Milenio 3
En el Monte de la Calavera
Respecto a la capa púrpura que habitualmente se contempla en las representaciones de Jesús, los expertos contemplan la posibilidad de que no se tratara de un delicado tejido, lo cual tendría sólo un propósito burlesco. Más bien se decantan por una especie de tejido rugoso que produciría aún más laceraciones en la piel herida del reo.
En el Monte de la Calavera
Finalmente, la decisión fue crucificar al reo. Se sabe que había varios modos de ejecutar esta sentencia, pero, en todo caso, se trataba de una pena que se empleaba para los ladrones y delincuentes comunes. Sin embargo, los romanos también utilizaban la cruz como castigo político, para los traidores y revolucionarios. Al parecer, los cartagineses fueron los primeros en ejecutar habitualmente a los reos por medio de la crucifixión. Y parece que en los territorios de la península Ibérica, los romanos la utilizaron masivamente en la cornisa cantábrica contra vascones y cántabros, y aún quedan restos arqueológicos de esas crucifixiones contra los rebeldes hispanos. Y otro tanto ocurrió con el famoso rebelde Espartaco y con los cristianos posteriormente, en Roma, a los que Nerón acusó de conspiraciones políticas. Si Jesús se había declarado rey, era evidente que era un revolucionario, un cabecilla de una facción rebelde y, por tanto, debía ser crucificado. De hecho, cuando hubo de tallarse el titulus, se especificó cuál era el cargo que se le imputaba. El titulus era un cartel de madera que se colocaba en la cruz o colgado del cuello del reo en el que se declaraba por qué se había ejecutado al reo. Así, todos aquellos que lo vieran sabrían qué se castigaba y de qué modo. En el caso de Jesús de Nazaret, el titulus rezaba: Iesvs Nazarenvs Rex Ivdeorvm («Jesús de Nazaret, rey de los judíos»).
Dependiendo de la gravedad de las acusaciones, la pena de crucifixión se ejecutaba de un modo u otro. Los ladrones y delincuentes comunes simplemente eran trasladados al lugar donde se procedía a la crucifixión. En Jerusalén, el lugar elegido se llamaba Gólgota, o Monte de la Calavera (Calvario). Allí estaban emplazadas ciertas cruces fijas, llamadas crux capitata o crux inmissa. Pero para los delitos graves, se obligaba al reo a cargar con el patibulum, que era el poste transversal que posteriormente se encajaba en el stipes o supplicium, un poste vertical clavado en tierra.
A Jesús se le crucificó en el Gólgota, junto a dos ladrones, tradicionalmente llamados Dimas y Gestas, y que sirvieron a los evangelistas para difundir una última lección de piedad y misericordia. Estos dos ladrones fueron ejecutados en las cruces que ya estaban preparadas al efecto en aquel lugar. Pero Jesús, al parecer, era un reo especialmente peligroso, de modo que lo hicieron cargar con el travesaño de la cruz hasta las afueras de la ciudad precedido del buccinator, un individuo que anunciaba la inminente ejecución de un preso con una trompeta o una tuba.
A pesar de todas las representaciones pictóricas y escultóricas que ha legado el arte religioso, hoy se tiene constancia de que la crucifixión de Jesús de Nazaret no se produjo tal y como esas imágenes nos muestran. En principio, muchos reos simplemente se ataban a los postes y a las cruces y, allí, se les dejaba morir y a merced de las aves carroñeras y de otras alimañas. Cuando el reo era verdaderamente crucificado, se utilizaban unos clavos puntiagudos de unos dieciocho centímetros de longitud que se clavaban en la muñeca, en el llamado «espacio de Destot». «El clavo entra en la muñeca por el espacio de Destot, en el metacarpo», explica el doctor Ángel Rodríguez Cabezas. «Dirigiendo el clavo un poquito hacia arriba, entra muy fácilmente. Si no era posible encontrar ese lugar preciso, también se podía clavar más arriba, entre el radio y el cubito… Pero nunca en la palma de la mano. La mano se desgarraría con el peso, eso está clarísimo».
En 1968 se encontraron restos arqueológicos en Palestina que parecen confirmar esta hipótesis más que probable. Se halló un cuerpo al parecer perteneciente a un crucificado que aún tenía el clavo en el lugar en el que afirman los doctores que solía colocarse, en ese espacio que permite la sujeción del reo sin que se desgarre la mano.
Una vez izado en la cruz, el tormento debió de ser insoportable. Pero las consecuencias de esta ejecución han sido analizadas desde muchos puntos de vista, y no todos los estudiosos han llegado a la conclusión que parecería más lógica: que Jesús murió en aquella cruz. Las hipótesis —en ocasiones carentes de toda sensatez— pasan por una muerte aparente, una muerte fingida, suministro de drogas, etcétera, etcétera. Lo más probable, sin embargo, es que Jesús muriera en la cruz. ¿Cómo entienden los médicos este proceso? En general, se habla de asfixia: el cuerpo del reo ejercería un peso sobre su plexo solar de tal magnitud que le sería imposible seguir respirando. Sin embargo, otros estudios afirman que probablemente la causa de la muerte fue una parada cardiaca por la pérdida de sangre.
El doctor Ángel Rodríguez Cabezas piensa que la causa inmediata de la muerte fue una disfunción respiratoria. «Jesús está clavado de pies y manos. Entonces, el cuerpo se inclina hacia delante y, en esa posición, los músculos intercostales no realizan correctamente su función. Eso es muy importante. Jesús tiene que forzar la respiración, la expulsión de aire, la expiración. Tiene que hacer una expiración forzada. Para conseguirlo, se tiene que apoyar en las manos y en los pies; pero al apoyarse en las manos y en los pies, el clavo de la mano toca el nervio mediano produciendo un dolor enorme. El clavo del pie toca el nervio del peroné y ocurre lo mismo. Entonces, Jesús, para evitar el dolor, empieza a hacer movimientos respiratorios muy superficiales. Eso es lo que produce una inundación de anhídrido carbónico que pasa a la sangre como ácido carbónico. Entonces, se produce una hipopsia y Jesús muere por asfixia».