Un buen partido
12.15
Mientras Maan se empapaba de las deliciosas sensaciones de un baño caliente, no dejaba de imaginar las sensaciones aún más deliciosas que pronto experimentaría en brazos de su amada. Se envolvió en un albornoz que le habían proporcionado y se encaminó al dormitorio.
Ahí, sin embargo, se le presentaron pensamientos más sensatos. Se acordó de su sobrino,y de lo triste que se pondría si se enteraba de que su Maan maama había estado en la ciudad y no había ido a verle inmediatamente. Con cierta tristeza, decidió que primero tendría que visitar a Bhaskar. Se sirvió un whisky, lo bebió rápidamente, se sirvió otro, lo bebió igual de rápido, y se llevó la botella en el bolsillo de la kurta de Imtiaz.
En lugar de coger un tonga, decidió ir andando a Prem Nivas, donde Firoz le había dicho que estaba Bhaskar,
Pasear por Pasand Bagh resultó un placer. Por primera vez en su vida, Maan observó que había farolas en casi todas las calles. Sólo el hecho de caminar sobre un pavimento macizo, después del barro y el polvo de los caminos rurales, era ya un privilegio. Hizo girar el bastón de Firoz, dio unos golpecitos en el suelo. Tras un rato, sin embargo, se cansó del accesorio. Le deprimió la idea de tener que enfrentarse con su padre. Y, en cierto modo, también con su madre: sería como un jarro de agua fría ante la fogosidad que pensaba desplegar aquella velada. Le diría que se quedara a cenar. Le interrogaría acerca de los pueblos y de su estado de salud. Poco a poco, los pasos de Maan se hicieron más lentos y vacilantes. Quizá era efecto del whisky. Durante semanas no había tenido fácil acceso al alcohol.
Al llegar a un cruce, no lejos de su destino, levantó la mirada hacia las estrellas buscando una señal. Golpeó el pavimento con el bastón, primero tomó una dirección, luego otra. Parecía muy indeciso.
Finalmente tomó el camino de la derecha, que conducía a casa de Saeeda Bai. De pronto se sintió muy animado.
Mejor que no vaya a casa, decidió. En cuanto llegue, todos insistirán en que me quede a cenar, y la verdad es que no puedo. Y a Bhaskar no creo que le importe. Sólo se enfada si no le hago sumar. Y cómo puedo hacerle sumar si tengo la mente en otra parte. Además, no se encuentra bien, no le conviene estar despierto hasta tarde, lo más probable es que ya esté en la cama. Sí, mejor que no vaya. Lo primero que haré mañana será visitarle. Seguro que no se enfadará conmigo.
Tras un rato, se dijo: Y además, Saeeda Bai nunca me perdonaría si se enterara de que he estado en Brahmpur y no he ido a verla antes que a nadie. Imagino lo mal que lo habrá pasado en mi ausencia. Será un encuentro maravilloso, se quedará asombrada al verme. Y al imaginar su reencuentro sintió una agradable languidez en todos sus miembros.
No tardó en estar cerca de la casa, bajo un gran neem, saboreando por anticipado los inminentes placeres. De pronto se le ocurrió algo: No he traído ningún regalo.
Pero Maan no era de los que se emboban saboreando placeres por anticipado, y tras medio minuto decidió que ya había esperado bastante.
¡Yo soy mi propio regalo, y ella el suyo!, se dijo de muy buen humor, y, primero dando unos golpecitos con el bastón, y luego agitándolo, recorrió la distancia que le separaba de la puerta.
—¡Phool Singh! —le dijo al guardián a modo de saludo.
—Ah, Kapoor sahib. Deben de haber pasado meses...
—Yo creo que años... —dijo Maan, sacando un billete de dos rupias.
El guardián se lo metió en el bolsillo muy lentamente, y dijo:
—Tiene suerte. Esta pocha begum sahiba no me ha dado instrucciones con respecto a ningún visitante en concreto. Supongo que no espera a nadie.
—Humm. —Maan puso ceño. A continuación recobró el humor—.
Bueno, bien —dijo.
El guardián golpeó la puerta. Asomó la rolliza Bibbo. Al distinguir a Maan, pareció radiante. Le había echado de menos. De los amantes de su ama, era con mucho el más agradable, y el más elegante.
—Ah, Dagh sahib, bienvenido, bienvenido —dijo desde la puerta, con una voz lo suficientemente alta como para que Maan pudiera oírla
—. Un minuto, subiré a preguntar.
—¿Qué tienes que preguntar? —inquirió Maan—. ¿Es que no soy bienvenido? ¿Crees que voy a llevar la suciedad de la Madre India al durbar de la begum sahiba? —Rió; Bibbo soltó una risita.
—Sí, si, es usted bienvenido —dijo Bibbo—. Begum sahiba estará encantada. Pero yo sólo puedo hablar por mí misma —añadió, coqueta
—. No tardaré ni un minuto.
Hizo honor a su palabra. Maan no tardó en cruzar el vestíbulo, en subir las escaleras. Se detuvo ante el espejo del descansillo para colocarse su gorro bordado, y a continuación recorrió la galería del piso de arriba, que bordeaba el vestíbulo. Enseguida llegó ante la puerta del salón de Saeeda Bai. Pero no había sonido de voces, ni de cánticos, ni se oía el armonio. Cuando entró, dejando los zapatos en el pasillo, observó que Saeeda Bai no estaba en el salón donde normalmente recibía. Debía de encontrarse en su dormitorio, pensó en un arrebato de deseo. Se sentó en el suelo y se reclinó contra un cabezal blanco. Poco después, Saeeda Bai salía del dormitorio. Parecía cansada pero cariñosa, y extasiada de ver a Maan.
Nada más verla, el corazón de Maan le saltó en el pecho, y él mismo también se puso en pie de un salto. Si Saeeda Bai no hubiera llevado una jaula de Pájaro en la mano la habría abrazado.
Por el momento tendría que conformarse con la expresión de sus ojos. Ese estúpido periquito, se dijo Maan.
—Siéntate, Dagh sahib. Cómo he esperado este momento. —Siguió un pareado idóneo a la ocasión.
Esperó a que Maan se sentara para dejar el periquito en el suelo, que, por cierto, parecía ya un loro propiamente dicho, no una plumosa bola verde. A continuación le dijo al pájaro:
—Has estado muy poco cariñoso, Miya Mitthu, y no puedo decir que eso me agrade. —Le dijo a Maan—: Corren rumores, Dagh sahib, de que hace días que estás en la ciudad. Haciendo girar, sin duda, ese
hermoso bastón con mano de marfil. Pero el jacinto que ayer fue tan apreciado, hoy el experto lo encuentra marchito.
—Begum sahiba... —protestó Maan.
—Aun cuando se haya marchitado sólo porque le faltaba el agua de la vida —prosiguió Saeeda Bai, inclinando ligeramente la cabeza, y cubriéndosela con el sari, en ese movimiento familiar que aceleraba el corazón de Maan desde que lo viera por primera vez en Prem Nivas.
—Begum sahiba, te juro...
—Ah —dijo Saeeda Bai, dirigiéndose al periquito—. ¿Por qué has estado lejos tanto tiempo? Una sola semana fue ya una agonía. ¿Qué votos ha hecho el que languidece en un desierto bajo un sol abrasador?
—De pronto, harta ya de esa metáfora, dijo—. Ha hecho bastante calor últimamente. Haré que te traigan un poco de sherbet. —Levantándose, se dirigió a la galería e, inclinándose sobre la barandilla, dio unas palmadas—: ¡Bibbo!
—¿Sí, begum sahiba?
—Tráenos sherbet de almendras. Y asegúrate de poner un poco de azafrán en el del sahib. Parece que su peregrinaje a Rudhia le ha agotado. Y estás mucho más moreno.
—Ha sido tu ausencia, Saeeda, me ha debilitado... —dijo Maan—.
Y la que me exilió cruelmente es la que ahora me culpa de esa ausencia.
¿Puede haber algo más injusto?
—Sí... —dijo Saeeda Bai en un susurro—. Que los cielos nos hubieran mantenido más tiempo separados.
Puesto que la carta que Saeeda Bai, a pesar de todas sus muestras de afecto, instaba a Maan a seguir lejos de Brahmpur por razones que no explicaba, las palabras que ella acababa de pronunciar no parecían muy sinceras.
Pero Maan las encontró satisfactorias; no, más que satisfactorias, encantadoras. Fue como si Saeeda Bai le confesara que deseaba volver a estrecharle entre sus brazos. Él hizo una leve señal en dirección a la puerta de su dormitorio, pero Saeeda Bol se había vuelto hacia el periquito.
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