Milenio 3
La Sociedad de la Niebla
Hubo una leyenda curiosa, referida a este Christian Rosencreutz, que contaba que se le había visto varios siglos después de que en teoría hubiese muerto. En fin, en este ámbito se encuentra la famosa mitología de «los inmortales», frecuentemente referida en libros y novelas románticas.
«Se hablaba de que la Rosacruz emergía cada cierto número de años», decía Javier Sierra. «Permanecen ocultos y en el olvido absoluto durante mucho tiempo y surgen, cuando lo creen necesario, para impulsar ciertos movimientos sociales y políticos importantes. Siempre se ha temido mucho esta organización, en algunos ambientes, porque se la consideraba revolucionaria. En realidad, los regímenes autoritarios siempre han tenido pavor de los rosacrucianos y de los masones, porque estas sociedades secretas, sobre todo, impulsaban valores democráticos y valores de apoyo mutuo. Se cree, aunque sobre esto habría mucho que discutir, que muchos fundamentos rosacrucianos están detrás de la constitución de la Unión Europea».
La Sociedad de la Niebla
Esta extraña sociedad secreta es conocida sobre todo porque uno de sus principales miembros fue, al parecer, Julio Verne. Se asegura que el prolífico autor francés estaba obsesionado con vencer a la muerte, con el ocultismo y con otras prácticas más o menos extrañas.
La Sociedad de la Niebla fue fundada en el siglo XVI por un impresor de Lyon apodado Gryphe. Sus fundamentos se basaban en los de la francmasonería, y su objetivo principal era conocer a Dios mediante el estudio de la Naturaleza y sus leyes. Pertenecieron a esta sociedad escritores de renombre mundial como Alejandro Dumas, George Sand, Gerard de Nerval, Julio Verne o maestros de la pintura como Eugéne Delacroix o Nicolás Poussin. Los miembros de esta sociedad rescataron un texto medieval titulado El sueño de Polifilo, atribuido al monje dominico italiano Francesco Colonna. Se trata de un volumen dividido en dieciocho capítulos, repletos de simbología, que influirían en escritores como Dante, Cervantes, Goethe y muchos otros.
Nunca se sabe, a ciencia cierta, dónde empiezan y dónde acaban estas sociedades secretas. Véase: Julio Verne (1828-1905) ordenó que lo enterraran en el cementerio de La Madaleine, en Amiens. Y para ello hizo construir una tumba verdaderamente espectacular, en la que un brazo —su propio brazo figurado— pareciera quebrar la lápida y saliera al exterior. El epitafio decía: «Hacia la inmortalidad y la eterna juventud», un lema muy rosacruciano, según Javier Sierra. En su propia tumba, Verne encriptó un emblema que suele pasar desapercibido: una rosa con una cruz en el centro.
Las hermandades secretas, como puede apreciarse, a menudo cruzan sus caminos y es probable que ni siquiera sus miembros conozcan a ciencia cierta en qué negocios están involucrados.