Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 11 de 478

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Un buen partido

1.10

El sonido de un tonga resonaba en la carretera, y el conductor canturreaba:

—Un corazón fue roto.en pedazos..., y uno cayó aquí, y otro cayó allá... Varun también se puso a canturrear en voz alta, la alzó aún más y de pronto se interrumpió.

—Oh, no te pares —dijo Malati, dándole un suave codazo a Lata—.

Tienes una bonita voz. Como un ruiseñor... en una tienda de porcelanas

—le susurró a Lata.

—Ja, ja, ja. —La risa de Varun era nerviosa. Dándose cuenta de que sonaba débil, intentó hacer que pareciera siniestra. Pero no funcionó. Se sintió desgraciado. Y Malati, con sus ojos verdes y su sarcasmo, pues tenía que ser sarcasmo, no le era de ninguna ayuda.

El tonga estaba abarrotado: Varun se sentaba con el joven Bhaskar en la parte de delante, junto al conductor; y colocadas espalda con espalda se veía a Lata y Malati —ambas vestidas con un salwaar-kameez— y a Aparna, que llevaba un vestido y un suéter manchado de helado. Era una soleada mañana de invierno.

El anciano conductor del tonga, la cabeza envuelta en un turbante blanco, disfrutaba guiando velozmente a través de esa parte de la ciudad, con sus calles anchas y relativamente poco concurridas, a diferencia de la populosa locura del Viejo Brahmpur. Comenzó a hablarle a su caballo, instándole a que continuara.

Entonces Malati comenzó a cantar la letra de la canción de una conocida película. No había tenido intención de desanimar a Varun.

Era agradable pensar en corazones destrozados en aquella mañana sin nubes.

Varun no se le unió. Pero después de un rato, decidió jugar fuerte y dijo, volviéndose:

—Tienes... una voz maravillosa.

Era cierto. Malati amaba la música y estudiaba canto clásico con Ustad Majeed Khan, uno de los mejores cantantes del norte de la India.

Incluso consiguió, en la época en que vivieron juntas en la residencia de estudiantes, que Lata se interesara por la música clásica hindú. Como resultado, Lata a menudo canturreaba alguno de sus ragas favoritos.

Malati no rechazó el cumplido de Varun.

—¿Tu crees? —dijo volviéndose hacia él y clavándole la mirada—.

Es muy amable por tu parte.

Varun se sonrojó hasta las profundidades del alma y se quedó sin habla durante unos minutos. Pero en cuanto pasaron junto al Hipódromo de Brahmpur, agarró el brazo del conductor y gritó:

—¡Para!

—¿Qué pasa? —preguntó Lata.

—Oh..., nada..., nada..., si tenemos prisa, sigamos. Sí, sigamos.

—Pero si no tenemos ninguna prisa, Varun bhai —dijo Lata—. Sólo vamos al zoo. Podemos detenernos, si quieres.

En cuanto hubieron bajado, Varun, excitado y casi sin poder controlarse, se encaminó hasta la valla blanca y miró a través de ella.

—Aparte de la de Lucknow, es la única carrera en toda la India que se corre en sentido contrario a las agujas de reloj —dijo casi para sí mismo, pasmado—. Dicen que imita el Derby —añadió dirigiéndose al joven Bhaskar, que por casualidad estaba a su lado.

—Pero ¿cuál es la diferencia? —preguntó Bhaskar—. ¿La distancia es la misma, no es cierto, corras en la misma dirección que las agujas del reloj o en la contraria?

Varun no prestó atención a la pregunta de Bhaskar. Comenzó a caminar lentamente, como en un ensueño, en sentido contrario a las agujas del reloj. Casi hollaba la tierra, como si tuviera pezuñas.

Lata fue junto a él.

—¿Varun bhai? —dijo.

—Em..., ¿sí? ¿Sí?

—Con respecto a ayer por la noche.

—¿Ayer por la noche? —Varun hizo un esfuerzo por regresar al mundo de los seres de dos patas—. ¿Qué ocurrió?

—Nuestra hermana se casó.

—Ah. Oh. Sí, sí, lo sé. Savita —añadió con la esperanza de que el pronunciar su nombre diera a entender que sabía de qué le hablaba.

—En fin —dijo Lata—, no permitas que Arun bhai te intimide.

Simplemente no lo permitas. —Dejó de sonreír, y observó cómo la expresión de su hermano se ensombrecía—. Lo detesto, Varun bhai, de verdad detesto ver cómo abusa de su autoridad. Con ello no quiero dar a entender que debas contestarle con descaro, con una salida de tono ni nada parecido, sólo que no deberías permitir que te ofenda de la manera en que..., bueno, de la manera en que me parece que lo hace.

—No, no... —dijo indeciso.

—Aunque sea un par de años mayor que tú no es ni tu padre ni tu profesor ni tu sargento mayor.

Varun asintió con un aire desdichado. Sabía demasiado bien que mientras viviera en casa de su hermano mayor estaría sometido a la voluntad de éste.

—De todos modos, creo que deberías sentirte más seguro de ti mismo —prosiguió Lata—. Arun bhai intenta aplastar a todos los que le rodean como si fuera una apisonadora, y de nosotros depende el apartar nuestros egos de su camino. Yo lo paso bastante mal, y ni siquiera estoy en Calcuta. Se me ocurrió que debía decírtelo ahora, porque en casa apenas tendré oportunidad de hablar contigo a solas. Y mañana ya te habrás ido.

Lata hablaba con conocimiento de causa, y Varun lo sabía muy bien. Arun, cuando se enfadaba, apenas moderaba sus palabras.

Cuando a Lata se le metió en la cabeza hacerse monja —una idea estúpida y adolescente, pero suya y de nadie más—, Arun, exasperado por la falta de éxito de sus intentos de disuadirla por la fuerza, dijo:

«Muy bien, adelante, hazte monja, destroza tu vida, nadie se habría casado contigo de todos modos, eres igual que la Biblia, plana por

delante y plana por detrás.» Lata dio gracias a Dios por no estudiar en la Universidad de Calcuta; durante la mayor parte del año se encontraba fuera del alcance del trabuco de Arun. Aun cuando esas palabras ya no fueran ciertas, su recuerdo aún le provocaba un cierto resquemor.

—Ojalá vivieras en Calcuta —dijo Varun.

—Seguro que tienes amigos... —dijo Lata.

—Bueno, por las noches, Arun bhai y Meenaskshi bhabhi con frecuencia están fuera, y tengo que ocuparme de Aparna —dijo Varun, con una débil sonrisa—. No es que me importe —añadió.

—Varun, esto no marcha —dijo Lata. Puso su mano sobre el hombro encogido de Varun y le dijo—: Quiero que salgas con tus amigos, con la gente que realmente te gusta y que te aprecia, al menos durante dos noches a la semana. Finge que tienes que ir a clases particulares o algo así. —A Lata no le importaba que dijera una mentira, y tampoco sabia si Varun sería capaz de ello, pero no quería que las cosas continuaran como hasta ahora. Estaba preocupada por Varun. Le había encontrado aún más tenso que la última vez que le viera, meses atrás.

Desde muy cerca, les llegó el silbido de un tren, y el caballo del tonga se espantó.

—Asombroso —se dijo Varun a sí mismo, olvidándose de todos sus pensamientos.

Le dio unas palmaditas al caballo cuando volvieron a subir al tonga.

—¿A qué distancia está la estación? —le preguntó al tonga-wallah.

—Oh, está aquí mismo —respondió éste, indicando vagamente la zona urbanizada que había más allá de los cuidados jardines del hipódromo—. No lejos del zoo.

Me pregunto si eso da ventaja a los caballos locales, se dijo Varun.

¿Se desbocarán los otros más fácilmente? ¿Cómo influiría eso en las apuestas?

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