Un buen partido
2.10
Después de visitar a Pran, Maan se dirigió a la mansión de la Casa de Baitar —cuyo estado de conservación, por desgracia, iba cada vez a peor—, charló hasta tarde con Firoz e Imtiaz y se quedó a pasar la noche.
Imtiaz recibió una llamada y salió de casa muy temprano, bostezando y maldiciendo su profesión.
Firoz tenía trabajo urgente que hacer con un cliente, se adentró en la enorme biblioteca de su padre que le servía de despacho, permaneció encerrado allí un par de horas y salió silbando a tiempo para desayunar, aunque un poco más tarde que de costumbre.
Maan, que había aplazado su desayuno hasta que Firoz pudiera tomarlo con él, estaba todavía sentado en el dormitorio de invitados, echándole un vistazo al Brahmfrur Chronicle y bostezando. Tenía un poco de resaca.
Un viejo criado de la familia del nawab sahib apareció ante él y, tras mostrarle sus respetos y saludarle, anunció que el joven sahib —el chhoté sahib— vendría a desayunar inmediatamente. ¿Le importaría a Maan sahib ir al piso de abajo? Todo esto fue pronunciado en un solemne y circunspecto urdu.
Maan asintió. Tras aproximadamente medio minuto se dio cuenta de que el viejo sirviente todavía estaba a poca distancia de él y le miraba expectante. Maan le miró burlonamente.
—¿Alguna otra orden? —preguntó el sirviente, quien (observó Maan) parecía tener al menos setenta años, por muy ágil que se mantuviera. Debe de estar en forma, pensó Maan, para poder subir y bajar varias veces al día las escaleras de la casa del nawab sahib. Maan se preguntó por qué nunca le había visto antes.
—No —dijo Maan—, puedes irte. Bajaré enseguida. —A
continuación, mientras el anciano se llevaba las dos manos a la frente en un cortés saludo y se volvía para irse, Maan dijo—: Em, espera...
El anciano dio media vuelta y aguardó a oír lo que Maan tenía que decirle.
—Debes de haber servido con el nawab sahib durante muchos años
—dijo Maan.
—Sí, huzoor, así es. Soy un antiguo servidor de la familia. He pasado casi toda mi vida en Fuerte Baitar, pero ahora, a mi edad, al nawab sahib le ha parecido más conveniente traerme aquí.
Maan sonrió al ver con qué timidez y callado orgullo el hombre se refería a sí mismo con las mismísimas palabras —«purana khidmatgar»— que Maan había utilizado para calificarle.
Viendo que Maan no decía nada, el anciano prosiguió.
—Entré a su servicio cuando yo tenía, creo, diez años. Procedía de Raipur, el pueblo del nawab sahib, en el estado de Baitar. En aquellos días ganaba una rupia al mes, y era más que suficiente para mis necesidades. Después de la guerra, huzoor, los precios han subido tanto que muchas veces con ese salario la gente tiene dificultades en llegar a fin de mes. Y ahora, con la Partición, y todos los problemas que conlleva, y con el hermano del nawab sahib en Pakistán y todas estas leyes amenazando la propiedad, las cosas son inciertas, muy —hizo una pausa para encontrar la palabra justa, pero al final repitió la misma—, muy inciertas.
Maan sacudió la cabeza con la esperanza de que se le despejara y dijo:
—¿Hay alguna aspirina?
El anciano pareció complacido de poder serle de utilidad y dijo:
—Sí, creo que sí, huzoor. Iré y le traeré alguna.
—Excelente —dijo Maan—. No, no me la traigas —añadió, tras ocurrírsele que no quería hacer trabajar demasiado al anciano—. Deja un par de tabletas cerca de mi plato cuando baje a desayunar. Ah, por cierto —prosiguió, mientras visualizaba las dos pequeñas tabletas en su plato—, ¿por qué se le llama chhoté sahib a Firoz, cuando él e Imtiaz nacieron al mismo tiempo?
El anciano miró por la ventana, más allá de la cual se distinguía el magnolio plantado un par de días después del nacimiento de los gemelos. Tosió durante un segundo y dijo:
—Chhoté sahib, es decir Firoz sahib, nació siete minutos después que burré sahib.
—Ah —dijo Maan.
—Por eso parece más delicado y menos robusto que burré sahib.
Maan quedó en silencio, ponderando su teoría fisiológica.
—Posee los hermosos rasgos de su madre —dijo el anciano, y a continuación hizo una pausa, como si hubiera hablado de más.
Maan recordó que la begum sahiba —la mujer del nawab de Baitar y la madre de su hija y de los gemelos— había mantenido un estricto purdah a lo largo de toda su vida. Se preguntó cómo era posible que un sirviente masculino conociera sus rasgos, pero pudo percibir el azoro del anciano y no preguntó. Posiblemente por alguna fotografía, o, mucho más verosímil aún, debido a alguna conversación entre los sirvientes, pensó.
—O eso es lo que dicen —añadió el anciano. A continuación hizo una pausa y dijo—: Era una mujer muy buena, descanse en paz. Fue buena con todos nosotros. Tenía una voluntad muy fuerte.
Maan estaba intrigado por las vacilantes pero vehementes incursiones del anciano en la historia de la familia a la cual había consagrado su vida. Pero —a pesar de su dolor de cabeza— se sentía muy hambriento, y decidió que no era hora de hablar. De manera que dijo:
—Dile a chhoté sahib que bajaré, bueno, dentro de siete minutos.
Si el viejo quedó sorprendido por la desacostumbrada exactitud de Maan, no lo demostró. Mintió, ya estaba a punto de marcharse.
—¿Cómo te llaman? —preguntó Maan.
—Ghulam Rusool, huzoor —dijo el anciano sirviente.
Maan asintió y el anciano se marchó.
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