Milenio 3

Iker Jimenez · Capítulo 146 de 198

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Milenio 3

Los asesinos

Por ejemplo, dicen que los rosacruces son uno de los grupúsculos más poderosos. (Aquí nos referimos a la antigua hermandad de los rosacruces, no a sectas o grupos modernos). Dicen que los herederos de un oscuro Christian Rosencreutz manejan las instituciones de la Unión Europea y que muchos encorbatados de Bruselas se reúnen en conciliábulos secretos. ¿Cómo va a ser eso verdad? ¡Es mentira!, nos dicen.

Dicen que un grupo selecto de mandatarios y empresarios alquila anualmente un lujosísimo hotel en un rincón apartado del mundo y allí permanecen durante varios días conversando… ¿de qué? ¿No era en los parlamentos y las instituciones democráticas donde se ventilaban los negocios políticos? ¿El Club Bilderberg…? ¡Bah…! ¡Eso es mentira!, nos dicen.

¿Están jugando con nosotros? ¿Hay sociedades secretas en realidad o hay alguien interesado en que la gente se mantenga ocupada en estos asuntos mientras a su lado suceden las cosas verdaderamente importantes? ¿Estamos perdiendo el tiempo y volviéndonos locos desconfiando y teniendo miedo de quien nos observa en una esquina o al otro lado de la barra de un bar? ¿Es todo una especie de juego de poder o realmente hay grupos que se ayudan como ocurría en los antiguos gremios medievales?

 

Los asesinos

Los asesinos (hashashin) configuraron quizá la primera sociedad secreta de la que se tiene noticia. Por supuesto, se dejan fuera las sociedades que aparecen en la Biblia, en torno a la construcción del Templo de Salomón, a las fraternidades egipcias y a algunas griegas (como la de los pitagóricos, por ejemplo) o las romanas.

Marco Polo fue el primer europeo que se hizo eco de las costumbres de esta sociedad secreta de «los asesinos» y su Jardín del Paraíso. Los hashashin fueron los guardianes de Tierra Santa. Formaban una sociedad secreta islámica que nació en Persia en el siglo XI, como una orden religiosa. Era la facción más extremista de los chutas. El primer gran maestre de esta sociedad fue Hassan Sabah, conocido como el Viejo de la Montaña, ya que se refugiaba en las cumbres de las montañas de Irán. Construyó en su castillo un jardín semejante al que describía el Corán, el Paraíso de Mahoma. Aquellos que traicionaban a la hermandad, de cualquier modo, estaban condenados a muerte, y ésta siempre se cumplía. Tenían una estructura muy parecida a la de la Orden del Temple, con la que al parecer mantuvieron ciertas relaciones. La estructura piramidal estaba coronada por el gran maestre; bajo su mando estaban los grandes priores, los caballeros, los escuderos y, finalmente, los sirvientes. Sus procedimientos violentos, sus emboscadas y asesinatos los convirtieron en una organización temida y odiada. Con frecuencia se les acusaba de los magnicidios que ocurrían en Asia y en Europa Oriental.