Un buen partido
2.11
—¿Has dormido bien? —le preguntó Firoz a Mann con una sonrisa.
—Muy bien. Pero te levantaste temprano.
—No más temprano de lo normal. Me gusta haber adelantado trabajo antes de desayunar. Si no hubiera sido un cliente, habría sido algún sumario. Me parece que tú no trabajas nada.
Maan observó las dos pequeñas píldoras que había en su platillo, pero no dijo nada, de modo que Firoz prosiguió.
—Aunque la verdad es que no sé nada de telas... —comenzó a decir Firoz.
Maan gruñó.
—¿Estamos teniendo una conversación seria? —preguntó.
—Sí, desde luego —dijo Firoz, riendo—. Hace al menos dos horas que estoy levantado.
—Bueno, tengo resaca —dijo Maan—. Un poco de consideración, por favor.
—Toda la que quieras —dijo Firoz, sonrojándose un poco—. Puedo asegurártelo. —Miró el reloj que había en la pared—. Pero debo ir al Club de Equitación. Un día de éstos voy a enseñarte a jugar al polo, Maan, a pesar de todas tus protestas. —Se levantó y fue hacia e.1
pasillo.
—Oh, Dios —dijo Maan, más animado—. Esto me va mucho más.
Llegó una tortilla. Estaba tibia, pues había tenido que atravesar la enorme distancia que separaba las cocinas de la sala de desayuno. Maan la miró unos instantes, a continuación mordió con cautela una tostada sin mantequilla. Ya no tenía hambre. Tragó las aspirinas.
Firoz, mientras tanto, acababa de llegar a la puerta principal cuando vio al secretario particular de su padre, Murtaza Ali, discutiendo con un joven en la entrada. El joven quería ver al nawab sahib. Murtaza Ali,
que no era mucho mayor que el joven, intentaba, de una manera benévola y preocupada, impedirlo. El joven no vestía muy bien —su kurta era de algodón blanco de fabricación casera—, pero su urdu era cultivado tanto en acento como en expresión. Decía:
—Pero él me dijo que viniera a esta hora, y aquí estoy.
La expresividad de sus rasgos enjutos hizo que Firoz se detuviera.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Firoz.
Murtaza Ali se volvió y dijo:
—Chhoté sahib, parece ser que este hombre quiere ver a vuestro padre en relación con un trabajo en la biblioteca. Dice que tiene una cita.
—¿Sabes algo de esto? —le preguntó Firoz a Murtaza Ali.
—Me temo que no, chhoté sahib.
El joven dijo:
—Vengo desde muy lejos y me ha costado bastante llegar. El nawab sahib me dijo que estuviera aquí a las diez para verle.
Firoz, en un tono carente de hostilidad, dijo:
—¿Estás seguro que se refería a hoy?
—Sí, seguro del todo.
—Si mi padre hubiera esperado alguna visita, nos lo habría advertido —dijo Firoz—. El problema es que en cuanto mi padre entra en su biblioteca, bueno, está en otro mundo. Me temo que tendrás que esperar a que salga. ¿Quizá podrías volver más tarde?
Una intensa agitación comenzó a vislumbrarse en las comisuras de la boca del joven. Estaba claro que necesitaba los ingresos de ese empleo, pero también estaba claro que poseía su orgullo.
—No estoy dispuesto a ir de un lado a otro de esta forma —dijo de una manera clara y serena.
Firoz se quedó sorprendido. Le pareció que tanta determinación rondaba la descortesía. No había dicho, por ejemplo: «El nawabzada
comprenderá que es difícil para mí...» o alguna otra frase que facilitara las cosas. Simplemente: «No estoy dispuesto...»
—Bien, eso es cosa tuya —dijo Firoz, despreocupadamente—.
Ahora perdonadme, tengo una cita. —Arrugó ligeramente el entrecejo y se metió en el coche.
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