Un buen partido
1.19
A la mañana siguiente, a las diez en punto, Meenakshi telefoneó a Kakoli, su hermana pequeña.
—Kuku, una amiga mía del Shady Ladies..., mi club, ya sabes..., desea averiguar dónde puede hacer que le fundan discretamente un poco de oro. ¿Sabes de algún buen joyero?
—Bueno, Satram Das o Lilaram —bostezó Kuku, apenas despierta.
—No, no estoy hablando de joyeros de Park Street, ni de joyeros de ese tipo —dijo Meenakshi con un suspiro—. Quiero ir a algún lugar donde no me conozcan.
—Ah, ¿eres tú la que busca un joyero discreto?
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Bueno, no hay nada malo en que lo sepas —dijo Meenakshi—: me he encaprichado de un par de pendientes..., son adorables..., como dos peritas..., y quiero fundir esas horribles y gruesas medallas que me dio la madre de Arun el día de mi boda.
—Oh, no lo hagas —dijo Kakoli con una especie de gorjeo alarmado.
—Kuku, quiero tu consejo acerca de adónde ir, no acerca de la decisión.
—Bueno, puedes ir a Sarkar's. No, prueba en Jauhri's, en la Avenida Rashbehari. ¿Lo sabe Arun?
—Las medallas me las dieron a mí —dijo Meenakshi—. Si Arun quiere fundir sus palos de golf y hacerse un corsé para la espalda, no pondré ninguna objeción.
Cuando llegó a casa del joyero, le sorprendió tropezarse con la misma oposición.
—Madam —dijo el señor Jauhri en bengalí, mirando las medallas ganadas por el suegro de Meenakshi—, éstas son una medallas muy
hermosas. —Sus dedos, aplastados y oscuros, ligeramente incongruentes en alguien que desempeñaba y supervisaba un trabajo de tal precisión y belleza, tocaron cariñosamente los leones en relieve, y recorrieron los bordes suaves y sin acordonar.
Meenakshi se acarició el cuello con la uña larga y pintada de rojo del dedo anular de su mano derecha.
—Sí —dijo con indiferencia.
—Madam, si me permite que le dé un consejo, ¿por qué no encargar esos pendientes y esa cadena y pagar por ellos por separado? La verdad es que no hay ninguna necesidad de fundir estas medallas. —Era de presumir que una dama bien vestida y evidentemente rica no pondría objeción alguna a esta sugerencia.
Meenakshi miró al joyero con una fría perplejidad.
—Ahora que conozco el peso aproximado de las medallas, le propongo fundir una en lugar de las dos —dijo. Un tanto molesta por la impertinencia del joyero (estos comerciantes son a veces tan engreídos), Meenakshi prosiguió—: He venido aquí a encargar un trabajo; normalmente habría ido a mi joyero de siempre. ¿Cuánto cree que tardará?
El señor Jauhri decidió no seguir discutiendo el asunto.
—Dos semanas —dijo.
—Eso es mucho tiempo.
—Bueno, ya sabe cómo son las cosas, Madam. No abundan los artesanos que puedan hacer este trabajo, y tenemos muchos encargos.
—Estamos en marzo. La época de las bodas prácticamente ya ha pasado.
—A pesar de eso, Madam.
—Bueno, supongo que tendré que aceptar —dijo Meenakshi.
Recogió una medalla, que por casualidad fue la de física, y la arrojó dentro del bolso. Un tanto arrepentido, el joyero se quedó mirando la medalla de ingeniería que yacía sobre el pequeño cuadrado de terciopelo de su mesa. No se había atrevido a preguntar a quién
pertenecía, pero cuando Meenakshi cogió el recibo de la medalla, tras haberla pesado con toda exactitud en una balanza, dedujo del nombre que debían de habérsela concedido a su suegro. No llegó a saber que Meenakshi nunca había conocido a su suegro y que no sentía ningún afecto por él.
Cuando Meenakshi se volvió para marcharse, el joyero dijo:
—Madam, si por causalidad cambia de opinión...
Meenakshi se volvió hacia él y le espetó:
—Señor Jaurhi, si deseara su consejo se lo pediría. Acudí a usted porque alguien me lo recomendó.
—Muy bien, Madam, muy bien. Naturalmente, la decisión es totalmente suya. En dos semanas, entonces. —El señor Jauhri puso un triste ceño ante la medalla antes de llamar a su maestro artesano.
Dos semanas más tarde, a través de un desliz casual en una conversación, Arun descubrió lo que Meenakshi había hecho. Se puso lívido.
Meenakshi suspiró.
—No sirve de nada hablar contigo cuando estás de tan mal humor
—dijo—. Te comportas cruelmente. Vamos, Aparna, cariño, papá está enfadado con nosotras, vámonos a la otra habitación.
Unos días más tarde, Arun escribió —o, mejor dicho, garabateó—
una carta a su madre:
Querida mamá:
Siento no haberte escrito antes en respuesta a tu carta referente a Lata. Sí, encontraremos a alguien sea como sea. Pero no seas optimista, a algunos de los solteros más codiciados se les tienta con dotes que rebasan las diez mil rupias, y que incluso llegan al lakh. Aun con todo, la situación no es totalmente desesperada. Lo intentaremos, pero te sugiero que Lata venga a Calcuta en verano. La presentaremos, etcétera, etcétera. Pero ella debe cooperar. Varun vive en la inopia, como siempre, estudia mucho sólo cuando yo intervengo. No muestra ningún interés por las muchachas, sólo por los animales de cuatro patas, como
siempre, y por esas horribles canciones. Aparna está increíble, continuamente pregunta por su abuela, de manera que puedes estar segura de que te echa de menos. La medalla de ingeniería de papá ha sido fundida para sacar unos pendientes en forma de lágrima y una cadena para M, aunque le he prohibido que haga lo mismo con la de física, no te preocupes. Todo lo demás bien, los Chatterji, como siempre. Te escribiré una carta más larga cuando tenga tiempo.
Saludos y besos de parte de todos,
Arun
La breve nota, escrita en el horrible estilo lacónico de Arun (las líneas verticales de las letras inclinadas en ángulos de treinta grados al azar, a derecha o izquierda), aterrizó como una bomba de mano en Brahmpur una tarde durante el segundo reparto de correo. Cuando la señora Rupa Mehra la leyó, se puso a llorar saltándose (tal como Arun se habría sentido tentado de observar de haber estado allí) la fase preliminar del enrojecimiento de nariz. De hecho, para no arrojar ninguna luz cínica sobre el asunto, la señora Rupa Mehra quedó profundamente apesadumbrada, y por razones obvias.
El horror de la medalla fundida, la insensibilidad de su nuera, su indiferencia hacia cualquier sentimiento de ternura evidenciado por este superficial acto de vanidad, afligieron a la señora Rupa Mehra más que ninguna otra cosa en muchos arios, más incluso que el matrimonio de Arun con Meenakshi. Ante sus propios ojos vio el nombre en oro de su marido físicamente fundido en un crisol. La señora Rupa Mehra había amado y admirado a su marido casi hasta el exceso, y el pensamiento de que una de las pocas cosas que ligaban su presencia a la tierra se perdiera de un modo irremediable y malicioso —pues qué era aquella hiriente indiferencia, sino una forma particular de malicia— le causaba lágrimas de amargura, cólera y frustración. Su marido había sido un estudiante brillante en el Rooske College, y sus recuerdos de sus días de estudiante habían sido muy felices. Pasaba pocas horas ante los libros, aunque sus resultados siempre eran excelentes. Había despertado el aprecio de sus compañeros y sus profesores. La única asignatura que alguna vez le presentó problemas fue el Dibujo. Apenas sacó un aprobado. La señora Rupa Mehra recordaba sus pequeños esbozos en el
libro de autógrafos de los niños, y consideraba que los examinadores habían sido ignorantes e injustos.
Al cabo de un rato, tras recobrar la serenidad y mojarse la frente con agua de colonia, salió al jardín. Hacía calor, pero del río se levantaba un poco de brisa. Savita dormía, y los demás estaban fuera. Escrutó el sendero sin barrer, más allá del lecho de cañacoros. La joven barrendera estaba hablando con el jardinero a la sombra de una morera. Debo comentárselo, pensó la señora Rupa Mehra con aire ausente.
Mateen, el padre de Mansoor, mucho más astuto que su hijo, salió a la galería con el libro de cuentas. La señora Rupa Mehra no estaba de humor para contabilidades, pero se veía en el deber de llevarlas. Regresó a la galería abatida, sacó sus anteojos del bolso negro y miró el libro.
La barrendera empuñó la escoba y comenzó a barrer el polvo, las hojas secas, las ramillas y las flores caídas en el sendero. La señora Rupa Mehra miró la página abierta del libro de cuentas sin verla.
—¿Quiere que vuelva más tarde? —preguntó Mateen.
—No, lo haremos ahora. Espera un minuto. —Sacó un lápiz azul y miró la lista de compras. Llevar las cuentas se había convertido en un esfuerzo mucho mayor desde que Mateen volviera de su pueblo.
Dejando aparte su extraña variante del hindi escrito, Mateen tenía mucha más experiencia que su hijo a la hora de manipular los libros.
—¿Qué es esto? —preguntó la señora Rupa Mehra—. ¿Otra lata de ghee de cuatro seers? ¿Crees que somos millonarios? ¿Cuándo encargamos la última lata?
—Debe de hacer dos meses, burri memsahib.
—Cuando estuviste fuera, haraganeando en el pueblo, ¿Mansoor no compró una lata?
—Puede que sí, burri memsahib. No lo sé; no lo vi.
La señora Rupa Mehra comenzó a buscar entre las páginas del libro de cuentas hasta que se encontró con una entrada escrita con la letra más legible de Mansoor.
—Compró una hace un mes. Casi veinte rupias. ¿Qué ha pasado con ella? Ni que fuéramos doce de familia para acabar con una lata a esa velocidad.
—Acabo de regresar —aventuró Mateen, lanzándole una mirada a la barrendera.
—Serías capaz de comprar una lata de ghee de dieciséis seers si tuvieras oportunidad —dijo la señora Rupa Mehra—. Averigua qué ha ocurrido con el resto.
—Se fue en puris, parathas y daal, y a la memsahib le gusta que el sahib se ponga un poco de ghee cada día en sus chapatis y en el arroz...
—comenzó a decir Mateen.
—Sí, sí —interrumpió la señora Rupa Mehra—. Soy capaz de calcular la cantidad que se ha gastado en eso. Quiero averiguar qué ha ocurrido con el resto. No nos pasamos el día dando fiestas y esto tampoco es una confitería.
—Sí, burri memsahib.
—Aunque por las compras que hace, el joven Mansoor parezca opinar lo contrario.
Mateen no dijo nada, pero frunció el ceño, como desaprobando sus palabras.
—Se come los dulces y se bebe el nimbu pani destinado a los invitados —prosiguió la señora Rupa Mehra.
—Hablaré con él, burri memsahib.
—No estoy segura de lo de los dulces —dijo la señora Rupa Mehra escrupulosamente—. Es un muchacho voluntarioso. Y tú... nunca me sirves el té con regularidad. ¿Por qué nadie se preocupa por mí en esta casa? Cuando estoy en casa del sahib Arun, en Calcuta, sus sirvientes me traen té continuamente. Aquí ni siquiera me preguntan si quiero. Si tuviera mi propia casa, todo sería distinto.
Mateen, comprendiendo que la sesión de contabilidad había acabado, fue a buscar el té de la señora Rupa Mehra. Unos quince minutos más tarde, Savita, que había despertado de la siesta con un
aspecto aturdidamente hermoso, salió a la galería para encontrarse con que su madre volvía a leer la carta de Arun en pleno llanto, diciendo:
«pendientes en forma de lágrima! ¡Hasta los llama pendientes en forma de lágrima!» Cuando Savita se enteró de cuál era el tema de la carta sintió un arrebato de solidaridad con su madre y de indignación hacia Meenakshi.
—¿Cómo puede haber hecho eso? —preguntó. La feroz actitud defensiva hacia aquellos a quienes amaba quedaba enmascarada por su afable temperamento. Era de espíritu independiente, aunque de una manera tan comedida que sólo aquellos que la conocían muy bien tenían la sensación de que su vida y sus deseos no estaban completamente determinados por los frecuentes bandazos de las circunstancias. Se acercó a su madre y dijo—: Esta Meenakshi me deja atónita. Me aseguraré de que la otra medalla esté a salvo. La memoria de papá es más valiosa que los caprichos de una atolondrada. No llores, mamá. Le enviaré una carta inmediatamente. O si quieres, podemos escribirla juntas.
—No, no. —La señora Rupa Mehra contempló tristemente su taza vacía.
Cuando Lata regresó y oyó las noticias, también se quedó perpleja.
Había sido la favorita de su padre, y siempre le había encantado mirar sus medallas académicas; de hecho, el que se las regalaran a Meenakshi la hizo muy desdichada. ¿Qué podían significar para ella, se había preguntado Lata, en comparación con lo que podían significar para sus hijas? Ahora, de la manera más desagradable, se comprobaba que tenía razón. También estaba enfadada con Arun, el cual, consideraba, había permitido este lamentable asunto con su consentimiento o su indulgencia, y ahora le quitaba hierro al asunto en una carta neciamente despreocupada. Sus brutales intentos de sobresaltar o importunar a su madre enfurecían a Lata. Ante la sugerencia de Arun de que fuera a Calcuta y cooperara en su presentación en sociedad, Lata decidió que ésa era la última cosa que haría en su vida.
Pran regresó tarde de su primera reunión como miembro del Comité para el Bienestar del Estudiante, e intuyó que algo debía de haber ocurrido en casa, aunque estaba demasiado agotado como para
preguntar de qué se trataba. Se sentó en su silla favorita —una mecedora requisada de Prem Nivas— y leyó unos pocos minutos. Tras un rato le preguntó a Savita si quería dar un paseo, durante el cual fue brevemente informado de la crisis. Le preguntó a Savita si podía echarle un vistazo a la carta que le había escrito a Meenakshi. No es que no tuviera fe en el buen juicio de su esposa, todo lo contrario. Pero creía que él, al no ser un Mehra y sentirse, por tanto, menos afectado por el insulto, podría contribuir a evitar que alguna palabra irreparable diera lugar a algún acto irreparable. Las disputas familiares, fueran a causa de propiedades o sentimientos, sólo eran causa de amarguras; evitarlas era casi un deber público.
Savita se sintió feliz de enseñarle la carta. Pran la leyó, asintiendo de vez en cuando.
—Está bien —dijo con bastante gravedad, como si diera su aprobación al trabajo de un estudiante—. ¡Diplomático pero letal! Frío como el acero —añadió en un tono distinto. Miró a su esposa con una expresión de divertida curiosidad—. Bueno, mañana mismo la echaré al correo.
Malati llegó más tarde. Lata le llenó la cabeza con la historia de la medalla. Malati describió algunos experimentos que le habían pedido realizar en la universidad, y a la señora Rupa Mehra le entró la suficiente repugnancia como para olvidarse de la causa de sus pesares...
al menos durante un rato.
Durante la cena, Savita observó por primera vez que Malati estaba chiflada por su marido. A juzgar por la manera en que ella le miró durante la sopa y evitó mirarle durante el segundo plato, no había modo de negarlo. Savita no se sintió en absoluto enojada. Asumía que conocer a Pran era amarle; el afecto de Malati era al mismo tiempo natural c inofensivo. Pran, naturalmente, no era consciente de ello; hablaba de la obra de teatro que habían escenificado en la Fiesta Anual del año pasado: Julio César, una típica elección de universitarios (estaba diciendo Pran), ya que pocos padres deseaban que sus hijas subieran a un escenario..., pero, por otro lado, y considerando el momento histórico que estaban viviendo, los temas de violencia, patriotismo y cambio de
régimen le habían dado una actualidad que de otro modo no hubiera tenido.
La simpleza de los hombres inteligentes, pensó Savita con una sonrisa, constituye la mitad de su encanto. Cerró los ojos durante un segundo para rezar una oración por su salud, la de su marido y la de su hijo no nacido.
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