Un buen partido
7.41
Amit y Lata hojeaban los libros que había en los innumerables tenderetes de College Sastre. (Kuku había ido a encontrarse con Krishnan en la cafetería. Según ella, Krishnan necesitaba que lo
«apaciguaran», aunque, para su irritación, Amit no le preguntó qué quería decir con eso,)
—Uno se siente perplejo ante estos millones de libros —dijo Lata, atónita ante el hecho de que varios cientos de metros de la superficie de una ciudad se dedicaran exclusivamente a albergar libros: libros sobre la calzada, libros sobre estanterías improvisadas en medio de la calle, libros en la biblioteca y en el Presidency College, libros de primera, segunda, tercera y décima mano, entre los que se podían encontrar desde monografías técnicas acerca de la galvanoplastia hasta lo último de Agatha Christie.
—Quieres decir que yo me siento perplejo entre estos millones de libros.
—No, yo me siento perpleja —dijo Lata,
—Yo me refería —dijo Amit—, a «yo» como opuesto al impersonal
«uno». Si al decir «uno» hablabas en general, de acuerdo. Pero tú querías decir «yo». Demasiada gente dice «uno» cuando quieren decir «yo», En Inglaterra lo hacían continuamente, y aquí seguirán diciéndolo mucho después de que los ingleses hayan abandonado esta costumbre tan idiota,
Lata se sonrojó, pero no dijo nada, Bish, recordó, se refería exclusiva e incesantemente a si mismo como «uno».
—Entiendo —dijo Lata.
—Imagínate que yo te dijera: «Uno te ama» —prosiguió Ama—. O
peor aún: «Uno ama a uno.» ¿No te parece idiota?
—Sí —admitió Lata poniendo ceño. Le pareció que Amit quería dárselas de profesional de la palabra. Y la palabra «amor» le recordó innecesariamente a Kabir.
—Eso es todo lo que quería decir —dijo Amit.
—Ya veo —dijo Lata—. O mejor dicho, uno ya lo ve.
—Ya veo que uno lo ve —dijo Amit.
—¿Cómo se escribe una novela? —preguntó Lata tras una pausa—.
¿No tienes que olvidarte del «yo» y el «uno»?
—No lo sé exactamente —dijo Amit—. Esta es mi primera novela, y aún lo estoy averiguando. Por el momento es como criar un baniano.
—Ya veo —dijo Lata, aunque no veía nada.
—Lo que quiero decir —prosiguió Amit—, es que brota, crece y se extiende, y penden ramas que se convierten en troncos o se entrelazan con otras ramas. Algunas mueren. A veces muere el tronco principal, y la estructura se mantiene gracias a los troncos de apoyo. Cuando vayas al Jardín Botánico te darás cuenta de a qué me refiero. Posee una vida propia... aunque también las serpientes, los pájaros, las abejas y los lagartos que viven en su interior, o encima, o se alimentan de él. Pero es también como el Ganges, con sus cursos superior, medio e inferior, incluyendo el delta, por supuesto.
—Por supuesto —dijo Lata.
—Tengo la sensación —dijo Amit— de que te ríes de mí.
—¿Cuánto has escrito hasta ahora? —dijo Lata.
—Calculo que aproximadamente un tercio.
—Tengo la impresión de que te hago perder el tiempo.
—Nada de eso.
—Trata de la Hambruna Bengalí, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de aquello?
—Sí. Lo recuerdo perfectamente. Fue hace sólo ocho años. —Hizo una pausa—. Yo participaba activamente en un grupo político estudiantil. Y te diré más, entonces también teníamos un perro, y le dábamos de comer. —Pareció apenado.
—¿El escritor debe implicarse emocionalmente con aquello que escribe? —preguntó Lata.
—No tengo la menor idea —dijo Amit—. A veces escribo mejor acerca de cosas que me importan poco. Pero ni siquiera eso es una regla que puedas seguir siempre.
—¿Así que sencillamente tanteas y esperas?
—No, no exactamente.
Lata tuvo la sensación de que Amit, que hacía un minuto se había mostrado tan abierto, incluso expansivo, se resistía ahora a sus preguntas, y cesó en su interrogatorio.
—Un día de éstos te enviaré mi libro de poemas —dijo Amit— Y
podrás formarte una opinión acerca de mi implicación emocional en lo que escribo.
—¿Por qué no ahora?
—Necesito tiempo para añadirle una dedicatoria adecuada —dijo Amit—. Ah, ahí está Kuku.
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