Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 312 de 478

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Un buen partido

13.36

La asamblea de los Chatterji se reunió, como era habitual, a la hora del desayuno; dejando aparte a Tapan, que había regresado al internado, se hallaban presentes todos sus miembros; Aparna era atendida por su ayah; e incluso el anciano señor Chatterji se les habla unido, tal como solfa hacer tras pasear al gato.

—¿Dónde está Cuddles? —preguntó Kakoli, mirando a su alrededor.

—Arriba, en mi habitación —dijo Dipankar—. Por culpa de Pillow.

—Piddles and Cullow, como el Ballenalefante —dijo Kakoli, refiriéndose a su libro bengalí favorito, Abol Tabol.

—¿Qué pasa con Pillow? —preguntó el anciano señor Chatterji.

—Nada —dijo la señora Chatterji—. Dipankar sólo estaba diciendo que Cuddles le tiene miedo.

—¿Ah, sí? —dijo el anciano, asintiendo con la cabeza—. Pillow sabe defenderse de cualquier perro.

—¿Cuddles no tenia que ir hoy al veterinario? —preguntó Kakoli.

—Si —dijo. Dipankar—. De manera que necesitaré el coche.

Kakoli puso cara larga.

—Pero es que yo también lo necesito —dijo—. Hans tiene el suyo estropeado.

—Kuku, tú siempre necesitas el coche —dijo Dipankar—. Si estás dispuesta a llevar a Cuddles al veterinario, te lo cedo.

—No puedo hacer eso, es terriblemente aburrido, y además intenta morder a todo aquel que se le acerca.

—Bueno, entonces coge un taxi para ir a ver a Hans —dijo Amit, que encontraba toda ésa discusión matinal acerca del coche de lo más irritante y la peor manera de iniciar el día—. Basta de discutir por esto.

Pásame la mermelada, por favor, Kuku.

—Me temo que ninguno de vosotros va a utilizar el coche —dijo la señora Chatterji—. Voy a llevar a Meenakshi a visitar al doctor Evans.

Necesita un reconocimiento.

—La verdad es que no me hace falta, Mago —dijo Meenakshi—.

Hacéis una montaña de un grano de arena.

—Sufriste un sobresalto muy desagradable, querida, y no voy a arriesgarme —dijo su madre.

—No hay nada de malo en hacerse un reconocimiento, Meenakshi

—dijo su padre, bajando el Statesman.

—Sí —asintió Aparna, llevándose a la boca su cuarta parte de huevo duro con una gran energía—. Nada malo.

—Cómete el desayuno, querida —le dijo Meenakshi a Aparna, un poco molesta.

—La mermelada, Kuku, no la confitura de grosellas —dijo Amit en un tono malhumorado—. No el gazpacho, no las anchoas, no el sandesh, no el soufflé; la mermelada.

—¿Qué te pasa? —dijo Kakoli—. Últimamente saltas a la primera de cambio. Eres peor que Cuddles. Debe de ser la frustración sexual.

—Algo que tú nunca has experimentado —dijo Amit.

—¡Kuku! ¡Amit! —dijo la señora Chatterji.

—Es cierto —dijo Kakoli—. Y ha comenzado a masticar cubitos de hielo, cosa que, según he leído, es serial infalible de ello.

—Kuku, no permitiré que hables así en la mesa, y menos cuando está Aparna.

Aparna se incorporó con interés, dejando su cuchara cubierta de huevo sobre el mantel bordado.

—Mago, Aparna no comprende ni una palabra de lo que estamos hablando —dijo Kakoli.

—De todos modos, no estoy frustrado —dijo Amit.

—Creo que debes de soñar con ella.

—¿Con quién? —dijo la señora Chatterji.

—Con la heroína de su primer libro. La Dama Blanca de sus sonetos

—dijo Kakoli, mirando a Amit—.

Las mujeres extranjeras

son muy desvergonzadas,

aunque las indias

tampoco son inmaculadas,

—murmuró Kakoli.

Había intentado dejar los pareados, pero éste simplemente se le había presentado y escapado de la lengua.

Amit dijo:

—La mermelada, por favor, Kuku, se me está enfriando la tostada.

—Las mujeres extranjeras son buitres,

atacan nuestras ancianas costumbres...

—soltó Kuku sin pensar—. Menos mal que con ese asunto hiciste poesía en lugar de pequeños Chatterjis. Cásate con una chica simpática e india, Ama; no sigas mi ejemplo. ¿Todavía no le has enviado el libro a Luts? Me dijo que le prometiste uno.

—Menos ingenio y más mermelada —solicitó Amit.

Kuku se la pasó por fin y él la extendió sobre su tostada con mucho cuidado, untando cada esquina.

—Fue ella quien te lo dijo, ¿verdad? —preguntó Amit.

—Oh, sí Kakoli—. Meenakshi es testigo.

—Oh, sí —dijo Meenakshi, mirando intensamente su té—. Todo lo que dice Kakoli es cierto. Y nos preocupamos por ti. Ya casi tienes treinta años...

—No me lo recuerdes —dijo Amit con dramática melancolía—.

Simplemente pásame el azúcar antes de que llegue a los treinta y uno.

¿Qué más te dijo?

En lugar de inventar algo completamente inverosímil y arriesgarse así a anular el efecto de la frase anterior, Meenakshi se refrenó prudentemente.

—Nada muy específico —dijo—. Pero con Lata un insignificante comentario puede significar mucho. Y te mencionó varias veces.

—Y me pareció que con bastante añoranza —dijo Kakoli.

—¿Cómo es —dijo Amit— que Dipankar y yo... y Tapan hemos salido tan honestos y decentes, mientras que vosotras dos mentís tan descaradamente? Resulta asombroso que pertenezcamos a la misma familia.

—¿Cómo es —contraatacó Kakoli— que Meenakshi y yo, a pesar de nuestros defectos, podemos tomar importantes decisiones y tomarlas rápidamente, mientras que tú te niegas a hacerlo y Dipankar es totalmente incapaz?

—No te enfades, dada —dijo Dipankar—, lo único que quieren es meterse contigo.

—No te preocupes —dijo Amit—. No lo conseguirán. Esta mañana estoy demasiado contento.

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