Un buen partido
7.23
Cuando Meenakshi regresó de su cita con Billy eran las seis y media, y sonreía muy satisfecha. Se mostró tan afable con la señora Rupa Mehra que ésta no supo cómo reaccionar, y le preguntó a Meenakshi si le ocurría algo. Esta le aseguró que todo iba bien.
Lata no acababa de decidir qué ponerse para aquella velada. Entró en la sala de estar con un ligero sari de algodón color rosa que le cubría completamente la espalda.
—¿Qué te parece esto, mamá? —dijo.
—Muy bonito, querida —dijo la señora Rupa Mehra, y espantó una mosca de la cabeza de Aparna, que estaba durmiendo.
—Qué tontería, mamá, es horrible —dijo Meenakshi.
—No es horrible —dijo la señora Rupa Mehra a la defensiva—. El rosa era el color favorito de tu suegro,
—¿El rosa? —Meenakshi se echó a reír—. ¿Le gustaba llevar ropas de color rosa?
—Le gustaba que yo las llevara. ¡Le gustaba vérmelas a mí! —La señora Rupa Mehra estaba enfadada. En un instante, Meenakshi dejó de parecerle simpática—. Si no me respetas a mí, al menos respeta a mi marido. No tienes sentido de la medida. Irte a callejear por el Mercado Nuevo y dejar a Aparna al cuidado de los sirvientes.
—Mira, mamá, estoy segura de que el rosa te sentaba muy bien —
dijo Meenakshi en un tono conciliador—. Pero es el color menos adecuado para el cutis de Luts. Y para Calcuta, y para salir de noche, y para ese tipo de sociedad. Y el algodón tampoco es lo más adecuado.
Veré lo que tiene Luts y le ayudaré a escoger algo que le siente mejor.
Será mejor que nos demos prisa, Arun llegará a casa en cualquier momento y entonces no nos dará tiempo a nada. Vamos, Luts.
Y comenzó a probarle ropa. Finalmente la vistió con uno de sus saris de muselina azul marino, que dio la casualidad que hacía conjunto con una de las blusas azules de Lata. (Tuvo que darle al sari bastantes
más vueltas que cuando ella misma se lo ponía, pues Lata era casi diez centímetros más baja.) Un broche en forma de pavo real de esmalte azul y verde, también perteneciente a Meenakshi, sujetaba el sari a la blusa.
Lata no había llevado un broche en su vida, y Meenakshi también tuvo que regañarla para que se lo pusiera.
A continuación Meenakshi rechazó el apretado moño con que Lata solía recogerse el pelo.
—Este estilo es demasiado remilgado, Luts —dijo su mentora—. La verdad es que no te favorece. Tienes que dejarte el pelo suelto.
—No, no puedo —protestó Lata—. No es decente. A mamá le daría un ataque.
—¡Decente! —exclamó Meenakshi—. Bueno, al menos vamos a aflojar un poco el flequillo para que no parezcas una maestrilla de escuela.
Finalmente, Meenakshi llevó a Lata hasta el tocador de su dormitorio y le dio los últimos toques a su cara con un poco de rímel.
—Esto hará que tus pestañas parezcan más largas —dijo.
Lata parpadeó para ver si le molestaba.
—¿Crees que caerán como moscas? —le preguntó a Meenakshi, riendo.
—Sí, Luts —dijo Meenakshi—. Y no dejes de sonreír. Ahora tienes unos ojos realmente atractivos.
Y cuando se miró al espejo, Lata tuvo que admitir que así era.
—Bueno, ahora vamos a ver qué perfume te conviene —se dijo Meenakshi en voz alta—. Me parece que Worth es el más adecuado.
Pero antes de que pudiera decidirse, sonaron unos timbrazos impacientes. Arun regresaba de Puttigurh. Todo el mundo le fue detrás y se desvivió por él en los minutos siguientes.
Cuando estuvo listo, le frustró que Meenakshi tardara tanto. Cuando finalmente apareció, la señora Rupa Mehra la observó furiosa. Llevaba una blusa magenta sin mangas, corta, con la espalda al descubierto,
como si fuera un choli, con un sari verde botella de una gasa exquisitamente sutil.
—¡No puedes llevar eso! —exclamó la señora Rupa Mehra, poniendo unos ojos como platos soperos (expresión acuñada por la familia Mehra). Su mirada se paseó desde el escote de Meenakshi hasta su diafragma, y a continuación hacia los brazos totalmente al descubierto—. No puedes, no... puedes. Es incluso peor que la otra noche, en casa de tus padres.
—Por supuesto que puedo, querida Maloos, no sea tan anticuada.
—¿Y bien? ¿Ya has acabado de arreglarte? —preguntó Arun, mirando impaciente su reloj.
—No del todo, querido. ¿Te importaría abrocharme la gargantilla?
—Y Meenakshi, con un gesto lento y sensual, se pasó la mano en torno al cuello, justo debajo de su gruesa gargantilla de oro.
Su suegra apartó los ojos de ella.
—¿Por qué le permites llevar esto? —le preguntó a su hijo—. ¿Por qué no puede llevar una blusa decente como las demás muchachas indias?
—Mamá, lo siento, llegamos tarde —dijo Arun.
—No se puede bailar el tango con un desaliñado choli —dijo Meenakshi—. Vamos, Luts.
Lata le dio un beso a su madre.
—No te preocupes, mamá, estaré bien.
—¿Tango? —dijo la señora Rupa Mehra alarmada—. ¿Qué es un tango?
—Adiós, mamá —dijo Meenakshi—. El tango. Un baile. Vamos a La Babucha Dorada. No hay de qué preocuparse. No hay más que gente, una banda y un poco de baile.
—¡Bailes inmorales! —La señora Rupa Mehra apenas podía creer lo que había oído.
Pero antes de que pudiera decir nada más, el pequeño Austin celeste se puso en marcha hacia el inicio de los placeres de la noche.
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