Un buen partido
12.20
Durante la época de las elecciones al Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Brahmpur, hubo un brote de actividad política dentro y fuera del campus. Se dieron cita muchos temas: descuentos para las salas de cine por un lado, y una llamada a la solidaridad por parte de los maestros de enseñanza primaria mientras llevaban a cabo su negociación salarial por la otra; se exigían más oportunidades de empleo y se apoyaba a Pandit Nehru para que permaneciera en el bloque de los países no alineados; se pretendía reformar el rígido reglamento de la universidad y se insistía en que el hindi fuera utilizado para los exámenes de la administración. Algunos partidos políticos —o los líderes de algunos partidos, pues dónde acababan los partidos y comenzaban los líderes era algo difícil de precisar— creían que todos los males de la India se curarían mediante un regreso a las antiguas tradiciones hindúes. Otros insistían en que el socialismo, definido o comprendido de maneras distintas, era la panacea.
Hubo agitación y lucha. Ocurrió al principio del año académico, cuando nadie se preocupaba aún por estudiar; aún faltaban nueve meses para los exámenes. Los estudiantes charlaban en los bares, en los locales del Sindicato de Estudiantes o en los colegios mayores. Reunidos en grupos fuera de las aulas, organizaban pequeñas manifestaciones, ayunaban y se golpeaban entre ellos con palos y piedras. A veces eran ayudados por los partidos políticos a los que estaban afiliados, aunque la verdad es que no era necesario. Los estudiantes habían aprendido a crear desórdenes con los ingleses, y no había ninguna razón por la que una combinación de habilidades que tanto había costado aprender, y que había pasado de generación en generación, se perdiera simplemente por un cambio de administración en Delhi y Brahmpur. El gobierno, además, al haberse deslizado lentamente hacia la autocomplacencia y a causa de su incapacidad para solucionar los problemas del país, no era popular entre los estudiantes, que de ningún modo valoraban la estabilidad como un fin en sí mismo.
El Partido del Congreso esperaba ganar por goleada, tal como corresponde a un bloque numeroso, informe y centrista. Esperaban
ganar aun cuando su liderazgo nacional estuviera escindido por ciertas diferencias, aun cuando muchos militantes abandonaran el partido en masa desde la reunión de Patna, aun cuando el miembro más prominente de ese partido a nivel local fuera visto por los estudiantes con abierta hostilidad: un personaje que era, al mismo tiempo, tesorero de la universidad —con sus mangoneos en el Consejo Ejecutivo— y ministro del Interior —y muy aficionado al lathi, por cierto—. El lema de los estudiantes del Partido del Congreso era: «Dadnos tiempo.
Somos el partido de la independencia, de Jawaharlal Nehru, no de L. N.
Agarwal. Aun cuando las cosas no hayan mejorado, mejorarán si sigues confiando en nosotros. Pero si cambias de caballo ahora, es seguro que irán a peor.»
Pero muchos estudiantes no se sentían muy inclinados a votar por el statu quo; no tenían esposa ni hijos, ni trabajo ni ingresos, nada que perder ni que equilibrara la excitación que causa la inestabilidad. Y a corto plazo tampoco confiaban en aquellos que no habían mostrado signos de competencia en el pasado. El país tenía que mendigar comida al extranjero. La economía, por falta o exceso de planificación, navegaba de crisis en crisis. Escaseaban los empleos para los estudiantes recién graduados.
El romanticismo y la desilusión de la post-Independencia formaban una mezcla explosiva. Los argumentos del Partido del Congreso fueron rechazados,y el Partido Socialista ganó las elecciones. Rasheed era candidato del partido, y pasó a ocupar un cargo en el sindicato.
Malati Trivedi, que nunca se había considerado socialista, pero que se unió al partido porque le divertía y porque le gustaba discutir, y P
algunos amigos suyos (incluido el músico) hablan sido socialistas, no deseaba ningún cargo. Pero pensaba asistir a la marcha de «victoria-y-protesta» planeada para una semana después de las elecciones.
La parte de «protesta» de la convocatoria obedecía a que el Partido Socialista —junto con otros partidos que apoyaban la misma causa—
iba a emprender una marcha de protesta por los bajos sueldos de los maestros de enseñanza primaria. Había más de diez mil maestros de primaria, y era una vergüenza que sus salarios fueran tan ínfimos, insuficientes sin duda para vivir con dignidad, menores incluso que los
del patwari de un pueblo. Los maestros habían ido a la huelga tras varios infructuosos intentos de hacerse oír. Algunas federaciones estudiantiles, incluyendo las de las facultades de medicina y derecho, habían prometido su apoyo. La educación era algo que les afectaba, afectaba al futuro de la universidad, y, de hecho, al futuro de la ciudadanía de todo el país. Además, había un excelente imán que podía atraer a cualquiera que deseara hacerse oír. Algunas federaciones pretendían movilizar a todo Brahmpur, no sólo la universidad; y quizá sea interesante mencionar que uno de los semilleros de radicalismo lo componían un grupo de chicas musulmanas que todavía respetaban el purdah.
El ministro del Interior había dejado claro que una cosa era una manifestación pacífica y otra una turba alborotada. Dijo que procuraría controlarla con todos los medios a su alcance. Si era necesaria una carga a golpes de lathi, la ordenaría.
Puesto que el primer ministro estaba pasando unos días en Delhi, una delegación de diez estudiantes (Rasheed entre ellos) fue a ver el ministro del Interior, que estaba a cargo del gobierno en ausencia de S.
S. Sharma. Se agolparon en su oficina. Realizaron bruscas exigencias, tanto para impresionarse unos a otros como con la esperanza de convencerle. No mostraron el respeto que él creía debía guardarse a los mayores, especialmente a aquellos que (contrariamente a él) habían sufridos reveses, se habían arruinado y hablan pasado arios en la cárcel a fin de liberar su país. Rehusó ceder ante sus exigencias, diciéndoles que debían hablar o bien con el ministro de Educación o, cuando regresara, con el primer ministro. Tampoco cedió en su promesa de mantener el orden en la ciudad a toda costa.
—¿Eso significa que nos disparará si nos descontrolamos? —
preguntó Rasheed con una malévola expresión.
—Preferiría no hacerlo —dijo el ministro del Interior, corno si la idea no le desagradara del todo—, pero no hay ni que decir que no se llegará a ese extremo. —En cualquier caso, añadió para sí mismo, como el Parlamento está de vacaciones, nadie me censurará si lo hago.
—Igual que durante la dominación inglesa —dijo Rasheed, furioso, mirando fijamente al hombre que había ordenado disparar a la policía
en Chowk, y quizá viendo encarnada en él la imagen de la arbitrariedad y el autoritarismo—. Los ingleses utilizaron sus lahtis contra nosotros, los estudiantes, incluso nos dispararon durante el movimiento Abandonad la India. Los ingleses derramaron nuestra sangre, aquí, en Brahmpur, en Chowk, en Captainganji...
El resto de la delegación comenzó a farfullar un tanto coléricamente tras ese discurso.
—Sí, sí —dijo el ministro del Interior, cortándole en seco—. Lo sé.
Yo lo viví. Tú debías de tener doce años en esa época, y mirabas sorprendido cómo te salían los primeros pelos de la barba. Cuando dices «nosotros, los estudiantes», no te refieres a vosotros, pues la sangre que se derramó fue la de vuestros predecesores. Y, si se me permite mencionarlo, un poco de la mía. a fácil venir a reclamar a mi oficina esgrimiendo la sangre de otros. Y por lo que se refiere al movimiento Abandonad la India, el gobierno que tenemos en la actualidad es indio, y espero que no deseéis que abandonemos la India. —Soltó una breve carcajada—. Y ahora, si tenéis algo interesante que decir, decidlo, si no, marchaos. Puede que no tengáis nada que estudiar, pero yo he de leer muchos informes. Conozco perfectamente el motivo de vuestra marcha.
No tiene nada que ver con los salarios de los maestros de primaria. Es una manera de atacar al gobierno de nuestro partido en el estado y en todo el país, y de intentar extender el descontento y el desorden en la ciudad. —Hizo un gesto de rechazo con el dorso de la mano—.
Aplicaos a vuestros libros. Os doy este consejo como amigo, como tesorero de la universidad y como ministro del Interior... y como primer ministro en funciones; y también es el consejo de vuestro rector. Y de vuestros profesores. Y de vuestros padres.
—Y de Dios —añadió el presidente del Sindicato de Estudiantes, que Eta ateo.
—Salid —dilo el ministro del Interior sin perder la calma.
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