Un buen partido
11.19
En quince minutos murieron más de mil personas.
La policía, finalmente, consiguió comunicar con las autoridades ferroviarias y detener los trenes. Levantaron barreras en las calles que conducían a la rampa, y toda la zona que la rodeaba fue despejada. Los altavoces comenzaron a ordenar a la gente que retrocediera, que no entrara en el terreno del Mela, que no fuera a ver las procesiones.
Anunciaron que todas las que quedaban habían sido canceladas.
Todavía no estaba claro qué había ocurrido.
Dipankar se encontraba entre los espectadores que había al otro lado de la calzada principal. Observó con horror la carnicería que tenía lugar a menos de cinco metros de donde estaba, pero, con los nagas entre él y la rampa, no pudo hacer nada. De todos modos, sólo habría conseguido que le mataran o le hirieran. No reconoció a nadie en la rampa, tan apretujados estaban los peregrinos. Fue una escena infernal, como si la humanidad se hubiera vuelto loca y no se pudiera distinguir entre una persona y otra, todos empeñados en formar parte de esa especie de colectivo suicida.
Vio que uno de los nagas más jóvenes apuñalaba furiosamente a un hombre, a un anciano que, aterrorizado, intentaba abrirse paso hacia el otro lado de la procesión. El hombre cayó, a continuación volvió a levantarse. Horrorizado, vio que era aquel hombre que había conocido en el bote, el robusto peregrino de Salimpur que tanto había insistido en que lo llevaran al lugar más auspicioso para el baño. El hombre pugnó por retroceder, pero fue derribado por la multitud mientras ésta avanzaba. Le pisotearon la cabeza y la espalda. Cuando, posteriormente, la multitud retrocedió a punta de tridente, el cadáver destrozado del anciano quedó en el suelo, como un desecho arrastrado por la marea.
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