Un buen partido
14.3
La visita de Sandeep Lahiri al despacho de Jha fue un fiasco.
Jha, al ser una importante figura política, amigo del primer ministro y presidente de la Cámara Alta de la Asamblea Legislativa del estado, estaba acostumbrado a que el delegado comarcal le consultara sobre asuntos importantes. Lahiri, por otro lado, no veía ninguna necesidad de consultar asuntos de rutina administrativa con el líder de un partido.
No hacía mucho que había salido de la universidad, donde se había sumergido a fondo en los principios generales de la ley constitucional, la separación entre el partido y el Estado y el liberalismo estilo Laski. 93
Intentaba mantenerse a distancia de los políticos locales.
El año que llevaba destinado en Rudhia, sin embargo, le había convencido de que no había manera de hacer oídos sordos a las llamadas de los líderes políticos más veteranos. Cuando Jha se subía a la parra, no le quedaba más remedio que acudir. Consideraba tales visitas como el estallido de una plaga local: algo imprevisible e indeseable, pero que requería su presencia. Aun cuando le supusiera una pérdida de tiempo y de paciencia, formaba parte de su trabajo.
Era casi impensable que Jha, a sus cincuenta y cinco años, acudiera al despacho del joven delegado comarcal, aunque en rigor eso era lo que exigían las convenciones. Pero más por respeto a su edad que a su posición en el Congreso, fue el delegado comarcal quien acudió a visitarle. Sandeep Lahiri estaba acostumbrado a la escasez de modales de Jha, de manera que iba preparado con esa especie de expresión bobalicona que le servía para ocultar lo que realmente pensaba. En una ocasión en que Jha no le invitó a sentarse —aparentemente fruto de un despiste, aunque probablemente para convencer a sus subordinados de su superioridad sobre el representante local del estado—, Lahiri, con el mismo despiste, ocupó una silla al cabo de unos minutos, lanzándole a Jha una media sonrisa benévola.
Aquel día, Jha, sin embargo, estaba de magnífico humor. Sonreía ampliamente, y llevaba el gorro blanco del Partido del Congreso ladeado sobre la cabeza.
—Siéntese usted también, siéntese —le dijo a Sandeep. Estaban solos y no había necesidad de impresionar a nadie.
—Gracias, señor —dijo Sandeep, aliviado.
—Tome un poco de té.
—Gracias, señor, lo aceptaría con gusto, pero acabo de tomar.
Al principio la conversación fue trivial, de pronto se avivó.
—He visto la circular que ha distribuido —dijo Jha.
—¿Circular?
—Sobre la recogida de fondos para el Día de la Independencia.
—Ah, sí —dijo Sandeep Lahiri—. Me estaba preguntando si podría ayudarme. Si usted, señor, respetado como es, animara a la gente a dar dinero, podríamos recoger una buena cantidad y montar un buen espectáculo, distribuir dulces, alimentar a los pobres, etcétera. De hecho, señor, cuento con su ayuda.
—Y yo cuento con la suya —dijo Jha con una amplia sonrisa—. Por eso le he llamado.
—¿Mi ayuda? —dijo Sandeep, con una sonrisa desvalida y cautelosa.
—Si, sí. Verá, el Partido del Congreso tiene planes para el Día de la Independencia, y nos quedaremos con la mitad de los fondos que usted recaude para utilizarlos en un festival aparte, un festival estupendo para ayudar a la gente y todo eso, sabe. De modo que eso es lo que yo espero.
La otra mitad puede utilizarla como le plazca —añadió generosamente
—. Naturalmente, animaré a la gente a que contribuya.
Eso era precisamente lo que temía Sandeep. Aunque ni el hombre de más edad ni el más joven se habían referido a ello, un par de secuaces de Jha le habían hecho algunas proposiciones a Sandeep varios días antes; la propuesta iba en contra sus principios, y Sandeep se lo manifestó claramente.
Sentado frente a Jha, el delegado comarcal no abandonaba su estúpida sonrisa. Pero su silencio inquietó al político.
—Así pues, espero la mitad de esos fondos. ¿De acuerdo? —dijo, con cierta agitación—. Necesitamos el dinero pronto, pues hacen falta un par de días para organizar las cosas, y usted todavía no ha comenzado la colecta.
—Bueno... —dijo Sandeep, y levantó los brazos en un gesto que implicaba que si por él fuera, habría estado encantado de entregarle a Jha todo 11 dinero recogido para que hiciera con él lo que se le antojara, pero que, así son las cosas, el universo había resuelto privarle cruelmente de ese placer.
La cara de Jha se ensombreció.
—Verá, señor —dijo Sandeep, haciendo girar las manos en unas curvas de impotencia—, tengo las manos atadas.
Jha siguió mirándole, a continuación explotó.
—¿Qué quiere decir? —casi gritó—. Ninguna mano está atada. El Congreso dice que nadie tiene las manos atadas. Nosotros le desataremos las manos.
—Señor, así están las cosas... —comenzó a decir Sandeep Lahiri.
Pero Jha no le permitió continuar.
—Usted es un siervo del gobierno —dijo Jha, furioso—,y el Partido del Congreso es el gobierno. Hará lo que le digamos. —Se irguió el gorro blanco en su cabeza y se subió el dhoti bajo la mesa.
—Mmm —dijo Sandeep Lahiri con una voz que no le comprometía a nada, frunciendo el entrecejo en una expresión tan perpleja y estúpida como su sonrisa.
Dándose cuenta de que no hacía ningún progreso, Jha decidió jugar la carta de la conciliación y la persuasión.
—El Congreso es el partido de la Independencia —dijo—. Sin nuestro partido no tendríamos Día de la Independencia.
—Cierto, cierto, muy cierto —dijo el delegado comarcal, asintiendo como si le diera las gracias—. El partido de Gandhi —añadió.
Ese comentario devolvió a Jha el buen humor que había exhibido al principio.
—¿Así que nos entendemos? —dijo con impaciencia.
—Espero, señor, que siempre sea así, que ningún malentendido se interponga nunca en nuestras relaciones —replicó Sandeep Lahiri.
—Somos como dos bueyes en el mismo yugo —dijo Jha con aire soñador, pensando en el símbolo electoral del Congreso—. El partido y el gobierno tirando al mismo tiempo.
—Mmm —dijo Sandeep Lahiri; su sonrisa peligrosamente estúpida volvió a dibujársele en la cara a fin de ocultar sus dudas laskianas.
Jha puso ceño.
—¿Cuánto dinero espera recoger? —le preguntó al joven.
—No lo sé, señor. Nunca había hecho esta colecta.
—Pongamos, quinientas rupias. Entonces nosotros nos quedaremos con doscientas cincuenta, y usted se quedará con doscientas cincuenta...
y todos contentos.
—Verá, señor, me hallo en una posición muy difícil —dijo Sandeep La-haciendo de tripas corazón.
En esta ocasión Jha no dijo nada, simplemente se quedó mirando a aquel joven presuntuoso.
—Si les doy dinero a ustedes —prosiguió Sandeep Lahiri—, el Partido Socialista también querrá, y el KMPP....
—Sí, sí, sé que ha visitado a Mahesh Kapoor. ¿Le pidió dinero?
—No, señor...
—Entonces ¿cuál es el problema?
—Pero, señor, para ser justo...
—¡Justo! —Jha no pudo ocultar su desprecio por tal palabra.
—Para ser justo, señor, deberíamos darles una cantidad igual a todos esos partidos... al Partido Comunista, al Bharatiya Jan Sangh, al Ram
Rajya Parishad, al Hindu Mahasabha,94 al Partido Socialista Revolucionario...
—¡Qué! —estalló Jha—. ¿Qué? —Tragó saliva—. ¿Qué? ¿Nos esta comparando con el Partido Socialista? —Volvió a subirse el dhoti.
—Verá, señor...
—¿Y con la Liga Musulmana?
—Desde luego, señor, ¿por qué no? El Partido del Congreso no es más que otra formación política. A este respecto todas son iguales.
Jha, completamente ultrajado y anonadado, con la imagen de la Liga, Musulmana girando como unos fuegos de artificio del Divali dentro de su cabeza, sequedó mirando a Sandeep Lahiri.
—¿Nos considera iguales a los demás partidos? —preguntó, la voz temblándole con una cólera que, casi con toda seguridad, no era fingida.
Sandeep Lahiri no dijo nada.
—En este caso —prosiguió Jha—, le daré una lección. Le enseñaré lo que significa nuestro partido. Me aseguraré de que no pueda recaudar esos fondos. No conseguirá ni un paisa. Ya lo verá, ya lo verá.
Sandeep no dijo nada.
—Por ahora no tengo nada más que decir —prosiguió Jha, y con la mano derecha agarró un huevo de cristal azul claro que le servía de pisapapeles—. Pero veremos, veremos.
—En fin, sí, señor, veremos —dijo Sandeep, poniéndose en pie. Jha no se movió de la silla. Volviéndose hacia la puerta, Sandeep le dirigió su media sonrisa al furioso político del Congreso en un intento final de mostrar su buena voluntad. El político no se la devolvió.
OceanofPDF.com