Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 411 de 478

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Un buen partido

17.21

Cuando Firoz se recuperó del efecto de la anestesia, su padre estaba dormido. Al principio no estuvo seguro de dónde se encontraba; a continuación se movió y una terrible punzada de dolor le recorrió el costado. Observó el tubo que tenía en el brazo. Volvió la cabeza hacia la derecha. Junto a él había un policía, vestido de caqui y con una libreta de notas, dormido en una silla. La tenue luz de una lámpara le caía sobre la cara soñolienta.

Firoz se mordió el labio e intentó comprender qué era ese dolor, aquella habitación y por qué estaba allí. Había estallado una pelea, Maan tenía un cuchillo, él había sido apuñalado. Tasneem aparecía en cierto momento. Alguien le cubría con un chal. Su bastón estaba resbaladizo de sangre. Entonces surgía un tonga de entre la niebla. Todo lo demás estaba oscuro.

Pero el ver la cara de su padre le molestó. No podía comprender por qué. Alguien había dicho algo —aunque en aquel momento no podía recordar qué— relacionado con él. Su recuerdo de lo ocurrido era como el mapa de un continente inexplorado, cuyos límites eran más claros que el interior. Y, aun con todo, había algo en ese interior ante lo que retrocedía con sólo discernirlo. Le costaba un gran esfuerzo pensar, y seguía hundiéndose en una silenciosa oscuridad para, de vez en cuando, regresar al presente.

Echado de espaldas, observó una lagartija que recorría la parte superior de la pared que había delante de él, uno de los inquilinos permanentes de aquella sala del hospital. Firoz se preguntó cómo debía ser la vida de las lagartijas: las extrañas superficies que habitaban, donde se necesitaba más esfuerzo para avanzar en una dirección que en otra. Todavía estaba contemplando la lagartija cuando oyó decir al policía:

—Ah, sahib, está despierto.

—Sí —Firoz se oyó decir a sí mismo—. Me he despertado.

—¿Se siente lo suficientemente bien para hacer una declaración?

—¿Una declaración? —dijo Firoz.

—Sí —dijo el policía—. Su agresor ha sido arrestado.

Firoz miró la pared.

—Estoy cansado —dijo—. Creo que dormiré un poco más.

El nawab sahib se había despertado ante el sonido de la voz de su hijo. Miró a Firoz en silencio, y éste a él. El padre le dirigió al hijo un gesto de súplica, y éste frunció el entrecejo en un gesto de desdichada concentración. A continuación cerró los ojos durante unos instantes, dejando al nawab sahib desconcertado e inquieto.

—Creo que más o menos dentro de una hora podrá hablar con claridad —dijo el policía—. Es importante que haga su declaración lo antes posible.

—Por favor, no le moleste —dijo el nawab sahib—. Parece muy cansado y necesita reposo.

El nawab sahib no pudo volver a dormirse. Se levantó al cabo de un rato y paseó por la habitación. Firoz dormía profundamente, y no pronunció ningún nombre. Transcurrida una hora volvió a despertarse.

—Abba... —susurró.

—Sí, hijo.

—Abba... hay algo...

Su padre quedó en silencio.

—¿Qué es todo esto? —dijo de pronto Firoz—. ¿Acaso Maan me atacó?

—Eso parece. Te encontraron en Cornwallis Road. ¿Recuerdas qué sucedió?

—Lo estoy intentando...

El policía les interrumpió:

—¿Recuerda lo que ocurrió en casa de Saeeda Bai?

Firoz vio que su padre daba un respingo al oír ese nombre, y de pronto vio el turbador interior de aquel contorno al que había intentado

acercarse, tocar, recordar. Se volvió hacia su padre y le miró con una expresión de dolor y reproche que le desgarró el corazón. El anciano no pudo sostener esa mirada y volvió la cara.

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