Un buen partido
18.32
Saeeda Bai había abandonado el palacio de justicia tras su breve aparición, pero al cabo de media hora ya sabía que Maan estaba a salvo.
Dio gracias a Dios por protegerle. Tenía el suficiente buen juicio y experiencia para saber que lo había perdido, pero el hecho de que no marchitara su juventud en la cárcel le quitaba un peso de encima. Veía a Maan con todos sus defectos, pero no podía dejar de amarle.
Quizá esa era la primera vez en su vida que Saeeda Bai amaba sin ser correspondida. Una y otra vez vio a Maan como aquella primera vez el apasionado Dagh sahib de la primera noche en Prem Nivas, lleno de vida, atractivo, energía y cariño.
A veces se acordaba del nawab sahib, de su madre, de ella cuando era joven... y madre a los quince años. «No permitas que la abeja entre en el jardín», murmuró el famoso verso, «y la polilla no morirá injustamente» Y los más extraños y tenues eslabones de causalidad podían actuar también de manera benéfica, pues fruto de la vergüenza y la violación había dado a luz a su adorada Tasneem.
Bibbo reprendió a Saeeda Bai por pasar tanto tiempo mirando el vacío.
—¡Al menos cante algo! —decía—. Hasta el periquito se está quedando mudo de no oír nada.
—¡Cállate, Bibbo! —dijo Saeeda Bai con impaciencia. Y Bibbo, satisfecha de haber provocado al menos una reacción en su señora, siguió con su matraca.
—Dele gracias a Bilgrami sahib —dijo Bibbo—. ¿Dónde estaríamos ahora sin él?
Saeeda Bai chasqueó la lengua e hizo un gesto de rechazo.
—Y también dele gracias a su más poderoso admirador, que últimamente nos ha dispensado de sus atenciones —prosiguió Bibbo.
Saeeda Bai la miró airadamente. Si el rajá de Mahr no las había visitado últimamente había sido tan sólo porque todas sus energías
estaban dedicadas a consagrar su templo con la instalación de la antigua Shiva-linga.
—Pobre Miya Mitthu —murmuró tristemente Bibbo—, Olvidará cómo graznar «¡Whisky!»
Un día, para interrumpir la inane chachara de Bibbo, que resultaba más dolorosa de lo que ella pretendía, Saeeda Bai le dijo que le trajera el armonio, y dejó correr los dedos arriba y abajo de las teclas de nácar.
Pero, al igual que le ocurría en su dormitorio, donde había colgado la ilustración enmarcada del libro de Maan, no fue capaz de controlar sus pensamientos. Pidió que le trajeran el libro, y lo colocó encima del armonio, pasando las páginas una por una, deteniéndose menos en los poemas que en las ilustraciones. Dio con la imagen de la mujer afligida en el cementerio.
Hace un mes que no visito la tumba de mi madre, pensó. En mi reciente imbecilidad de amante desdeñada estoy desatendiendo mis deberes como hija. Pero cuanto más procuraba evitar pensar en sí misma y en lo imposible de su amor por Maan, tanto más la acechaba la idea.
¿Y Tasneem?, pensó. Para ella era peor, reflexionó Saeeda Bai.
Pobre muchacha, se había vuelto más callada que el desdichado periquito. Ishaq, Rasheed, Firoz: de los tres hombres que habían entrado en su vida, ninguno tenía la menor posibilidad, y en cada caso había dejado que su cariño creciera en silencio, y en silencio había sufrido la repentina ausencia de todos ellos. Había visto a Firoz herido, a su hermana casi estrangulada; probablemente había oído, aunque no hubiera indicio de ello en su extraño silencio, los rumores que afectaban a su persona. ¿Qué pensaba de los hombres ahora? ¿O de la propia Saeeda Bai, si hacía caso de las habladurías?
¿Qué puedo hacer para ayudarla?, pensaba Saeeda Bai. Pero no se podía hacer nada. Hablar con Tasneem de algo importante quedaba fuera de la órbita de lo posible.
Aunque era de noche y las primeras estrellas habían comenzado a aparecer en el cielo, Saeeda Bai comenzó a canturrear para sí misma el poema de Minai que anuncia la llegada del alba. Le recordó aquella
noche de Holi, en el jardín de Prem Nivas, y todo el pesar y el dolor que había originado. Tenía lágrimas en la voz, pero no en los ojos. Bibbo se acercó al cuarto de Saeeda Bai y escuchó; también Tasneem quiso oír aquella voz últimamente tan callada. Se sabía el poema de memoria, pero, extasiada por la voz de su hermana, ni siquiera murmuró las palabras en voz baja:
La reunión se ha dispersado; las polillas
se despiden a la luz de las velas;
el cielo señala la hora del adiós.
Pocas estrellas dan fe de la noche.
Lo que ha permanecido se disipará:
tampoco ellos tardarán en desaparecer.
Así es el mundo, aunque nosotros,
ajenos al mundo, nos quedemos aquí, dormidos.
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