Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 99 de 478

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Un buen partido

6.13

Diversas personas, algunas individualmente, otras en parejas o en grupos, y algunas claramente en tropel, hablaron con Mahesh Kapoor durante la mañana y primera hora de la tarde. De la cocina llegaban tazas de té que regresaban vacías. Llegó y pasó la hora de comer, y el ministro sahib permaneció lleno de energía pero sin alimentar. La señora Mahesh Kapoor le envió recado por un sirviente; él lo despidió con un gesto de impaciencia. A ella jamás se le había pasado por la cabeza comer antes que su marido, aunque la principal preocupación de la señora Mahesh Kapoor no era el hambre que ella experimentaba, sino que él necesitaba comer y no lo sabía.

Mahesh Kapoor ofreció una audiencia lo más paciente que pudo a la gente que esperaba para verle. Algunos sólo buscaban una candidatura, otros favores de todo tipo, había políticos de diversos grados de honestidad y opinión, consejeros, chismosos, apoderados, secretarios, representantes de lobbys, diputados y otros colegas y asociados, hombres de negocios de provincias vestidos sólo con un dhoti (que sin embargo poseían cientos de miles de rupias) y que buscaban contratos o información o simplemente poder contar que habían sido recibidos por el ministro de Finanzas, buenas personas, malas personas, gente feliz, gente infeliz (éstas eran más numerosas), personas que simplemente habían acudido a presentarle sus respetos porque estaban en la ciudad, personas que sólo hablan venido para quedarse boquiabiertas, paralizadas de admiración, y que no comprendían nada de cuanto decía el ministro sahib, gente que quería empujarle hacia la derecha, gente que quería empujarle aún más a la izquierda, miembros de su partido, socialistas, comunistas, tradicionalistas hindúes, antiguos miembros de la Liga Musulmana que deseaban ser admitidos en el Partido del Congreso, miembros indignados de una delegación de Rudhia, que se quejaban de alguna decisión tomada por el delegado comarcal. A finales de los años treinta, un gobernador escribió acerca de su experiencia en los gobiernos provinciales popularmente electos: a los pequeños líderes locales «nada les resultaba demasiado insignificante, demasiado localista, demasiado

infundado» a la hora de apelar a los políticos que estaban por encima del jefe de la administración de la provincia.

Mahesh Kapoor escuchaba, explicaba, conciliaba, ataba cabos, desataba otros, tomaba notas, daba instrucciones, hablaba en voz alta, en voz baja, examinaba copias de fragmentos de las nuevas listas electorales, revisadas para las próximas elecciones generales, se enfadaba y se mostraba extremadamente brusco con alguien, le sonreía irónicamente a otro, bostezaba ante un tercero, se ponía en pie cuando entraba un renombrado abogado y pedía que se le sirviera té en su porcelana más elegante.

A las nueve exponía su opinión acerca de las disposiciones del Derecho Familiar Hindú ante unos granjeros que estaban preocupados y furiosos ante la perspectiva de que el derecho de sus hijos a poseer la tierra pudiera ser compartido por sus hijas (y por tanto por sus cuñados) de acuerdo con la nueva ley de sucesión que aquellos días se debatía en el Parlamento de Delhi.

A las diez le estaba diciendo a un viejo colega y abogado:

—En cuanto a ese cabrón, ¿crees que va a salirse con la suya? Viene a mi oficina con un fajo de billetes, intentando convencerme para que suavice algunas disposiciones de la Ley del Zamindari, y poco me faltó para hacerle arrestar, poseyera un titulo o no. Puede que alguna vez gobernara en Mahr, pero más vale que se entere de quién gobierna en Purva Pradesh. Naturalmente que sé que él y los de su ralea van a recurrir la ley ante los tribunales. ¿Es que crees que no estamos preparados? Por eso deseaba consultarte.

A las once estaba diciendo:

—Para mí, personalmente, el problema básico no es el templo ni la mezquita. El problema básico es cómo van a convivir en Brahmpur las dos religiones. Maulvi sahib, ya conoces mi punto de vista sobre esto.

He vivido aquí casi toda mi vida. Claro que hay desconfianza: la cuestión es superarla. Ya sabes lo que ocurre. Las bases del Congreso se oponen a que los antiguos miembros de la Liga Musulmana ingresen en nuestras filas. Bueno, era de esperar. Pero el Partido del Congreso cuenta con una larga tradición de hermanamiento entre hindúes y

musulmanes, y, créeme, lo normal es que se unan a nosotros. Y por lo que se refiere a las candidaturas, te doy mi palabra de que el porcentaje de representación musulmana será justo. No lamentarás no tener asientos reservados ni electorados distintos. Sí, los musulmanes nacionalistas, que han estado en nuestro partido a lo largo de toda su carrera, tendrán prioridad en este asunto, pero yo me encargaré de que haya sitio para todos.

A mediodía, dijo:

—Damodarji, ese anillo que llevas en el dedo es precioso. ¿Cuánto vale? ¿Doce mil rupias? No, no, me alegra verte, pero como puedes comprobar —señaló los papeles que se amontonaban en su mesa con una mano señaló la multitud con la otra— tengo mucho menos tiempo del que desearía para hablar con mis amigos...

A la una preguntaba:

—¿Me estás diciendo que la carga a golpes de lathi fue necesaria?

¿Has visto cómo vive esa gente? ¿Y tienes el valor de decirme que deberíamos amenazar con otras operaciones de castigo? Ve y habla con el ministro del Interior, en él encontrarás un alma gemela. Lo siento, como ves hay mucha gente esperando...

A las dos estaba diciendo:

—Supongo que tengo poca influencia. Veré qué puedo hacer. Dile al muchacho que venga a verme la semana próxima. Obviamente, casi todo depende del resultado de los exámenes. No, no, no me des las gracias, y desde luego no me des las gracias por anticipado...

A las tres estaba diciendo, sin levantar la voz:

—Mira, Agarwal controla a unos trescientos diputados. Yo tengo a unos ochenta. Los demás no están comprometidos con nadie, y se pondrán de parte del que crean que puede ganar. Pero ni se me ocurre pensar en enfrentarme a Sharmaji. Sólo en el caso de que Panditji le llame para formar parte del gobierno central en Delhi se planteará la cuestión del liderazgo. Y aun con todo, estoy de acuerdo en que no es malo mantener vivo el debate, conviene que la gente oiga hablar de ti.

A las tres y cuarto entró la señora Mahesh Kapoor, riñó con benevolencia a los ayudantes de su marido, y le suplicó a éste que fuera a almorzar y se echara un rato. Estaba claro que ella todavía sufría a causa de las flores de neem, y su alergia la hacía jadear un poco.

Mahesh Kapoor no le contestó con brusquedad, tal como solía hacer.

Le dio la razón y se retiró. La gente se marchó a regañadientes y muy lentamente, y, tras un rato, Prem Nivas dejó de ser aquella mezcla de arena política, dispensario y parque de atracciones para convertirse de nuevo en un hogar.

Una vez hubo comido, Mahesh Kapoor echó una breve siesta, y la señora Mahesh Kapoor pudo almorzar por fin.

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