Un buen partido
4.2
Cuando los hombres se quedaron solos, Haresh —a quien habían enviado a Brahmpur a pasar unos días y comprar material para la empresa en que trabajaba, la Compañía de Cuero y Calzado Cawnpore
— se volvió hacia Kedarnath y le dijo:
—Verás, durante estos últimos días he recorrido los mercados y me he hecho una idea de lo que ocurre aquí, o al menos de lo que se supone que ocurre. Pero a pesar de mis observaciones, creo que no acabo de comprenderlo del todo. En especial vuestro sistema de crédito, con todos esos chits y pagarés. ¿Y por qué los pequeños fabricantes, los que fabrican zapatos en sus propias casas, están en huelga? Seguramente eso debe de cau4arles graves apuros económicos. Y debe de ser muy malo para los comerciantes como tú, que les compráis directamente.
—Verás —dijo Kedarnath, pasándose la mano por sus cabellos ligeramente grisáceos—, por lo que se refiere al sistema de chits, al principio me confundía un poco. Como ya te he mencionado, nos expulsaron de Lahore en la época de la Partición, y por entonces yo no estaba exactamente en el negocio del calzado. Estuve en Agra y en Kanpur antes de venir aquí, y tienes razón, en Kanpur no hay nada parecido al sistema de aquí. ¿Has estado en Agra?
—Sí —dijo Haresh—. Pero eso fue antes de que entrara en la industria.
—Bueno, Agra posee un sistema parecido al nuestro. —Y
Kedarnath lo esbozó sin entrar en muchos detalles.
Debido a que los comerciantes continuamente iban escasos de liquidez, pagaban a los fabricantes con chits, que no podían hacer efectivos hasta varios días después. Los fabricantes sólo podían obtener efectivo para comprar materias primas descontando estos chits en otra parte. Todos estaban de acuerdo en que los comerciantes obtenían de ellos un crédito injustificado y sin garantías. Finalmente, cuando los comerciantes, como entidad, decidieron oponerse a la propuesta de poder convertir estos chits en efectivo, los fabricantes fueron a la huelga.
—Desde luego, tienes razón —añadió Kedarnath—, esta huelga perjudica a todo el mundo. Ellos podrían morir de hambre y nosotros quedar arruinados.
—Supongo que los fabricantes argüirán —dijo Haresh, con aire reflexivo— que como resultado del sistema de chits son ellos quienes financian vuestra expansión.
No había acusación en el tono de Haresh, simplemente la curiosidad de un hombre pragmático intentando comprender hechos y actitudes.
Kedarnath respondió a su interés y prosiguió:
—Eso es de hecho lo que afirman —asintió—. Pero es también su propia expansión, la expansión de todo el mercado, lo que están financiando —dijo—. Y además, es sólo una parte de su pago el que se realiza mediante chits a pagar en fecha posterior. Casi todos cobran en efectivo. Me temo que todo el mundo ha comenzado a ver el asunto en términos de buenos y malos, y los comerciantes suelen ser siempre los malos. Es bueno que el ministro del Interior, L. N. Agarwal, proceda de una comunidad de comerciantes. Él es diputado, y su circunscripción cubre una parte de esta zona, y al menos ve el asunto también desde nuestra perspectiva. Políticamente, el padre de mi mujer no se lleva nada bien con él, la verdad es que ni siquiera personalmente, pero, como le digo a Veena cuando está de humor para escuchar, Agarwal comprende el mundo de los negocios mejor que su padre.
—Bueno, ¿crees que esta tarde podrías llevarme a dar una vuelta por Misri Mandi? —preguntó Haresh—. De este modo me haría una idea más cabal del asunto.
A Haresh le pareció interesante que dos ministros poderosos —y rivales— fueran diputados en representación de distritos adyacentes.
Kedarnath vacilaba con respecto a si aceptar acompañarle, y Haresh debió de verlo en su cara. Kedarnath había quedado impresionado por los conocimientos técnicos de Haresh acerca de la manufactura de zapatos y también por su espíritu emprendedor, y pensaba en proponerle una relación comercial. Quizá, pensó, la Compañía de Cuero y Calzado Cawnpore estuviera interesada en comprarle algunas remesas de zapatos directamente a él. Después de» todo, a veces ocurría
que empresas como la CCCC recibían pequeños pedidos de tiendas de zapatos, quizá 5.000 pares de un modelo concreto, y no les valía la pena equipar a la fábrica con nuevos instrumentos para servir el pedido. En tal caso, si Kedarnath pudiera conseguir que algunos fabricantes de Brahmpur produjeran zapatos que cumplieran los requisitos de calidad de la CCCC, y los embarcara para Kanpur, podría ser un buen negocio para él y para la empresa de Haresh.
Sin embargo, eran días turbulentos, todo el mundo soportaba una gran presión financiera, y la impresión que Haresh podía obtener de la fiabilidad o eficacia del comercio de zapatos en Brahmpur quizá no fuera favorable.
Pero la amabilidad de Haresh hacia su hijo y su actitud respetuosa hacia su madre inclinaron la balanza.
—Muy bien, iremos —dijo—. Pero aún es pronto para ir al mercado, ya que no abre hasta la tarde, y con la huelga hay muy poca actividad. El Mercado del Calzado de Brahmpur, donde tengo mi puesto, abre a las seis. Pero hasta entonces te sugiero una cosa.
Podemos ir a visitar a algunos zapateros. Será un cambio para ti, comparado con las condiciones de manufactura que has visto en Inglaterra, o en la fábrica de Kanpur.
Haresh asintió enseguida.
Mientras bajaban al piso de abajo, con el sol de la tarde cayendo sobre ellos a través de las capas de enrejado, Haresh pensó cuánto se parecía el diseño de esa casa a la de su padre adoptivo en Neel Darvaza, aunque ésta, por supuesto, era mucho más pequeña.
En la esquina del callejón, allí donde se abría a una calle más ancha y concurrida, había una parada donde vendían paan. Se detuvieron.
—¿Normal o dulce? —preguntó Kedarnath.
—Normal, con tabaco.
Durante los cinco minutos siguientes, mientras caminaban, Haresh no dijo nada porque tenía el paan en la boca sin tragarlo. Lo escupiría más tarde, en una abertura del pequeño sumidero que discurría a un lado del callejón. Pero en aquel momento, bajo la agradable embriaguez
del tabaco, entre el bullicio que le rodeaba, los gritos y el parloteo y el ruido de timbres de bicicleta, cencerros de vacas y de las campanas del Templo de Radhakrishna, volvió a acordarse del callejón que había cerca de la casa de su padre adoptivo en el Viejo Delhi, donde se había criado tras la muerte de sus padres.
En cuanto a Kedarnath, compró un paan normal para él, y tampoco habló mucho. Llevaría a su amigo de camisa de seda a una de las zonas más pobres de la ciudad, donde los fabricantes de zapatos vivían y trabajaban en condiciones de lamentable miseria, y se preguntó cómo reaccionaría. Pensé en su repentina calda desde la riqueza que poseía en Lahore hasta la virtual indigencia de 1947; la seguridad que tanto le había costado obtener para Veena y Bhaskar en los últimos años; los problemas de la presente huelga y los peligros que acarreaba. Creía con absoluta convicción que existía una chispa especial de genio en su hijo.
Soñaba con enviarlo cuna escuela como Doon, quizá incluso a Oxford o Cambridge. Pero los tiempos eran difíciles, y el que Bhaskar consiguiera la educación especial que merecía, que Veena pudiera seguir con la música que tanto le entusiasmaba, que la familia consiguiera mantener su modesta renta, eran cuestiones que le preocupaban y envejecían.
Pero éstos son los rehenes del amor, se dijo, y no tiene sentido que me pregunte si cambiaría una vida sin preocupaciones por mi mujer y mi hijo.
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