Milenio 3
Más falsificaciones
El explorador suizo se refería a un magnífico entramado de túneles subterráneos, galerías y pasadizos que escondían una fabulosa y mítica Biblioteca de Oro que contendría, en principio, la Historia de la Humanidad, la verdadera Historia de la Humanidad.
Javier Sierra explica cómo se gestó esta historia, al menos desde el punto de vista literario: «El editor de Erich von Daniken le estaba presionando para que escribiera un tercer libro, no menos espectacular que los dos anteriores». Al parecer, el afamado autor estaba investigando una serie de pistas arqueológicas que apuntaban a una supuesta civilización perdida en Ecuador. Los restos y las pruebas de esta civilización olvidada se podrían encontrar en unos túneles cerca de los Tayos, en una zona ocupada por una de las etnias indígenas del Ecuador: los shuaras. «Von Daniken escribió, precipitadamente en mi opinión, ese libro donde afirmaba que gracias a un abogado llamado Janos Moricz, él había entrado en esas cuevas y había tenido ocasión de ver una serie de tablas de oro que pertenecían a una antigua biblioteca de esta civilización perdida».
Las tablas al parecer existían, aunque Daniken nunca las vio en esas cuevas, sino en el pequeño museo de un sacerdote salesiano llamado Cario Crespi, que vivía en Cuenca (Ecuador). En fin, Daniken nunca entró en las cuevas de los Tayos. El tema terminó descubriéndose y, a partir de entonces, la sombra del escándalo no dejó de acompañar a esa historia que sirvió, entre otras cosas, para desacreditar por completo la existencia de esa biblioteca extraña y para ratificar muchas de las opiniones que se tenían respecto a Erich von Daniken.
Alex Chionetti, profundo conocedor del asunto, que en 2005 preparaba una exploración a la cueva de los Tayos, corroboraba la versión de Sierra: «Daniken me confirmó que, en realidad, había embellecido la historia, que le dio un tinte romántico y que nunca había estado en el lugar; que nunca descendió con Janos o Juan Moricz a la cueva de los Tayos ni vio ningún tesoro, sino que utilizó las fotos que hizo en el famoso museo del padre Crespi, en Cuenca».
De modo que, como afirma Chionetti, «la historia de los Tayos, lamentablemente, empezó con el pie izquierdo». A este fraude arqueológico se sumaron las muchas leyendas del lugar y las distorsiones de los personajes que intervinieron posteriormente en la historia. «No tenemos una historia verídica», asegura Chionetti, «porque, en realidad, nadie ha investigado con profundidad el tema. Después de treinta años y después de dos expediciones, la de 1968 y la de 1976, aún no se sabe nada a ciencia cierta».
Más falsificaciones
Efectivamente, hubo dos expediciones a la cueva de los Tayos, en 1968 y 1976. Pero la historia de un fabuloso tesoro o los restos de una civilización perdida se remontan a un personaje llamado Cario Crespi. ¿Quién era este hombre?
El padre Crespi, salesiano, es un personaje importante en la ciudad ecuatoriana de Cuenca, pero al tiempo es un personaje del que casi no se conserva memoria histórica. Se sabe que estaba muy interesado por la cultura, la lingüística y la mitografía antigua mediterránea.
El caso es que, misteriosamente, el enigmático padre Crespi va acumulando tablillas de oro —algunas de ellas verdaderamente espectaculares— que, en teoría, pertenecerían a una civilización perdida u oculta en las grutas ecuatorianas. «Él decía que los indios se las traían de la selva y que algunas de las placas y algunas piezas de la colección, que es realmente monumental, venían de la zona de la cueva de los Tayos».
La concentración de planchas de oro y restos arqueológicos en la zona de los Tayos no parece una invención, puesto que otros investigadores han centrado sus esfuerzos en ese territorio. Pero los especialistas no creen que el tesoro, si lo hay, se encuentre allí, sino en una de las cuevas circundantes. ¡Y hay más de ciento cincuenta grutas!
Crespi consiguió reunir un grupo de piezas llamadas la Biblioteca de Oro. Son las piezas que Von Daniken fotografió y publicó en su libro. A veces se cree que esas fotografías se hicieron en la cueva o que Daniken consiguió acceder a ella. Como hemos visto, eso no ocurrió.
Pero los problemas no concluyen aquí. «La mayoría de las láminas de Crespi son falsificaciones», explica Chionetti. «Yo creo que el padre Crespi entregaba a los indios los dibujos y éstos los copiaban. Muchos de los temas son temas mediterráneos y ello conjuga bien con la formación académica del propio padre Crespi».
La acumulación de farsas y falsificaciones parece hundir definitivamente este misterio y relegarlo a uno de los numerosísimos episodios en los que el afán de notoriedad y una publicidad aparatosa anegan intereses más nobles. Sin embargo, la persistencia de la leyenda y el incomprensible hecho de que alguien decida falsificar ¡en oro! obligan a un análisis más detallado del caso.
«Hasta hace poco tiempo, las tablas estaban en Cuenca, Ecuador, en la colección de ese sacerdote», explica Javier Sierra. «Algunas resultaron ser de latón. Las tablas de oro que se fotografiaron y que aparecen en el libro de Daniken, que yo sepa, hoy están en paradero desconocido. No se sabe quién las tiene. No se sabe si se vendieron a algún coleccionista o simplemente se fundieron en alguna de las múltiples crisis económicas que ha sufrido ese país. Pero las tablas existieron».
Algunas de las supuestas tablas de oro —muchas de más de medio metro— que revelaban la Historia de la Humanidad son claramente falsificaciones, claramente fraudulentas. Algunas reflejan elementos impropios de las culturas mesoamericanas, animales que no pertenecen a la fauna local, representaciones geométricas impropias de esas latitudes, pirámides egipcias… Todo es muy naif, demasiado naif, ingenuo, con un aire infantil desconcertante y, al tiempo, sospechoso. Sin embargo, otras láminas parecen verosímiles.