Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 16 de 478

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Un buen partido

1.15

La Imperial Book Depot era una de las mejores librerías de la ciudad, y se hallaba en Nabiganj, una elegante calle que constituía el último baluarte de la modernidad frente a los callejones laberínticos y las casas viejas y abigarradas del Viejo Brahmpur. Aunque había casi tres kilómetros desde la universidad propiamente dicha, una gran mayoría de clientes eran estudiantes, que la preferían a la Librería Universitaria, mucho más cerca del campus. Dos hermanos estaban a cargo de la Imperial Books Depot, Yashwant y Balwant; apenas leían inglés, pero eran (a pesar de su próspera redondez) tan enérgicos y emprendedores que tal hecho carecía de importancia. Poseían la librería mejor surtida de la ciudad, y eran extremadamente serviciales con los clientes. Si un libro no estaba disponible en la tienda, le pedían al cliente que escribiera él mismo el título en la correspondiente hoja de pedido.

Dos veces por semana pagaban a un estudiante universitario de magros recursos para que colocara las nuevas remesas en los estantes correspondientes. Y puesto que la librería se enorgullecía tanto de sus existencias en materia de libros de texto como de temas generales, los propietarios, sin ninguna vergüenza, se apoderaban de algún profesor de universidad que vagaba por allí leyendo ociosamente, lo sentaban ante una taza de té y un par de catálogos editoriales, y le hacían seleccionar algunos títulos que, en su opinión, la librería debería tener en sus anaqueles. Tales profesores se alegraban de que los estudiantes pudieran conseguir los libros necesarios para sus asignaturas. Muchos de ellos se quejaban de la Librería Universitaria por sus hábitos caducos, letárgicos y arbitrarios, así como de su escaso interés en servir al cliente.

Después de las clases, Lata y Malati, ambas vestidas de manera informal con su acostumbrado salwaar-kameez, se encaminaron a Nabiganj a dar un paseo y a tomar un café en el Danubio Azul. Esta actividad, conocida entre los estudiantes universitarios como «ganjear», sólo podían permitírsela una vez por semana. Mientras pasaban junto a la Imperial Book Depot, se vieron magnéticamente atraídas hacia su interior. Las dos deambulaban junto a sus estanterías y sus temas favoritos. Malati iba directamente rumbo a las novelas, y Lata hacia la

poesía. De camino, sin embargo, se detenía junto al estante de ciencias, no porque entendiera mucho de ciencia, sino, precisamente, por todo lo contrario. Siempre que abría un libro científico y veía párrafos enteros de palabras y símbolos incomprensibles, sentía una sensación de asombro ante los inmensos territorios de aprendizaje que se abrían ante ella, así como ante tan nobles y decididos intentos de encontrar un sentido objetivo al mundo. Disfrutaba con esa sensación; encajaba en su estado de ánimo cuando estaba de un talante serio; y tal era el caso aquella tarde. Cogió un libro y leyó un párrafo al azar.

Se colige de la fórmula de De Moivre que zn = rn (cos n + i sen n).

De este modo, si el número complejo z describe un círculo de radio r alrededor del origen, zn describirá n veces completas un círculo de radio rn mientras z describe su círculo una vez. Recordemos también que r, el módulo de z, escrito |z|, nos da la distancia desde z hasta O, y que si z'

= x' + y', entonces |z-z'| es la distancia entre z y z'. Con todas estas premisas, podemos proceder a demostrar el teorema.

No sabía qué era exactamente lo que le gustaba de esas frases, pero le parecían importantes, reconfortantes, rotundas. Su mente vagó hasta Varun y sus estudios de matemáticas. Tenía la esperanza de que las escasas palabras que le habla dirigido el día después de la boda le hubieran hecho algún bien. Le habría escrito más a menudo para reforzar su valor, pero con los exámenes encima tenía muy poco tiempo para nada. Había sido por la insistencia de Malati —que tenía aún más trabajo que ella— por lo que habían ido a «ganjear».

Leyó el párrafo de nuevo, con aspecto serio. «Recordemos también»

y «con todas estas premisas» hicieron que se sintiera muy unida al autor de tales verdades y misterios. Las palabras poseían seguridad, y eran, por tanto, tranquilizadoras: las cosas eran lo que eran incluso en este mundo incierto, y desde ahí se podía dar otro paso adelante.

Sonrió para sí misma, sin tener en cuenta dónde se encontraba.

Todavía con el libro en la mano, levantó la mirada. Y de este modo fue como un joven que se encontraba no muy lejos de ella recibió también, inintencionadamente, el regalo de aquella sonrisa. El joven se quedó agradablemente perplejo, y le devolvió la sonrisa. Lata le puso ceño y bajó los ojos a la página. Pero fue incapaz de concentrarse, y después de

unos momentos devolvió el libro al estante antes de poner rumbo a la sección de poesía.

A Lata, pensara lo que pensara del amor en sí mismo, le gustaba la poesía amorosa. «Maud» era uno de sus poemas favoritos. Comenzó a pasar páginas del volumen de Tennyson.

Aquel joven alto, que (observó Lata) tenía el pelo negro y ligeramente ondulado, y unas facciones muy hermosas y bastante aquilinas, parecía tan interesado en la poesía como en las matemáticas, pues unos minutos después Lata se dio cuenta de que había desviado su atención a los estantes de poesía, y estaba hojeando las antologías. Lata percibió cómo de vez en cuando la observaba. Esto la enojó, y no levantó la mirada. Cuando, contra su voluntad, lo hizo, le vio inocentemente inmerso en su lectura. No pudo resistirse a lanzar una ojeada a la portada del libro. Era una antología de Penguin: Poesía contemporánea. Entonces él levantó la mirada y dio la vuelta a la situación. Antes de que ella pudiera volver a bajar la vista, dijo:

—No es normal que alguien se interese por la poesía y las matemáticas.

—¿Ah, no? —dijo Lata severamente.

—Courant y Robbins..., una obra excelente.

—¿Qué? —dijo Lata. A continuación, dándose cuenta de que el joven se estaba refiriendo al libro de matemáticas que había tomado al azar del estante, dijo, para acabar la charla—: ¿Lo es?

Pero el joven parecía ansioso de proseguir la conversación.

—Eso dice mi padre —continuó—. No como texto, sino como introducción a varios, bueno, aspectos del tema. Mi padre da clases de matemáticas en la universidad.

Lata miró a su alrededor para ver si Malati estaba escuchando. Pero Malati, muy concentrada, leía un libro en la parte delantera de la tienda. Nadie les escuchaba; no había mucha clientela en esa época del ario... ni a esa hora del día.

—De hecho, no estoy interesada en las matemáticas —dijo Lata en tono terminante.

El joven pareció un poco abatido antes de rehacerse y confiarle, afablemente:

—Yo tampoco. Soy estudiante de historia.

A Lata le asombraba su resolución, y, mirándolo fijamente, dijo:

—Ahora debo irme. Mi amiga me está esperando. —E incluso al decir esas palabras, sin embargo, no pudo evitar observar lo sensible y vulnerable que parecía ese joven de pelo ondulado. Ello parecía contradecir su conducta descarada y decidida a la hora de hablar, en una librería, con una chica desconocida a la que no había sido presentado.

—Lo siento, supongo que la estoy molestando —se disculpó, como si leyera sus pensamientos.

—No —dijo Lata.

Estaba a punto de dirigirse a la parte delantera de la tienda, cuando él añadió rápidamente, con una sonrisa.

—En ese caso, ¿puedo preguntarle su nombre?

—Lata —dijo ella cortante, aunque no veía la lógica de»en ese caso».

—¿No va usted a preguntarme el mío? —preguntó el joven, ensanchando su sonrisa amigablemente.

—No —dijo Lata con bastante amabilidad, y fue a reunirse con Malati, que tenía en la mano un par de novelas en edición de bolsillo.

—¿Quién era? —preguntó Malati en tono conspiratorio.

—Sólo alguien —dijo Lata, mirando hacia atrás con cierta inquietud

—. No sé. Sencillamente apareció y comenzó a darme conversación.

Deprisa. Vámonos. Tengo hambre. Y sed. Aquí hace calor.

El hombre que había en el mostrador miraba a Lata y a Malati con la vigorosa afabilidad que mostraba hacia los clientes habituales. El índice de su mano izquierda hurgaba a la búsqueda de cerumen entre los pliegues de su oreja. Meneó la cabeza con reprobadora benevolencia y le dijo a Malati en hindi:

—Los exámenes se acercan, Malatiji, ¿y aún compras novelas? Doce annas más una rupia y cuatro annas suman dos rupias en total. No debería permitirlo. Sois como hijas para mí.

—Balwantji, tendrías que abandonar el negocio si no leyéramos tus novelas. Estamos sacrificando las notas de nuestros exámenes finales ante el altar de tu prosperidad —dijo Malati.

—Yo no —dijo Lata. El joven debía de haber desaparecido tras un estante, porque no se le veía por ninguna parte.

—Buena chica, buena chica —dijo Balwant, posiblemente refiriéndose a las dos.

—De hecho, íbamos a tomar un café, y no teníamos previsto entrar en tu tienda —dijo Malati—, de manera que no llevo... —Dejó la frase sin acabar y le lanzó una sonrisa triunfante a Balwant.

—No, no, eso no es necesario..., ya me lo darás otro día —dijo Balwant. Él y su hermano concedían plazos de cómodo crédito a muchos estudiantes. Cuando se les preguntaba si eso no era malo para el negocio, replicaban que nunca habían perdido dinero por confiar en alguien que comprara libros. Y, desde luego, el negocio les iba muy bien. A Lata le recordaban los sacerdotes de un templo de holgado presupuesto. La reverencia con que los hermanos trataban sus libros sustentaba la analogía.

—Ya que de pronto te ha entrado el hambre, vamos directamente al Danubio Azul —dijo Malati, decidida, una vez estuvieron fuera de la tienda—. Y allí ya me contarás qué ha ocurrido exactamente entre ese fresco y tú.

—Nada —dijo Lata.

—¡Ajá! —dijo Malati con afectuoso desdén—. ¿De qué habéis estado hablando?

—De nada —dijo Lata—. En serio, Malati, simplemente apareció y comenzó a decir tonterías, y yo no le contesté. O le contesté con monosílabos. No quieras añadir carnaza a lo que es sólo caldo.

Siguieron caminando Nabiganj abajo.

—Era bastante alto —dijo Matad, un par de minutos después. Lata no dijo nada.

—Y no se puede decir que tuviera la tez exactamente oscura —

continuó Malati.

Lata pensó que tampoco valía la pena responder a eso. «Oscuro», tal como ella lo entendía, era un adjetivo que en las novelas se refería al pelo, no a la piel.

—Pero era muy atractivo —insistió Malati.

Lata dirigió una mueca irónica hacia su amiga, aunque, para su sorpresa, comprobó que le gustaba aquella descripción.

—¿Cómo se llama? —continuó Malati.

—No lo sé —dijo Lata, mirándose en el escaparate de una zapatería.

Malati estaba atónita ante la ineptitud de Lata.

—¿Hablaste con él quince minutos y no sabes su nombre?

—No hablamos quince minutos —dijo Lata—. Y yo apenas le dije nada. Si tanto te interesa, ¿por qué no regresas a la Imperial Book Depot y le preguntas su nombre? Al igual que tú, no tiene escrúpulos en hablar con cualquiera.

—¿Así que no te gusta?

Lata permaneció en silencio. A continuación dijo:

—No, no me gusta. No hay razón para que me guste.

—A los hombres tampoco les resulta fácil hablar con nosotras —dijo Malati—. No deberíamos ser tan duras con ellos.

—¡Malati defendiendo al sexo débil! —dijo Lata—. Creí que era algo que nunca vería.

—No cambies de tema —dijo Malati—. No me pareció ningún descarado. Confía en mi experiencia, infinitamente mayor que la tuya.

Lata se sonrojó.

—A él le pareció bastante fácil hablar conmigo —dijo—. Como si yo fuera una de esas chicas con las que...

—¿Con las que qué?

—Con las que se puede hablar —concluyó Lata vacilante. Visiones de su madre desaprobándola flotaban a través de su mente. Hizo un esfuerzo por apartarlas.

—Bueno —dijo Malati, un poco más discretamente de lo normal mientras entraban en el Danubio Azul—, tiene unas facciones realmente bonitas.

Se sentaron.

—Tiene un bonito pelo —dijo Malati estudiando el menú.

—Pidamos —dijo Lata. Malati parecía estar enamorada de la palabra «bonito». Pidieron café y pastas.

—Unos bonitos ojos —dijo Malati, cinco minutos después, riéndose ahora de la estudiada sordera de Lata.

Lata recordó el momentáneo nerviosismo del joven cuando le miró directamente a los ojos.

—Sí —asintió—. Pero ¿y qué? Yo también tengo unos ojos bonitos, y con un par es suficiente.

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