Un buen partido
8.5
Mientras Maan y Rasheed estaban concentrados en su clase de urdu, una multitud de niños se reunió en torno a ellos.
—Te encuentran muy interesante —dijo Rasheed.
—Ya me doy cuenta —dijo Maan—. ¿Por qué no están en la escuela?
—Tienen vacaciones hasta dentro de dos semanas —dijo Rasheed
—. Marchaos —les dijo—, ¿no veis que estoy dando clase?
Naturalmente que veían que estaba dando clase, y eso les fascinaba.
Les fascinaba, en particular, que a un adulto le costara tanto aprender el alfabeto.
Comenzaron a imitar a Maan en voz baja. «Alib-be-pe-te..., laam-meem-noon», salmodiaban mientras Maan procuraba no hacerles caso.
A Maan le traían sin cuidado. De pronto se volvió hacia ellos y rugió fieramente, como un león furioso, y los niños se desperdigaron, aterrados. Algunos comenzaron a reír desde una distancia segura, y volvieron a acercarse, con paso vacilante.
—¿Crees que deberíamos entrar? —dijo Maan.
Rasheed estaba un pozo azorado.
—La verdad es que en nuestra casa se respeta el purdah. Todo tu equipaje se guarda dentro, por supuesto, para que esté más seguro.
—¡Oh! —dijo Maan—. Claro. —Tras unos instantes dijo—. Tu padre debió de pensar que yo era muy raro cuando le dije que dormiría en la azotea.
—No es culpa tuya —dijo Rasheed—. Debería habértelo advertido.
A veces se me olvida que no todo el mundo sigue nuestras costumbres.
—El nawab sahib también practica el purdah en su casa de Brahmpur, de modo que debí suponer que aquí ocurriría lo mismo.
—De todos modos, aquí no es igual —dijo Rasheed—. Las mujeres musulmanas de las castas inferiores se ven obligadas a trabajar en el campo, de manera que no respetan el purdah. Pero los shaikhs y los sayyeds66 lo intentamos. Es simplemente una cuestión de honor. Somos una de las familias más importantes del pueblo.
Justo cuando Maan iba a preguntarle a Rasheed si su pueblo era exclusivamente musulmán, apareció el abuelo de Rasheed para ver qué estaban haciendo. El anciano aún llevaba su lungi verde, aunque había añadido un chaleco blanco. Con la barba también blanca y la vista un tanto debilitada, parecía más frágil que cuando apareció ante Maan por la mañana.
—¿Qué le enseñas, Rasheed?
—Urdu, Baba.
—¿Sí? Bien, bien.
Le dijo a Maan:
—¿Qué edad tienes, Kapoor sahib?
—Veinticinco.
—¿Estás casado?
—No.
—¿Por qué no?
—Bueno —dijo Maan—, pues porque todavía no me he casado.
—Pero no te ocurre nada malo, ¿verdad?
—¡Oh, no! —dijo Maan—. En absoluto.
—Entonces deberías casarte. Ahora es el momento, cuando eres joven. De lo contrario serás un viejo cuando tus hijos crezcan. Mírame.
Ahora soy viejo, pero hubo un tiempo en que no lo fui.
Maan se sintió tentado de cambiar una mirada con Rasheed, pero intuyó que no era lo más acertado.
El anciano tomó el libro de ejercicios en el que Maan había estado escribiendo; para leerlo se lo alejó de los ojos. Toda la página estaba
cubierta con las mismas dos letras.
—Seen, sheen —dijo el anciano—. Seen, sheen, seen, sheen, seen, sheen. ¡Ya es suficiente! Enséñale algo más, Rasheed; todo esto está bien para los niños. Se aburrirá.
Rasheed asintió, pero no dijo nada.
El anciano se volvió hacia Maan y dijo:
—¿Aún no te has aburrido?
—Oh, no —dijo Maan enseguida—. He estado aprendiendo a leer.
Esto no son más que los ejercicios de caligrafía.
—Muy bien —dijo el abuelo de Rasheed—. Muy bien. Sigue, sigue.
Me iré ahí —señaló un charpoy extendido delante de otra casa— y leeré.
Se aclaró la garganta y escupió en el suelo, a continuación se alejó lentamente. A los pocos minutos Maan le vio sentado sobre el charpoy con las piernas cruzadas y las gafas puestas, oscilando adelante y atrás, recitando de un gran libro que tenía colocado delante de él, y que, pensó Maan, debía de ser el Corán. Ya que sólo se encontraba a veinte pasos, el murmullo de su recitado se mezclaba con los sonidos de los niños, que ahora se retaban el uno al otro a ir a tocar a Maan, «el león».
Maan le dijo a Rasheed:
—He estado pensando en escribir una carta. ¿Crees que podrías escribirla por mí y, bueno, ayudarme a redactarla? En esta grafía apenas soy capaz de enlazar dos palabras.
—Por supuesto —dijo Rasheed.
—¿De verdad no te importa? —dijo Maan.
—Claro que no. ¿Por qué iba a importarme? —dijo Rasheed.
—Es para Saeeda Bai.
—Ya —dijo Rasheed.
—¿Quizá después de cenar? —dijo Maan—. Con todos estos niños rondando por aquí no me parece el mejor momento. —Le daba miedo
que comenzaran a canturrear «¡Saeeda Bai! ¡Saeeda Bai!» a pleno pulmón.
Rasheed no dijo nada durante unos momentos, a continuación espantó una mosca y dijo:
—La única razón por la que te hago escribir estas dos letras una y otra vez es porque acentúas poco la curva. Hay que hacerla aún más redonda. Así. —Y trazó muy lentamente la letra «sheen».
Maan se dio cuenta de que Rasheed desaprobaba su petición anterior, pero no sabía qué hacer. No soportaba la idea de no tener noticias de Saeeda Bai, y temía que ella no le escribiera a menos que él le escribiera antes. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que ella tuviera su dirección. Naturalmente, con que pusiera «c/o Abdur Rasheed, pueblo de Debaria, Salimpur, Comarca de Rudhia, P.P.» le llegaría, pero Maan no estaba seguro de que Saeeda Bai lo supiera.
Ya que ella sólo sabía leer urdu, Maan necesitaba a alguien que escribiera urdu para que le redactara la carta, al menos hasta que él fuera capaz de hacerlo. ¿Y quién, aparte de Rasheed, podría o querría ayudarle a escribir y —a menos que la carta de Saeeda Bai fuera excepcionalmente clara y esmerada— leerle la respuesta cuando ésta llegara?
Maan observó, perplejo, que un tropel de moscas se congregaba en el lugar donde Baba había escupido, haciendo caso omiso del sherbet que Maan y Rasheed estaban bebiendo.
Qué raro, pensó, y frunció el entrecejo.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Rasheed, bastante
bruscamente—. En cuanto sepas leer y escribir podrás hacer lo que quieras. Así que presta atención, Kapoor sahib.
—Mira eso —dijo Maan.
—Es raro. No serás diabético, ¿verdad? —dijo Rasheed, en un tono más preocupado que áspero.
—No —dijo Maan, sorprendido—. ¿Por qué? Ahí es donde Baba acaba de escupir.
É
—Ah, sí, ya veo —dijo Rasheed—. Él es diabético. Y las moscas van a su saliva porque es dulce.
Maan miró al anciano, que esgrimía un dedo ante uno de los mocosos.
—Pero él insiste en que está muy bien de salud —dijo Rasheed—, y en contra de nuestros consejos sigue ayunando cada día durante el Ramadán. El año pasado fue en junio, y no probó bocado ni gota de agua desde el amanecer hasta la puesta de sol. Y este año caerá más o menos en el mismo mes. Días largos y calurosos. Nadie espera que un hombre de su edad ayune. Pero él no hace caso. a nadie.
El calor comenzaba a afectar a Maan, pero no sabía qué hacer.
Estaba sentado bajo el neem, que era el sitio más fresco. De haberse encontrado en su casa, habría conectado el ventilador, se habría derrumbado sobre la cama y mirado al techo mientras las aspas giraban y giraban. Pero en aquel pueblo sólo se podía sufrir. El sudor le resbalaba por la cara, y procuró alegrarse de que las moscas no acudieran inmediatamente a su transpiración.
—¡Hace demasiado calor! —dijo Maan—. No puedo más.
—Necesitas un baño —dijo Rasheed.
—¡Ah! —dijo Maan.
Rasheed prosiguió—.
—Iré a buscar un poco de jabón y le diré a alguien que bombee el agua mientras te pones debajo del grifo. Ayer por la noche, después de oscurecer, habría estado demasiado fría, pero ahora es un buen momento... Usa esa espita de ahí. —Señaló la bomba que estaba justo delante de la casa—. Pero tendrás que dejarte el lungi puesto mientras te bañas.
Había una habitación pequeña y sin ventanas que sobresalía de la casa, y Maan la utilizó para desvestirse. No formaba parte del edificio propiamente dicho, pero se utilizaba como cobertizo. Contenía repuestos de maquinaria agrícola y unos cuantos arados. En un rincón se veían palas y estacas. Cuando Maan entró, los niños le miraron con la misma expectación que si fuera un actor yendo a bastidores para salir
con un nuevo e impresionante traje. Cuando abandonó el cobertizo fue objeto de comentarios críticos.
—Mírale, está pálido.
—Ahora parece incluso más calvo.
—¡León, león sin cola!
Todos se excitaron mucho. Un chaval odioso, de unos siete años, llamado «Señor Galleta», se aprovechó de la confusión para lanzarle una piedra a una niña. La piedra surcó el aire y le golpeó detrás de la cabeza. La niña comenzó a llorar a causa del susto y el dolor. Baba, interrumpiendo bruscamente su recitado, se levantó y analizó rápidamente la situación. Todos miraban al Señor Galleta, que intentaba aparentar indiferencia. Baba agarró al Señor Galleta por la oreja y se la retorció.
—Haramzada, bastardo, ¿cómo osas comportarte como el animal que eres? —gritó el viejo.
El Señor Galleta comenzó a gimotear y a moquear. Baba le arrastró por la oreja hasta el charpoy y le abofeteó con tanta fuerza que el niño casi salió volando. A continuación, olvidándole, se sentó a proseguir su recitado. Pero ya no pudo volver a concentrarse.
El Señor Galleta permaneció unos minutos sentado en el suelo, aturdido, a continuación se levantó para perpetrar su siguiente bellaquería. Mientras tanto, Rasheed había llevado a la víctima al interior de la casa; sangraba copiosamente por la parte posterior del cráneo, y lloraba a lágrima viva.
¡Siete años y tan bruto e ignorante! En eso, pensó Rasheed, te convierte la vida de pueblo. Comenzó a sentir una cólera desmesurada contra ese lugar.
Maan se bañó bajo la mirada atenta de los niños del pueblo. El agua fría manaba generosamente del caño, bombeada por un vigoroso hombre de mediana edad, de cara amistosa, cuadrada y profundamente surcada de arrugas. No mostraba trazas de cansarse y parecía complacido de ser útil. Siguió bombeando agua incluso cuando Maan ya había acabado.
Al cabo de un rato Maan se sentía mucho más fresco, por lo que decidió acordar una tregua con el mundo.
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