Milenio 3
Garrote vil para un señorito
Vicente Copete fue el verdugo que ajustició a Delgado y a Granado. Era el ejecutor de sentencias de la Audiencia de Barcelona y era su ejecución número doce en catorce años. Al parecer, los dos jóvenes estaban aterrorizados y le gritaban al sacerdote: «¡Padre, padre, que yo no he sido! ¡Que yo no he sido! ¡Que el que puso las bombas estaba allí…!». La ejecución se llevó a cabo en los terribles sótanos de la cárcel de Carabanchel.
Tras la confesión de los verdaderos culpables y la investigación de Carlos Fonseca, varios abogados solicitan la revisión de aquella condena a muerte y la declaración de inocencia. La propia familia también lo solicita. «Suplico a la sala que, teniendo por presentado este escrito con los documentos que se acompañan, tenga por interpuesto recurso de revisión contra la sentencia dictada por el juzgado militar nacional de actividades extremistas en fecha 13 de agosto de 1963, en la causa 118/63, en la que se condenó a muerte a don Francisco Granado Gata y a don Joaquín Delgado Martínez, por ser justicia que pido en Madrid, a 3 de febrero de 1998».
Carlos Fonseca explica en qué quedó esta súplica judicial: «El Supremo rechazó aquel recurso, argumentando que el fallo fue conforme a la legislación vigente en aquel momento, y la familia presentó un recurso en el Constitucional que lleva ya más de cuatro años pendiente de que se tome una resolución al respecto. De manera que el tema está ahí… parado».
El recurso se quedó en nada.
Garrote vil para un señorito
A finales de la década de 1950 se procedió a ejecutar al último criminal por la vía ordinaria o civil. A partir de entonces, todos los reos de muerte fueron sentenciados en Consejo de Guerra por conducto militar.
La prensa de la época abría sus portadas con uno de esos titulares impactantes: «Un rico en el patíbulo». Es la historia de un hombre llamado José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris: Jarabo. Su apodo causaba pavor en la década de 1950.
Los sonados crímenes de Jarabo salieron a la luz pública el 22 de julio de 1958. El día anterior habían sido descubiertos los cuerpos sin vida de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, muertos a manos de José María Jarabo, de 33 años.
Desde su juventud, este señorito de buena posición era conocido por sus continuas juergas y por sus numerosos vicios. Se codeaba con la flor y nata de la sociedad española de la época. Su buena presencia física, su simpatía y su facilidad de palabra lo habían convertido en objeto de deseo para muchas mujeres. Pero, dadas sus ínfulas y su vehemencia, ya había tenido algunos problemas con la Justicia.
Su figura fue representada en la pantalla por un insuperable Sancho Gracia en la serie La huella del crimen. Allí descubrimos a ese Jarabo arrogante, noctámbulo, despilfarrador, que invitaba a todo el mundo y se peleaba con todo el mundo:
—¡Usted no sabe con quién está hablando! ¡Yo soy un señor! ¿Está claro? — decía el personaje que interpretaba un espléndido Sancho Gracia.
En el año en que tuvieron lugar los crímenes, José María Jarabo mantenía una relación sentimental más o menos estable con una mujer casada llamada Beryl Martin Jones, de nacionalidad inglesa. Al no disponer de dinero suficiente para costear sus andanzas nocturnas, su amante le dio una sortija para que la empeñara. Así lo hizo, aunque por una cantidad irrisoria, ya que el anillo valía mucho más. Cuando unos meses más tarde Jarabo quiso recuperar la sortija, los dueños de la casa de empeño Husber le pidieron a cambio el dinero que le habían entregado y una carta de la propietaria de la joya autorizando su devolución. El problema consistía en cómo conseguir el dinero. Jarabo acudió al establecimiento con la carta en la mano para intentar que le devolvieran el anillo. Los prestamistas Emilio Fernández Diez y Félix López Robledo se quedaron con la carta, pero acordaron no darle la joya hasta que llevara el dinero.
Aquel 19 de julio, José María Jarabo planea asesinar a esos fiadores. Por desgracia, sus manos se mancharon con la sangre de más personas.
«Pasadas las nueve de la noche, después de haber estado haciendo tiempo en compañía de una mujer con la que había trabado amistad en el Metro, entró en la calle Lope de Rueda 57, cuarto exterior. Al llegar, como lo tiene todo planeado, abre las puertas del ascensor valiéndose de los codos y aprieta el piso al que va con la uña del pulgar derecho, para no dejar huellas. Pulsa el timbre de la vivienda con las falanges segunda y tercera del dedo índice. Le abrirá la desgraciada Paulina Ramos Serrano, de 26 años, criada».
Este es un informe clásico de la policía española firmado por un inspector también clásico, el que descubrió al asesino: el comisario Viqueira Hinojosa.
Jarabo apenas piensa en nada cuando tiene delante a la muchacha: acaba con la criada y, después, con el dueño de la casa, el prestamista Emilio Fernández Diez. Y aquí empieza una espiral de crímenes que ya no sabe cómo detener. Actúa con una frialdad estremecedora. Para tratar de explicar la violencia de Jarabo, algunos especialistas hablaban de sífilis cerebral, una dolencia que se le llegó a diagnosticar a este asesino.
Jarabo había escondido los cuerpos de sus víctimas y, entonces, entra la esposa del prestamista, Amparo, y se encuentra con la casa vacía y un hombre elegantemente vestido que disimulaba las manchas de sangre en el traje. Tenía tanta facilidad de palabra, era tan engatusador, que llegó a hablar con ella y a convencerla para que no saliese fuera de su domicilio.
Un disparo en la nuca acabó con la vida de Amparo, de 30 años, que estaba embarazada. Increíblemente, Jarabo decidió quedarse a dormir en aquella casa, junto a los tres muertos, y trató de simular un crimen pasional y borrar sus huellas.
A la mañana siguiente, después de cambiarse de ropa y guardar su traje en una bolsa, salió a la calle.
Un día después, Jarabo se dirige a la casa de empeño y se esconde en el almacén del negocio para esperar a su última víctima, el otro propietario del establecimiento, Félix López Robledo. Le descerraja un tiro en la nuca.
El juicio a Jarabo fue un acontecimiento sin precedentes. Había mucha expectación y se formaban largas colas para asistir al juicio. En cierto modo, a Jarabo le ocurrió como a la asesina de Fuencarral: la fama, aunque tuviera un origen criminal, le hacía disfrutar. Antonio Ferrer Sama, catedrático de Derecho Penal, asistió a aquel juicio en el que se juzgaba al señorito que había matado a cuatro personas: «Uno de los aspectos de la interesantísima personalidad de Jarabo, desde el punto de vista mental, era su delirio de notoriedad. En el juicio oral se sintió como una vedette: llevaba un traje cada día. Es más: yo estoy convencido de que si la ejecución hubiese sido pública o hubiera sido televisada, Jarabo se habría sentido verdaderamente satisfecho, puesto que su ejecución habría llegado a todos los hogares, habría llegado al mundo entero y habría quedado como un documento en el que él habría sido el único protagonista. El juicio oral representó un verdadero espectáculo. Se formaban colas que se iniciaban a las dos de la mañana para poder ocupar los primeros puestos, se vendieron los primeros puestos de la cola a 1.500 pesetas y hasta 2.000… ¡en aquella época! Esto da una idea de la supervivencia en nuestros tiempos de la ejecución como verdadero espectáculo popular».
A José María Jarabo se le descubre porque en una comisaría madrileña se recibe una llamada del propietario de cierta tintorería. Éste denuncia que uno de sus clientes habituales, un tal José María Jarabo, también conocido como Morris, había acudido a su establecimiento para que le limpiaran urgentemente un traje lleno de grandes manchas de sangre que, según aseguró, eran fruto de una pelea. La versión no resultó suficientemente creíble. Cuando fue a recoger el traje del tinte, los agentes le estaban esperando para detenerlo.
El día 29 de enero de 1959, Jarabo fue juzgado en la Audiencia Provincial de Madrid y condenado a la pena de muerte. El 4 de junio de ese mismo año el garrote vil puso fin a su vida.
Antonio Ferrer Sama explica cómo fueron aquellos últimos minutos en la vida de Jarabo: «Yo quise atenderle también en lo material en aquella noche: salí a comprar una botella de whisky, unos cuantos cigarros puros… Pero a Jarabo no se le permitió beber, salvo unos momentos antes de la ejecución. Entonces se le permitió tomar medio dedo de whisky en un vaso de aluminio. Me dio un abrazo muy fuerte y me dijo que Dios me pagaría lo que había hecho por él».
El verdugo fue Antonio López Guerra: «El cura y los oficiales le dijeron que si quería ponerse un pañuelo. Él dijo que no, que quería ir normal… Llegó, se confesó, comulgó… y preguntó: “¿Dónde me tengo que sentar?”. Y le dije: “Aquí”. Recuerdo que tuve que levantar un poco más el aparato porque no estaba a la medida…».