales para recrear y revitalizar personajes que parecían olvidados. El doctor Polidori, médico y consejero de lord Byron, Charles Baudelaire y Bram Stoker fueron algunos de los escritores que desarrollaron el tema del vampiro y, sin duda, fue el último quien le confirió la imagen que de él se tiene en la actualidad: Drácula, el vampiro, es un no muerto, un conde de Transilvania que rejuvenece —hasta adoptar una imagen galante, con capa negra y sombrero de copa— con la sangre de sus víctimas, principalmente damas lánguidas y hermosas. Escapa de la luz del sol y rechaza las imágenes sagradas, especialmente la cruz. (En las películas de serie B, incluso teme a los ajos). Se acaba con él clavándole una estaca en el corazón. Puede transformarse en casi cualquier bestia salvaje, pero preferentemente gusta de revestirse con la imagen de un murciélago.
Aparte de la natural repugnancia del hombre hacia estos animales, hay datos antropológicos y zoológicos que permiten establecer una línea de continuidad entre la imagen común del vampiro y ciertos animales que, precisamente, tienen el mismo nombre. No son animales fantásticos. Son pura realidad.
Fernando González Iglesias, prestigioso realizador de documentales, se ha detenido también en este mundo de los chupadores de sangre. Nos decía que en tiempos de los mayas y los aztecas se hablaba de un vampiro gigante. «De este vampiro, notablemente grande, se conocen restos fosilizados de hace más o menos 10.000 o 20.000 años. Se especula que pueda estar todavía vivo en selvas del norte de Sudamérica y de Centroamérica». Este animal parece tener alguna relación con la figura mitológica del «murciélago de la muerte» del que se hablaba en la cultura maya y que aparece representado con frecuencia en la iconografía de dicha cultura. No se trataba de un pequeño murciélago que succionara gotas de sangre, sino de una verdadera bestia capaz de matar a un hombre. «Estos vampiros gigantes se confunden a menudo con los zorros voladores, que son grandes murciélagos de casi dos metros de envergadura», advierte Fernando González Iglesias. «Mucha gente les tiene miedo, pero son absolutamente inofensivos. Viven en el Sudeste Asiático. Sin embargo, existen los vampiros auténticos; son pequeños, pero en absoluto son inofensivos: son unos animales muy peligrosos e históricamente han sido terribles para los hombres». En efecto, los cronistas de Indias hablaban de esos terribles encuentros con los murciélagos vampiros de las zonas pantanosas de Centroamérica. Cuando se quitaban las corazas y se dormían, algo acechaba en las sombras. Notaban que día a día iban perdiendo la fuerza y el vigor y caían desfallecidos en aquellas selvas y pantanales.
«Son pequeños», dice González Iglesias. «Apenas tienen un palmo de envergadura. Pero utilizan una técnica verdaderamente siniestra. Se posan sobre su víctima (precisamente por eso pesan tan poco) y hacen una pequeña incisión con los dientes; su saliva tiene un anestésico y un anticoagulante; lamen la herida y empieza a brotar la sangre sin parar. En vez de succionar la sangre, como el vampiro de Bram Stoker, lo que hacen es lamer la sangre que va cayendo. Entonces es cuando acuden cientos de ellos y, casi sin darse cuenta, su víctima muere».
Este tipo de animales se llaman murciélagos hematófagos, es decir, comedores de sangre. Habitan sobre todo en América Latina, en zonas templadas o tropicales que se extienden desde México hasta el centro de Chile y el norte de Argentina. Hay tres clases principales: el vampiro común o Desmodus rotundus, de pequeño tamaño y aficionado a chupar la sangre de mamíferos como cerdos, vacas, caballos u ovejas. El segundo es el vampiro de alas blancas, Diaemus yuongi, identificable porque posee una mancha blanca en las puntas de cada ala. Este vampiro prefiere la sangre de las aves. La última tipología corresponde al vampiro de patas peludas, Diphylla eucudata, de orejas pequeñas y ojos saltones. También prefiere la sangre de las aves. El vampiro gigante del que hablaba Fernando González se denomina Esmodus draculae. Naturalmente, el nombre se debe al popular Drácula, porque los hallazgos paleontológicos de esa especie se realizaron ya en el siglo XX. Algunas tribus indígenas no consideran que este vampiro gigante se haya extinguido. Para ellas no es un mito. Sigue vivo y esperando…