Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 56 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

3.17

A la mañana siguiente, la señora Rupa Mehra, la anciana señora Tan-don y la señora Mahesh Kapoor se reunieron en Prem Nivas para charlar. Como correspondía, la amable y discreta señora Mahesh Kapoor actuó de anfitriona. Ella era la samdhin —es decir la «co-suegra»— de las otras dos mujeres, el eslabón de la cadena. Además, era la única cuyo marido aún estaba con vida, la única que todavía era ama de su propia casa.

A la señora Rupa Mehra le encantaba tener compañía, cualquiera que fuera, y ésta le parecía ideal. Primero tomaron el té, y matthri y mango en conserva que la propia señora Mahesh Kapoor había preparado. Todo fue calificado de delicioso. La receta del mango en conserva fue analizada y comparada con otras siete u ocho distintas.

Por lo que se refería al matthri, la señora Rupa Mehra dijo:

—Como ha de ser: crujiente y hojaldrado, pero que no se deshaga.

—Yo no puedo tomar mucho por mis problemas digestivos —dijo la anciana señora Tandon, sirviéndose otro.

—Qué se le va a hacer, cuando una se vuelve mayor... —dijo la señora Rupa Mehra, solidaria. Era la única que andaba por la mitad de la cuarentena, pero le gustaba verse como una persona de edad cuando estaba con gente mayor; y, de hecho, al haber enviudado hacía ya varios años, le parecía compartir, al menos en parte, la experiencia de la edad.

Toda la conversación tenía lugar en hindi, con alguna palabra esporádica en inglés. La señora Mahesh Kapoor, por ejemplo, al referirse a su marido, a menudo le llamaba «ministro sahib». A veces, en hindi, incluso le llamaba «el padre de Pran». Pero llamarlo por su propio nombre habría sido impensable. Incluso «mi marido» resultaba inaceptable para ella, pero no había nada malo en decir «mi esto».

Compararon los precios de las verduras con los del año anterior. El ministro sahib se preocupaba más por las cláusulas de su acta que por la comida, aunque a veces se enojaba mucho cuando había demasiada sal o demasiado poca... o cuando la comida estaba demasiado especiada.

Le gustaba particularmente la karela, la más amarga de todas las verduras... y cuanto más amarga, mejor.

La señora Rupa Mehra sentía mucho afecto por la anciana señora Tandon. Para alguien que cuando viajaba en tren no tardaba en relacionarse con todos los que la acompañaban en el compartimento, la samdhin de una samdhin era virtualmente una hermana. Las dos estaban viudas, y ambas tenían unas nueras un tanto problemáticas. La señora Rupa Mehra se quejaba de Meenakshi; unas semanas atrás ya les había contado lo de la medalla, tan desconsideradamente fundida.

Aunque, naturalmente, la anciana señora Tandon no podía quejarse de Veena y su afición a la música profana delante de la señora Mahesh Kapoor.

También hablaron de sus nietos: Bhaskar, Aparna y el futuro hijo de Savita.

A continuación, la conversación adquirió un tono distinto.

—¿No podemos hacer algo con el Ramnavami? ¿Es que el ministro sahib no cambiará de opinión? —preguntó la anciana señora Tandon, probablemente la más religiosa de las tres.

—¡Ufff! Qué puedo decir, es tan terco —dijo la señora Mahesh Kapoor—. Y hoy en día tiene que soportar tantas presiones, que se impacienta ante todo lo que digo. Estos días tengo dolores, pero apenas pienso en ellos, pues todos mis pensamientos se concentran en él. —

Sonrió—. Te lo diré francamente —prosiguió con su voz serena—, me da miedo decirle algo. Le dije: Muy bien, si no quieres que se recite todo el Ramcharitmanas, al menos consíguenos un sacerdote que recite una parte, quizá sólo el Sundar Kanda, y todo lo que me respondió fue:

«¡Vosotras las mujeres conseguiréis soliviantar esta ciudad! ¡Haz lo que quieras!», y salió de la habitación.

La señora Rupa Mehra y la anciana señora Tandon emitieron unos sonidos de complicidad.

—Más tarde, con el calor que hacía, se puso a pasear arriba y abajo del jardín, cosa que no es buena ni para él ni para las plantas. Le dije: Podríamos invitar a los futuros suegros de Maan a venir a Benarés y pasar esa festividad con nosotros. También les gustan esos recitados.

Contribuirá a reforzar nuestros lazos. Maan está tan... —buscó la palabra adecuada—... fuera de control últimamente... —Preocupada, dejó que sus palabras se perdieran lentamente.

Los rumores acerca de Maan y Saeeda Bai se extendían por Brahmpur.

—¿Y él, qué dijo? —preguntó la señora Rupa Mehra,

interesadísima.

—Simplemente hizo un gesto de rechazo y dijo: «¡Todas estas tramas y conjuras!»

La anciana señora Tandon negó con la cabeza y dijo:

—Cuando el hijo de Zaidi aprobó el examen para ingresar en el cuerpo de funcionarios, su mujer organizó una lectura de todo el Corán en la casa: vinieron treinta mujeres, y cada una de ellas leyó un... ¿cómo lo llaman?, paara, sí, paara. —La palabra pareció disgustarla.

—¿De verdad? —dijo la señora Rupa Mehra, sorprendida por tal injusticia—. ¿Creéis que debería hablar con el ministro sahib? —Tenía la vaga sensación de que eso ayudaría.

—No, no, no... —dijo la señora Mahesh Kapoor, preocupada por la idea de que esas dos poderosas voluntades colisionaran—. Sólo te dará excusas. Una vez que se me ocurrió tocar el tema, me llegó a decir «Si tanto lo deseas, ve a ver a tu amigo el ministro del Interior... Supongo que él apoyará una barbaridad así.» Después de eso me quedé demasiado asustada como para decir nada más.

Todas ellas lamentaron la decadencia general de la verdadera devoción.

La anciana señora Tandon dijo:

—Hoy en día a la gente sólo le interesan las grandes funciones de los templos...; salmodias y bhajans y recitados y discursos y puja..., pero en casa no llevan a cabo las ceremonias debidas.

—Cierto —dijeron las otras dos.

La anciana señora Tandon prosiguió:

—Al menos, en nuestro vecindario tendremos nuestro propio Ramlila dentro de seis meses. Bhaskar es demasiado joven para ser uno de los personajes principales, pero ciertamente puede hacer de guerrero-mono.

—A Lata le encantan los monos —reflexionó la señora Rupa Mehra distraídamente.

La anciana señora Tandon y la señora Mahesh Kapoor

intercambiaron una mirada.

La señora Rupa Mehra salió de su distracción y miró a las otras dos.

—¿Por qué..., ocurre algo? —preguntó.

—Antes de que vinieras estábamos hablando..., ya sabes, charlando, igual que ahora —dijo la anciana señora Tandon para tranquilizarla.

—¿De Lata? —dijo la señora Rupa Mehra, leyendo su tono con la misma exactitud con que había leído su mirada.

Las dos damas se miraron mutuamente y asintieron con seriedad.

—Decídmelo, deprisa —dijo la señora Rupa Mehra, completamente alarmada.

—Ya ves, así son las cosas —dijo la señora Mahesh Kapoor midiendo sus palabras—, por favor, cuida de tu hija, porque alguien la vio paseando con un muchacho por la ribera del Ganges, cerca del dhobi-ghat, ayer por la mañana.

—¿Qué muchacho?

—Eso no lo sé. Pero caminaban de la mano.

—¿Quién los vio?

—¿Por qué iba yo a ocultarle nada? —dijo la señora Mahesh Kapoor, comprensiva—. Fue el cuñado de Avtar Bhai. Reconoció a Lata, pero no al muchacho. Le dije que debía de ser uno de tus hijos, pero sé por Savita que están en Calcuta.

La nariz de la señora Rupa Mehra comenzó a enrojecer de desdicha y vergüenza. Dos lágrimas le rodaron por las mejillas, y sacó un pañuelo bordado del interior de su espacioso bolso.

—¿Ayer por la mañana? —dijo con voz trémula.

Intentó recordar dónde le dijo Lata que había ido. Eso era lo que ocurría cuando confiabas en tus hijos, cuando les dejabas vagar por ahí, pasear por cualquier parte. En ningún lugar estaban a salvo.

—Eso es lo que él me contó —dijo la señora Mahesh Kapoor, amablemente—. No te alarmes demasiado. Todas estas chicas ven esas películas modernas de amor y eso les afecta, aunque Lata es una buena muchacha. Simplemente habla con ella.

Pero la señora Rupa Mehra estaba muy alarmada, se bebió su té de un trago, endulzándolo incluso con azúcar por error, y se fue a casa tan pronto como la cortesía se lo permitió.

OceanofPDF.com