Un buen partido
3.11
No hacía falta que Malati le dijera que era imposible. Lata era perfectamente consciente de ello. Conocía a su madre, y el profundo dolor y horror que sentiría si se enteraba de que su hija se había estado viendo con un musulmán.
Cualquier muchacho le hubiera causado una honda preocupación, pero esto era demasiado vergonzoso, demasiado doloroso de creer. Lata podía oír la voz de la señora Rupa Mehra: «¿Qué hice en mi vida anterior para merecer algo así?» Y podía ver las lágrimas de su madre mientras se enfrentaba al horror de su amada hija entregada a unos
«ellos» sin nombre. Tal cosa amargaría sus últimos años y la dejaría completamente desconsolada.
Lata estaba echada en la cama. Se veían las primeras luces. Su madre ya había finalizado los dos capítulos del Bhagavad Gita que recitaba cada día al alba. El Gita predicaba el desapasionamiento, la sabiduría serena, la indiferencia ante los frutos de la acción. Era ésta una lección que la señora Rupa Mehra nunca aprendería ni podía aprender. Esas enseñanzas no encajaban con su temperamento, ni siquiera su recitado. El día que aprendiera a ser desapasionada e indiferente y serena dejaría de ser ella misma.
Lata sabía que su madre estaba preocupada por ella. Pero quizá atribuía el palpable sufrimiento de Lata durante los últimos días a su inquietud por los resultados de los exámenes.
Ojalá Malati estuviera aquí, se decía Lata.
Para empezar, ojalá no hubiera conocido nunca a Kabir. Ojalá sus manos no me hubieran tocado. Ojalá.
¡Ojalá pudiera dejar de comportarme como una estúpida!, se dijo Lata. Malati siempre insistía en que eran los muchachos quienes se comportaban como imbéciles cuando estaban enamorados, suspirando en las habitaciones de sus residencias y empalagándose con la melaza shelleyana de los ghazales. Pasaría una semana antes de que volviera a
ver a Kabir. Si hubiera sabido cómo ponerse en contacto con él, la indecisión la habría atormentado aún más.
Pensó en las risas del día anterior a la puerta de la casa del señor Nowrojee, y lágrimas de cólera le regresaron a los ojos. Se dirigió a la estantería de Pran y cogió el primer libro de P. G. Wodehouse que vio: Los cerdos tienen alas. Malati, aunque un tanto a la ligera, le había dado un consejo acertado y bienintencionado.
—¿Estás bien? —le preguntó Savita.
—Sí —dijo Lata—. ¿Te ha dado patadas esta noche?
—Creo que no. Al menos no me ha despertado.
—Los hijos deberían tenerlos los hombres —dijo Lata sin venir a cuento—. Voy a dar una vuelta por el río. —Dedujo acertadamente que Savita no estaba en condiciones de acompañarla por la empinada cuesta que conducía hasta el arenal.
Se cambió las zapatillas por una sandalias, y caminó con más comodidad. Mientras descendía la cuesta arcillosa, casi un acantilado de barro, hasta las orillas del Ganges, observó a un grupo de monos haciendo cabriolas en un par de banianos: dos árboles que se habían transformado en uno entrelazando sus ramas. La pequeña estatua de un dios, con unas manchas de color naranja, se apretaba entre los troncos.
Generalmente a los monos les encantaba ver a Lata: ella les llevaba frutas y nueces siempre que se acordaba. Pero aquel día lo había olvidado, y los monos expresaron claramente su malestar. Un par de los más pequeños le tiró del codo en un gesto de exigencia, mientras que uno de los más grandes, un fiero macho, le enseñaba los dientes enojado, aunque de lejos.
Lata necesitaba distraerse. De pronto sintió un gran afecto por el mundo animal, que le pareció, quizá erróneamente, un reino más simple que el mundo de los humanos. Aunque estaba a medio camino, regresó a la casa, entró en la cocina y cogió una bolsa de papel llena de cacahuetes y otra llena de tres grandes musammis para los monos. Sabía que no les gustaban tanto como las naranjas, pero en verano sólo se podían conseguir esas limas dulces de piel más gruesa.
Los monos, sin embargo, estuvieron encantados. Aun antes de que ella dijera: «¡Aa! ¡Aa!» —algo que una vez oyó exclamar a un viejo sadhu para atraerles—, los monos ya habían divisado las bolsas de papel. Se congregaron a su alrededor, agarrándola, estirándola, suplicándole, subiendo y bajando por los árboles, excitados, incluso colgándose de las ramas y de las raíces que asomaban desde el suelo y alargando los brazos. Los más pequeños chillaban, los más grandes gruñían. Un bruto, posiblemente el que antes le había enseñado los dientes, se guardó algunos cacahuetes en los mofletes mientras intentaba agarrar más. Lata esparció unos cuantos, pero les dio de comer, en su mayor parte, de su propia mano. Ella misma, incluso, comió unos cuantos. Los dos monos más pequeños, igual que antes, le agarraron —e incluso le golpearon— el codo para llamar su atención. Y
cuando ella mantenía las manos cerradas para fastidiarlos, ellos se las abrían suavemente, no con los dientes, sino con los dedos.
Mientras intentaba pelar los musammis decidió que a los monos más grandes no les tocaría ración. Generalmente conseguía imponer una distribución democrática, sólo que esta vez los tres mussamis fueron apresados por monos de gran tamaño. Uno se fue un poco más lejos, cuesta abajo, y se sentó en una gran raíz para comérselo: peló la mitad, y a continuación fue metiéndoselo en la boca sin acabar de quitarle la piel. Otro fue menos escrupuloso y se lo comió con piel y todo.
Lata, riendo, lanzó lo que quedaba en la bolsa de cacahuetes por encima de su cabeza, y fue a parar a un árbol; quedó atrapado en una rama alta, pero a continuación cayó y quedó atrapado en otra más baja.
Un gran mono de culo rojo comenzó a escalar, volviendo la cabeza a intervalos regulares para amedrentar a los otros dos, que ya se estaban encaramando a las otras ramas que colgaban del tronco principal del baniano. El primer mono agarró el paquete y subió aún más arriba para disfrutar de su monopolio. Pero de pronto la bolsa se abrió y todos los cacahuetes se desparramaron. Al ver esto, una pequeña cría saltó excitada de una rama a otra, perdió asidero, se golpeó la cabeza contra el tronco y cayó al suelo. Huyó chillando.
En lugar de bajar al río como había planeado, Lata se sentó sobre la raíz que asomaba del suelo, donde el mono acababa de comerse su
musammi, e intentó concentrarse en el libro que llevaba en la mano. No consiguió desviar sus pensamientos. Se puso en pie, volvió a subir el sendero y a continuación se dirigió a la biblioteca.
Estuvo hojeando los últimos números de la revista universitaria, leyendo con sumo interés lo que antes ni siquiera se había dignado mirar: las crónicas de críquet y los nombres que había debajo de las fotografías del equipo. El autor de esas crónicas, que firmaba «S. K..», poseía un estilo muy vivo y formal. Escribía, por ejemplo, no acerca de Akhilesh y Kabir, sino acerca del señor Mittal y el señor Durrani y su excelente defensa de la séptima base.
Al parecer, Kabir era un buen lanzador y un bateador competente.
Aunque generalmente le colocaban de los últimos en la lista de bateadores, había salvado bastante partidos no perdiendo la serenidad en momentos en que el equipo no las tenía todas consigo. Y debía de ser un corredor increíblemente rápido, pues había llegado a hacer tres carreras, e incluso cuatro en una ocasión. En palabras de S. K.: Este cronista no había visto nada parecido. Cierto que el campo no estaba sólo lento, sino también pesado a causa de las lluvias matinales.
Es innegable que la distancia que había entre el lanzador y el bateador era mayor de la normal. Es irrefutable que reinaba cierta confusión entre los jugadores de campo y que uno de ellos resbaló y cayó mientras perseguía la pelota. Pero lo que recordaremos no son estas circunstancias poco meritorias. Lo que recordarán los brahmpurienses a lo largo de los años venideros será el velocísimo cruzarse de dos balas humanas rebotando de base en base y regresando con una velocidad más propia de los cien metros lisos que de un partido de críquet, y que incluso ahí sería realmente asombrosa. El señor Durrani y el señor Mittal hicieron cuatro carreras cuando nadie lo creía posible, con una bola que ni siquiera cruzó los límites del campo; y lo consiguieron sobrándoles una yarda, con lo que dejaron bien sentado que el suyo no había sido un riesgo extravagante ni fuera de lugar.
Lata leyó y revivió partidos cuyas crónicas habían quedado sepultadas por ejemplares de fechas más recientes, y cuanto más leía más enamorada se sentía de Kabir, tanto por lo que sabía de él como por lo que le revelaban las sensatas observaciones de S. K.
Señor Durrani, pensó, éste debería ser un mundo distinto.
Si, como había dicho Kabir, él vivía en la ciudad, era más que probable que su padre enseñara en la Universidad de Brahmpur. Lata, con un olfato para la deducción que ignoraba poseer, tomó ahora el grueso volumen del Anuario de la Universidad de Brahmpur y averiguó lo que buscaba en el apartado «Facultad de Ciencias: Departamento de Matemáticas». El señor Durrani no era el jefe de departamento, pero sólo veinte «catedráticos» podían vanagloriarse de las tres letras mágicas que había detrás de su nombre y que indicaban que era Miembro de la Royal Society.
¿Y la señora Durrani? Lata dijo las palabras en voz alta, para ver cómo sonaban. ¿Quién era? ¿Y el hermano de Kabir, y la hermana que había tenido «hasta el año pasado»? Durante los últimos días, en su mente no habían dejado de estar presentes esos esquivos seres y los escasos y esquivos comentarios de Kabir. Pero aunque hubiera pensado en ellos en el curso de la alegre conversación a la puerta de la casa del señor Nowrojee —cosa que no ocurrió—, jamás se habría atrevido a preguntar. Ahora, por supuesto, era demasiado tarde. Si no quería perder a su propia familia, tendría que resguardarse de ese súbito rayo de luz que se había introducido en su vida.
Una vez fuera de la biblioteca, intentó hacer balance de la situación.
Comprendió que no podía asistir a la sesión de la Sociedad Literaria de Brahmpur del día siguiente.
«¿Adónde vas, Lata?», se dijo a sí misma; rió durante uno o dos segundos, y a continuación se echó a llorar.
¡No lo hagas!, pensó. Podrías atraer a otro Galahad. Eso la hizo reír una vez más. Pero fue una risa que no barrió su pesar y que la inquietó aún más.
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