Milenio 3
Cuando el reo es inocente
Uno de los casos más sangrantes de la historia judicial española es el que afectó a Francisco Granado y Joaquín Delgado. Estas dos personas fueron ajusticiadas en garrote vil en la década de 1960 y treinta años después se supo que eran inocentes.
Corre el año 1963: dos personas han sido sentenciadas y se sientan en el garrote vil para cumplir la pena suprema.
Francisco Granado y Joaquín Delgado eran dos jóvenes anarquistas. Fueron acusados de colocar sendos artefactos explosivos el 29 de julio de 1963 en la sección de pasaportes de la Dirección General de Seguridad y en la Delegación Nacional de Sindicatos. El primero de los artefactos, una carga de explosivo plástico de doscientos gramos de peso provocó heridas a una veintena de personas. Dos días después de los atentados, el 31 de julio, a las cuatro de la tarde, Francisco y Joaquín son detenidos. En tan sólo diecisiete días fueron juzgados y condenados a muerte. Delgado y Granado reconocieron ser militantes anarquistas pero nadie pudo arrancarles una confesión de culpabilidad. Hasta su muerte, defendieron su inocencia. Ambos tenían menos de 30 años cuando el garrote vil se ciñó mortalmente contra sus gargantas en la cárcel de Carabanchel. Casi treinta años después, Sergio Hernández y Antonio Martín confesaron ser los verdaderos autores de estas acciones.
Sin duda, éste es uno de los sucesos más trágicos y penosos de la historia judicial española: el caso Delgado-Granado. Como solía ocurrir en aquellos grises años del franquismo, éste fue un caso más conocido fuera de España que dentro.
Estos dos anarquistas, según se desprende de la última investigación realizada por el periodista Carlos Fonseca, sí tenían previsto actuar con explosivos, pero el hecho es que no habían sido ellos.
La detención de estos dos muchachos tiene también su dosis de surrealismo y en parte explica el contexto social de la época. Ellos se encontraban cerca del Palacio de Oriente y, al ver pasar a unas jóvenes extranjeras, les comentaron algo o les lanzaron algunos piropos. Un policía que se encontraba cerca les pidió la documentación. Entonces estallaron las bombas, hubo un interrogatorio… y jamás salieron de aquellas dependencias.
Carlos Fonseca, de la revista Tiempo, y autor de Garrote vil para dos inocentes (Temas de Hoy, Madrid, 1998), recuerda así esta desgraciada historia: «Delgado y Granado fueron sencillamente unos chivos expiatorios que pagaron con su vida la rigidez del Estado franquista. Fue una especie de castigo ejemplar que se produjo escasos meses después del ajusticiamiento de Julián Grimau. [Julián Grimau, dirigente del Partido Comunista, fue fusilado el 20 de abril de 1963 en Carabanchel]. Francisco Granado había venido a Madrid con una maleta con explosivos que debía guardar durante un tiempo, a la espera de que se la reclamara un grupo de anarquistas que iba a intentar matar a Franco en un atentado. La inmediata detención de los dos como presuntos terroristas, con la acusación de ser los autores de aquel atentado, dio con sus huesos en la cárcel y, después, fueron ejecutados. En realidad, aquellas bombas habían sido colocadas por otros anarquistas, uno de los cuales ya había regresado a Francia y el otro observó desde Madrid cómo por unos hechos que él había protagonizado se detenía y se culpaba a otros dos compañeros que nada tenían que ver con ello».