Un buen partido
2.8
Ya era de noche cuando Maan llegó al Barsaat Mahal, y los jardines no estaban muy concurridos. Atravesó la bóveda de entrada en el muro lindero y recorrió los jardines exteriores, una suerte de parque que en su mayor parte estaba cubierto de hierba seca y arbustos. Unos pocos antílopes pacían bajo un gran neem, y saltaron con desgana en cuanto él se acercó.
El muro interior era más bajo, la bóveda de entrada menos imponente, más delicada. Sobre la fachada de mármol había grabadas estrofas del Corán en piedra negra y formas geométricas en piedras de colores. Al igual que el muro exterior, el interior formaba los tres lados de un rectángulo. El cuarto era común a los dos: una plataforma de piedra —protegida sólo por una balaustrada— que, desde una gran altura, caía a pico hacia las aguas del Ganges.
Entre la entrada interior y el río se encontraba el célebre jardín y el pequeño pero exquisito palacio. El jardín, en sí mismo, era un logro tanto de la geometría como de la horticultura. Era improbable, de hecho, que las flores que había plantadas —aparte del jazmín y la rosa hindú, de color rojo oscuro e intenso aroma— fueran las mismas que se pensó cultivar dos siglos atrás. Las pocas flores que quedaban parecían consumidas por el calor. Pero los céspedes bien cuidados y bien regados, los enormes y umbrosos neems dispersos simétricamente por los jardines, y las estrechas franjas de arenisca que dividían los arriates y céspedes en octógonos y cuadrados, proporcionaban una isla de calma en una ciudad atribulada y atestada. Lo más hermoso de todo era el palacio de recreo de los nawabs de Brahmpur, pequeño, perfectamente delineadó y emplazado en el centro exacto de los jardines interiores, un joyero de mármol blanco recorrido de filigranas, cuyo espíritu obedecía tanto a una extravagante disipación como a la contención arquitectónica.
En tiempos de los nawabs, los pavos reales solían vagar por los jardines, y sus voces chillonas de vez en cuando competían con los entretenimientos musicales que se ofrecían a aquellos gobernantes que
vivían recostados sobre su decadencia: una danza ejecutada por unas bailarinas, una representación más seria de khyaal a cargo de un músico de la corte, una contienda poética, un nuevo ghazal del poeta Mast.
Al pensar en Mast, la mente de Maan rememoró la maravillosa velada anterior. Los diáfanos versos del ghazal, las suaves líneas de la cara de Saeeda Bai, sus chanzas, que ahora le parecían a Maan alegres y tiernas, la manera en que se colocaba el sari por encima de la cabeza cuando éste amenazaba con resbalársele, las atenciones especiales que le había otorgado a Maan: detalles que evocó mientras caminaba arriba y abajo del pretil con pensamientos muy alejados del suicidio. La brisa del río era agradable, y Maan comenzó a sentirse animado por los acontecimientos. Se había estado preguntado si debía pasar por casa de Saeeda Bai aquella noche, y de pronto se sintió optimista.
Un enorme cielo rojo cubría el bruñido Ganges como si fuera un bol en llamas. En la orilla opuesta, la arena parecía no tener fin.
Mientras miraba el río le vino a la mente un comentario que le había oído a la madre de su prometida. Ella, una mujer devota, estaba convencida de que en el festival de Ganga Dusshera9 el obediente río comenzaría a subir de nivel y cubriría, ese día en concreto, los peldaños que se disponían a lo largo de los ghats de su nativo Benarés. Maan comenzó a pensar en su prometida y en su familia, y se deprimió ante su compromiso, tal como le ocurría generalmente cuando pensaba en ello. Su padre lo había arreglado, cumpliendo sus amenazas; Maan, siguiendo el camino de la menor resistencia, consintió; y ahora veía todo eso como una sombra que amenazaba su vida. Maan no sentía ningún afecto por ella —apenas se conocían, como no fuera en compañía de sus familias respectivas— y realmente no quería pensar en ella. Se sentía mucho más feliz pensando en Samia, que ahora estaba en Pakistán con su familia, pero que quería regresar a Brahmpur sólo para visitar a Maan, o en Sarla, la hija del anterior inspector general de Policía, o en cualquier otra de sus anteriores pasiones. Una llama posterior, por muy viva que quemara, no apaciguaba una anterior en el corazón de Maan. Seguía sintiendo repentinos latidos de afecto y placidez cuando pensaba en cualquiera de ellas.
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