Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 118 de 478

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Un buen partido

7.5

Aquel día, cuando Arun regresó de trabajar, estaba de un humor excelente. Había sido un día productivo, y presentía que la velada iba a salir bien. Meenakshi, una vez resuelta su crisis doméstica, ya no corría nerviosa de un lado a otro; de hecho, se la veía tan elegante y serena que era imposible que Arun llegara a intuir la turbación que había sufrido aquel día. Tras besar a Arun en la mejilla y ofrecerle su risa cristalina, Meenakshi fue a cambiarse. Aparna estuvo encantada de ver a su padre y le dio varios besos, pero no pudo convencerle de que hiciera un rompecabezas con ella.

A Arun le pareció que Lata estaba un poco mohína, pero en aquellos días eso era moneda corriente. Y mamá, bueno, no había manera de prever cuál sería su estado de ánimo. En aquel momento ponía un rictus de impaciencia, probablemente porque no le habían servido el té a la hora. Varun, como siempre, parecía escurridizo y desaliñado. ¿Por qué, se preguntaba Arun, aquel hermano suyo tenía tan poco temple e iniciativa? ¿Y por qué siempre daba la impresión de haber dormido con aquellas kurtas andrajosas que constituían su única vestimenta?

—Apaga ese maldito ruido —gritó al entrar en la sala de estar y recibir una andanada de «Dos ojos embriagadores».

Varun, aunque amedrentado por Arun y su abrumadora aura de hombre de mundo, de vez en cuando levantaba la cabeza, generalmente para que se la cercenaran brutalmente. Pasaba un tiempo antes de que le brotara otra cabeza, aunque a veces su orgullo aceleraba el proceso.

Varun apagó el gramófono. pero!e quedó un rescoldo de resentimiento.

Sujeto a la autoridad de su hermano desde pequeño, la detestaba —y, de hecho, cualquier otra autoridad—. Una vez, en un arrebato de antiimperialismo y xenofobia, garabateó «Cerdo» sobre dos Biblias en la St George's School, por lo que el director, de raza blanca, le dio una soberana paliza. Arun también le reprendió a voces tras el incidente, utilizando todas las dolorosas referencias posibles a su patética infancia y a antiguas felonías, lo cual dejó a Varun bastante cabizbajo. Pero

incluso cuando bajaba la cabeza ante el ataque de su robusto hermano mayor, esperando que le abofeteara de un momento a otro, Varun se decía: Todo lo que sabe hacer es darles coba a los ingleses y chupar rueda. ¡Cerdo! ¡Cerdo! Arun debía de leer sus pensamientos, pues invariablemente le llegaba el bofetón esperado.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Arun solía escuchar los discursos de Churchill por la radio y murmurar, tal como oía murmurar a los ingleses: «¡El viejo Winnie!» Churchill detestaba a los indios y no lo ocultaba, y hablaba con desprecio de Gandhi, 42 un gran hombre al que jamás conseguiría igualar; y Varun veía a Churchill con un odio visceral.

—Y cámbiate esa ropa arrugada que llevas. Basil Cox vendrá dentro de una hora y no quiero que crea que dirijo un dharamshala de tercera clase.

—Me pondré una kurta limpia —dijo Varun con hosquedad.

—Nada de eso —dijo Arun—. Te vestirás como es debido.

—¡Como es debido! —murmuró Varun con cierta ironía.

—¿Qué has dicho? —preguntó Arun lenta y amenazadoramente.

—Nada —dijo Varun frunciendo el entrecejo.

—Por favor, no os peleéis —dijo la señora Rupa Mehra.

—Mamá, no te metas en esto —dijo Arun con brusquedad. Señaló en dirección al pequeño dormitorio de Varun—. Ahora ve a cambiarte.

—De todos modos pensaba hacerlo —dijo Varun, escurriéndose por la puerta.

—Maldito idiota —se dijo Arun. A continuación, afectuosamente, se volvió hacia Lata—. Bueno, ¿qué te ocurre, por qué estás tan alicaída?

Lata sonrió.

—Estoy bien, Arun bhai —dijo—. Creo que también iré a arreglarme.

Arun también fue a cambiarse. Unos quince minutos antes de que llegaran Basil Cox y su mujer, salió y se encontró con que todos, a excepción de Varun, estaban vestidos y a punto. Meenakshi salió de la cocina, donde había realizado una supervisión de última hora. La mesa estaba puesta para siete, con la mejor vajilla, la mejor loza y la mejor cubertería, las flores del centro de mesa eran perfectas, se habían probado los entremeses y habían recibido el visto bueno, el whisky, el sherry, el campari, etcétera, estaban fuera del armario, y Aparna ya se había acostado.

—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Arun a las tres mujeres

—Aún no ha salido. Debe de estar en su habitación —dijo la señora Rupa Mehra—. Me gustaría que no le gritaras.

—Debería aprender a comportarse en una casa civilizada. Aquí no se va descamisado ni se llevan esos calzones hasta media pierna. ¡Hay que vestirse como es debido!

Varun salió unos minutos más tarde. Llevaba una kurta limpia, no exactamente rota, pero a la que le faltaba un botón. Se había afeitado de manera bastante rudimentaria después de bañarse. Le pareció que estaba presentable.

Pero Arun no opinó lo mismo. Se puso rojo. Varun se dio cuenta y, aunque tuvo miedo, se sintió bastante complacido.

Durante un segundo, Arun estuvo tan furioso que apenas pudo hablar. A continuación explotó.

—¡Maldito idiota! —rugió—. ¿Quieres avergonzarnos a todos?

Varun le lanzó una mirada esquiva.

—¿Qué hay de vergonzoso en llevar ropas indias? —preguntó—. ¿Es que no puedo vestirme como quiero? Mamá, Lata y Meenakshi llevan saris, no vestidos. ¿O es que tengo que imitar a los blancos incluso en mi propia casa?

—No me importa lo que piense tu maldita cabeza. En mi casa harás lo que te diga. Ahora ve a ponerte una camisa y una corbata o..., o...

—¿O qué, Arun bhai? —dijo Varun, insolentándose con su hermano y regodeándose en su rabia—. ¿O no me dejarás cenar con tu Colin Box? De hecho, prefiero cenar con mis amigos que hacer zalemas ante este wallah y su walli.

—Meenakshi, dile a Hanif que quite un cubierto —dijo Arun.

Meenakshi parecía indecisa.

—¿Me has oído? —preguntó Arun con una voz amenazante.

Meenakshi se levantó para cumplir la orden.

—Ahora vete —gritó Arun—. Vete a cenar con tus amigos del Shamshu. Y que no te vea acercarte a esta casa durante el resto de la noche. Y deja que te diga, aquí y ahora, que no pienso volver a tolerarte nada parecido. Si vives en esta casa, será mejor que te atengas a sus reglas, maldita sea.

Varun miró vacilante a su madre, buscando apoyo.

—Querido, por favor, haz lo que te dice. Estás mucho más guapo con camisa y corbata. Además, te falta un botón. Estos extranjeros no entienden nada. Es el jefe de Arun, debemos causarle buena impresión.

—Él, desde luego, es incapaz de causar buena impresión, no importa lo que haga ni cómo vaya vestido. —Arun metió baza—. No quiero que se quede para lanzarle pullas a Basil Cox, y es perfectamente capaz de hacerlo. Mamá, por favor, deja de llorar. Ves, sacas de quicio a todo el mundo, maldito cretino —dijo Arun, volviéndose otra vez hacia su hermano.

Pero éste ya había desaparecido.

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