Un buen partido
16.20
1952: los flamantes y relucientes dígitos se imprimieron en la retina de Pran mientras abría el periódico de la mañana. Todo el pasado quedaba velado por ese primero de enero, y el futuro centelleaba delante de él, emergiendo misteriosamente de su crisálida. Pensó en su corazón, en su hija, en lo cerca que había estado Bhaskar de la muerte, en lo bueno y lo malo que les había traído el año anterior. Y se preguntó si el año próximo le reportaría por fin su plaza de profesor titular —y un nuevo cuñado—, y si por fin vería a su padre jurar como primer ministro de Purva Pradesh. Esto último no era ni mucho menos imposible. En cuanto a Maan, tarde o temprano tendría que sentar la cabeza.
Aunque nadie más, aparte de él y de la señora Rupa Mehra, estaba despierto a las seis de la mañana, a las siete estalló un repentino brote de actividad. El tiempo de que disponía cada uno en los dos cuartos de baño de la casa estaba estrictamente racionado, y todo el mundo estaba completamente a punto —e incluso desayunado-alas ocho y media. Las mujeres habían decidido pasar el día en casa de los Chatterji, quizá hasta fueran de compras. Incluso Meenakshi, que al principio parecía entusiasmada con la idea de asistir al partido de críquet, cambió de opinión en el último momento.
Amit y Dipankar llegaron en el Humber a las nueve, y Arun, Varun y Pran fueron con ellos a los Eden Gardens a presenciar la tercera jornada del tercero de los Test Matches. Delante del estadio se encontraron con Haresh, tal como habían acordado previamente, y los seis se dirigieron a la grada donde se encontraban sus asientos.
Hacía una mañana maravillosa. El cielo era de un azul claro, y las gotas de rocío aún centelleaban en el campo. Eden Gardens, con su hierba esmeralda y los árboles que lo rodeaban, su enorme marcador y el nuevo edificio del Ranji107 Stadium, resultaba una vista magnífica.
Estaba lleno hasta la bandera, pero, por suerte, uno de los colegas ingleses de Arun en Bentsen Pryce, que había comprado media docena de abonos para su familia, estaba de viaje de placer, y le había ofrecido
sus asientos a Arun. Les colocaron justo al lado del banquillo de los jugadores, donde se sentaban los VIPs y la Asociación de Críquet de Bengala, y su visión del campo era perfecta.
Los primeros bateadores aún no habían salido. Puesto que India había anotado 418 y 485 en las otras dos entradas anteriores de la serie, y puesto que el equipo de Inglaterra había sido eliminado por 342 en su.
primera entrada, había muchas oportunidades de que el equipo anfitrión fuera capaz de hacer un partidazo. El público de Calcuta —
más experto y agradecido que cualquier otro de la India— estaba impaciente por ver cómo su» equipo barría de la pista al contrario.
El parloteo del público, que se incrementaba cada vez que había cambio de lanzador, se amortiguaba, aunque sin llegar al silencio, cada ve que éste se disponía a lanzar. Leadbeater abrió el turno de lanzadores ante Roy, que no consiguió ninguna carrera. Ridgway le apoyaba en el ataque desde el otro lado, lanzándole a Mankad. A continuación, durante el siguiente turno de lanzamientos, en lugar de seguir con Leadbeater, el capitán del equipo inglés, Howard, hizo salir a Statham.
Eso provocó mucha discusión entre el grupo de seis. Todo el mundo se preguntaba por qué habían sacado a Leadbeater para un solo turno de lanzamiento. Amit sólo dijo que eso no significaba nada. Quizá, debido a que el Año Nuevo llegaba a la India con varias horas de antelación respecto a Inglaterra, Leadbeater había querido lanzar la primera bola inglesa de 1952 y Howard se lo había permitido.
—De verdad, Amit —dijo Pran con una carcajada—. El críquet no está gobernado por caprichos poéticos de ese tipo.
—Pues es una lástima —dijo Amit—. Siempre que leo las antiguas crónicas de Cardus pienso que no es más que una variante de la poesía..., estrofas de seis versos.
—Me pregunto dónde está Billy —dijo Arun con una voz bastante resacosa—. No le veo por ninguna parte.
—Oh, seguro que está aquí —dilo Amit—. No me lo imagino perdiéndose un partido.
—Este partido ha empezado un poco lento —dijo Dipankar—.
Espero que esto no acabe en empate, como los dos años anteriores.
É
—Creo que vamos a darles una lección. —Ésa fue una frase optimista de Haresh.
—Creo que podemos —dijo Pran—. Pero debemos tener cuidado con ese wicket. Este lanzador está haciendo de las suyas.
No se equivocó.
La rápida eliminación de tres de los mejores bateadores de la India
—incluyendo el capitán— dejó al público helado. Cuando Amarnath —
que apenas habla tenido tiempo de ponerse las espinilleras— salió al campo para enfrentarse con Tattersall, hubo un completo silencio.
Incluso las señoras dejaron su ganchillo por unos instantes.
Pero el bateador no consiguió anotar ningún punto.
El equipo indio se derrumbaba corno una formación de bolos. Si aquello seguía así, India estaría eliminada antes del almuerzo. Las optimistas previsiones de upa gran victoria se convirtieron en el temor a una ignominiosa derrota.
—Igual que nosotros —dijo Varun malhumorado—. Somos un fracaso como país. Siempre salimos derrotados cuando estamos a punto de vencer. Esta tarde riñe voy al hipódromo —añadió disgustado.
Tendría que ver a sus caballos de pie en la estacada en lugar de estar cómodamente sentado en aquellas localidades de cuarenta rupias el abono, pero al menos existía la oportunidad de que su caballo ganara.
—Me voy a estirar las piernas —dijo Amit.
—Voy contigo —dijo Haresh, que estaba enfadado por el mal papel que estaba haciendo la India—. Oh, ¿quién es ese hombre de ahí? El del blazer azul marino y el pañuelo marrón..., ¿alguno de vosotros le conoce? Me parece que me suena de algo.
Pran miró en la misma dirección que Haresh y se quedó completamente estupefacto.
—¡Oh, Malvolio! —dijo, como si, más bien, hubiera visto a Banquo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. De pronto me he acordado de algo que tengo que explicar el trimestre que viene. Pelotas de críquet, mi señor. No sé por qué me ha
venido a la cabeza... No, no estoy seguro de conocerle, creo que es mejor que preguntes a los que viven en Calcuta. —A Pran no se le daba bien mentir, pero lo último que quería era alentar un encuentro entre Haresh y Kabir. Eso no podía causar más que complicaciones, incluyendo una visita de Kabir a Sunny Park.
Por suerte, nadie más le reconoció.
—Estoy seguro de haberle visto en alguna parte —insistió Haresh—.
Seguro que lo recordaré. Un tipo bien parecido. Sabes, lo mismo me ocurrió con Lata. Tenía la sensación de haberla vista antes, y... estoy seguro de que no me equivoco. Iré a saludarle.
Pran no pudo hacer nada más. Amit y Haresh deambularon entre el público, y Haresh le dijo a Kabir:
—Buenos días. ¿No nos hemos visto en alguna otra parte? Kabir le miró y sonrió. Se levantó.
—No lo creo —dijo.
—¿Quizá en el trabajo, o en Cawnpore? —dijo Haresh—. Tengo la sensación de que... En fin, soy Haresh Khanna, de Praha.
—Encantado de conocerle, señor. —Kabir le estrechó la mano y sonrió—. Quizá nos hemos conocido en Brahmpur, si es que ha ido a Brahmpur por motivos de trabajo.
Haresh negó con la cabeza.
—No lo creo —dijo—. ¿Es usted de Brahmpur?
—Sí —dijo Kabir—. Y también estudio en la Universidad de Brahmpur. Soy muy aficionado al críquet, así que he venido a ver cuanto pueda de los Test Matches. Un partido bastante lamentable.
—Bueno, el campo está un poco húmedo —dijo Amit como excusa.
—Las narices, está húmedo el campo —dijo Kabir con su afable tono combativo—. Siempre estamos buscando excusas. Ro y no tenía nada que hacer. Y lo mismo Umrigar. Y en cuanto a Hazare y Amarnath, tampoco han tardado en ponerlos de patitas en la calle: una verdadera lástima. Los ingleses han enviado un equipo en el que no están ni Hutter ni Bedser ni Compton ni Laker ni May... y aun así
hacemos el ridículo de esta manera. Nunca hemos ganado al MCC en un partido de los Test Matches, y si perdemos éste, no merecemos ganarlo nunca. Me parece que voy a empezar a pensar en irme de Calcuta mañana por la mañana. De todos modos, mañana no podré ver ningún partido.
—¿Por qué? ¿Adónde va? —dijo Haresh riendo, a quien le gustaba el carácter de aquel joven—. ¿De vuelta a Brahmpur?
—No, tengo que ir a Allahabad para jugar los Campeonatos Universitarios.
—¿Está en el equipo de la universidad?
—Sí. —Kabir frunció el entrecejo—. Oh, lo siento, no me he presentado. Me llamo Kabir. Kabir Durrani.
—Ah —dijo Haresh, sus ojos desaparecieron—. Usted es el hilo del profesor Durrani.
Kabir miró a Haresh asombrado.
—Nos vimos un momento —dijo Haresh—. Un día traje a Bhaskar Tandon a su casa para que conociera a su padre. De hecho, ahora que lo pienso, usted llevaba ropas de críquet.
Kabir dijo:
—Cielo santo. Creo que ya me acuerdo. Lo siento muchísimo. ¿No quieren sentarse? Hay dos sillas libres, mis amigos se han ido a tomar café.
Haresh le presentó a Amit y se sentaron.
Tras el siguiente turno de lanzamientos, Kabir se volvió hacia Haresh y le dijo:
—¿Supongo que está enterado de lo que le ocurrió a Bhaskar en el Pul Mela?
—Si, desde luego. Me alegra saber que ya está bien.
—Si estuviera aquí, no necesitaríamos este extravagante marcador a la australiana.
—No —dijo Haresh con una sonrisa—. El sobrino de Pran —le dilo a Amit a modo de incompleta explicación.
—Ojalá las mujeres no se trajeran el ganchillo a los partidos —dilo Kabir—. Hazare eliminado. Uno al derecho. Umrigar eliminado. lino al revés. Es como Historia de dos ciudades.
Amit rió ante la analogía de aquel simpático ¡oven, pero se vio obligado a defender su ciudad.
—Bueno, aparte de la tribuna de abonados, donde la gente viene a figurar más que a ver el partido, Calcuta es un buen lugar para el críquet
—dilo—. En los asientos de cuatro rupias el público conoce el percal. Y
comienzan a hacer cola para sacar entrada desde las nueve de la noche anterior.
Kabir asintió.
—Sí, tienen razón. Y es un estadio precioso. La hierba es tan verde que casi hace daño a los ojos.
Haresh recordó por un instante el error cometido con el color del sari de Lata, y se preguntó si eso le habría perjudicado.
Hubo nuevo cambio de lanzador, y en lugar de desde el extremo del Maidan, lanzó desde la zona del Tribunal Superior.
—Siempre que pienso en el Tribunal Superior me siento culpable —
le dijo Amit a Haresh. Trabar conversación con su rival era una manera de conocerle mejor.
Haresh, que ignoraba por completo que ninguno de aquellos dos hombres pudiera ser su rival, respondió inocentemente:
—¿Por qué? ¿Ha hecho algo que vaya en contra de la ley? Oh, me olvidaba de que su padre es juez.
—Y yo soy abogado, ése es mi problema. Según él, debería estar escribiendo sentencias, no poemas.
Kabir se medio volvió hacia Amit, atónito.
—¿No será usted Amit Chatterji?
Amit había descubierto que, en cuanto te reconocían, la timidez sólo empeoraba las cosas.
—Sí, el mismo que viste y calza —dijo.
—Vaya..., estoy... Es asombroso..., me gusta lo que escribe...
mucho..., no lo entiendo del todo.
—Ni yo tampoco.
A Kabir se le ocurrió una idea.
—¿Por qué no viene a Brahmpur a hacer una lectura de sus poemas?
En la Sociedad Literaria de Brahmpur tiene muchos fans. Pero he oído decir que nunca hace lecturas.
—Bueno, tampoco nunca —dijo Amit, pensativo—. Normalmente no hago..., pero si me piden que vaya a Brahmpur, y consigo que mi musa me permita ausentarme, es posible que vaya. A menudo me he preguntado cómo debe ser esa ciudad: el Barsaat Mahal, ya sabe, y, naturalmente, el Fuerte... y, bueno, otras cosas igual de interesantes.
Nunca he estado en Brahmpur. —Hizo una pausa—. Bueno, ¿quiere venir con nosotros a la tribuna de abonados? Aunque supongo que estas localidades son mejores.
—No es eso —dijo Kabir—. Es que estoy con unos amigos, me han invitado y es mi último día en la ciudad. Creo que me quedaré aquí.
Pero me siento muy honrado de haberle conocido. Y..., bueno..., ¿de verdad no se tomará a mal que le invitemos a Brahmpur? ¿No interferirá en su trabajo?
—No —dijo Amit amablemente—. Si algo interfiere en mi trabajo no será el ir a Brahmpur. Escriba a mis editores. Ellos me enviarán la carta.
El partido prosiguió, un poco más igualado que antes. Pronto sería hora de almorzar. No cayeron más wickets, lo cual fue un alivio, aunque la India seguía pisando terreno peligroso.
—Lo de Hazare es una verdadera lástima. Parece haber perdido su buena forma tras el golpe en la cabeza que le dieron en Bombay —dijo Amit.
—Bueno —dijo Kabir—, no se le puede echar toda la culpa a él.
Puede que los lanzadores de Ridgway sean unos sádicos..., y después de todo, había anotado cien puntos. Le dejaron completamente sin sentido.
Creo que el seleccionador no debería haberle ordenado volver al campo.
Es humillante que, siendo el capitán, le obligaran a jugar lesionado..., y malo para la moral del resto del equipo. —Prosiguió, casi como en un sueño—. Supongo que Hazare es una persona indecisa..., en el último partido tardó quince minutos en decidir si bateaba o actuaba de fielder.108 Pero bueno, estoy descubriendo que yo también soy bastante indeciso, de manera que le comprendo. He estado pensando en visitar a alguien desde mi llegada a Calcuta, pero soy incapaz. No sé cómo me lanzarían la pelota —añadió con una carcajada bastante amarga—.
¡Dicen que Hazare ha perdido su descaro, pero creo que yo también he perdido el mío! —Los comentarios de Kabir no iban dirigidos a nadie en particular, pero Amit, sin ninguna razón, experimentó un fuerte sentimiento de solidaridad.
Si Amit le hubiera identificado con el «Akbar de Como gustéis». de la imaginativa descripción de Meenakshi, quizá no se habría sentido tan solidario.
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