Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 123 de 478

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Un buen partido

7.10

Aunque Amit no se tomaba demasiado a pecho sus debieres como anfitrión, al menos procuró que Lata no se sintiera sola en toda la noche. Varun (que podría haberle hecho compañía) no asistía a la fiesta; prefería a sus compañeros del Shamshu. Meenakshi (que apreciaba a Lata y que normalmente la hubiera acompañado a todas partes) estaba hablando con sus padres mientras éstos hacían un receso en sus deberes como anfitriones, narrándoles los acontecimientos ocurridos la tarde anterior, en los fogones, con el cocinero mogol, y la noche anterior, en el salón, con los Cox. También había invitado a los Cox a la fiesta, pues creía que eso podía beneficiar a Arun.

—Si vierais cómo viste ella —dijo Meenakshi—. Parece que se haya comprado lo primero que le enseñaron en la tienda.

—Cuando me la presentaron no me pareció que vistiera tan mal —

dijo el padre.

Meenakshi inspeccionó la habitación y se quedó poco menos que atónita. Patricia Cox llevaba un bonito vestido de seda verde con un collar de perlas. El pelo, corto y de color castaño, parecía extrañamente radiante a las luces de la araña, y nada tenía que ver con la apagada Patricia Cox del día anterior. La expresión de Meenakshi no fue precisamente de éxtasis.

—Espero que todo te vaya bien, Meenakshi —dijo la señora Chatterji, pasando por un momento al bengalí.

—Espléndidamente, Mago —contestó Meenakshi en inglés—. Estoy muy enamorada.

Esa frase provocó un ceño de angustia en la cara de la señora Chatterji.

—Estamos muy preocupados por Kakoli —dijo.

—¿Estamos? —dijo el juez Chatterji—. Bueno, supongo que es cierto.

—Tu padre debería tomárselo más en serio. Primero fue ese chico de la Universidad de Calcuta, el, ya sabes, el...

—El comunista —dijo el juez Chatterji con benevolencia.

—Y luego aquel muchacho de la mano deforme y con aquel sentido del humor tan raro, ¿cómo se llamaba?

—Tapan.

—Sí, qué desgraciada coincidencia. —La señora Chatterji echó un vistazo al bar, donde su propio Tapan todavía estaba de servicio. Pobre criatura. Debo decirle que se vaya a la cama pronto. ¿Ha tenido tiempo de tomar un bocado?

—¿Y ahora? —preguntó Meenakshi, dirigiendo la mirada hacia el rincón en el que charlaban Kakoli y sus amigas.

—Ahora —dijo su madre—, se trata de un extranjero. Bueno, puedo decírtelo, es aquel alemán de allí.

—Es muy atractivo —dijo Meenakshi, quien acostumbraba a dar prioridad a las cosas importantes—. ¿Por qué Kakoli no me ha dicho nada?

—Últimamente está muy reservada —dijo su madre.

—Al contrario, yo la veo muy abierta —dijo el juez Chatterji.

—Es lo mismo —dijo la señora Chatterji—. Siempre está hablando de sus numerosos amigos, y de todos aquellos que significan algo especial para ella, que ya no sabemos con quién sale realmente. Si es que sale con alguien.

—En fin, querida —le dijo el juez Chatterji a su esposa—, te preocupaste por el comunista y la cosa acabó en nada, y por el muchacho de la mano deforme, y también quedó en agua de borrajas.

¿Así que por qué preocuparse? Mira a la madre de Arun, siempre está sonriendo, nunca se preocupa por nada.

—Baba —dijo Meenakshi—, eso no es verdad, es la persona que más se preocupa del mundo. Se preocupa por todo, por lo más trivial, incluso.

—¿Es eso cierto? —se interesó su padre.

—De todos modos —prosiguió Meenakshi—, ¿cómo sabes que hay

algo romántico entre ellos?

—Él la invita constantemente a todas esas recepciones diplomáticas

—dijo su madre—. Es segundo secretario del Consulado Alemán.

Incluso finge que le. gusta Rabindrasangeet. Es increíble.

—Querida, no eres justa —dijo el juez Chatterji—. Kakoli también

.ha mostrado un repentino interés por tocar las partes de piano de las canciones de Schubert. Si tenemos suerte, hasta puede que se improvise un concierto esta noche.

—Kakoli dice que tiene una bonita voz de barítono, y que eso la deja extasiada. La reputación de Kakoli está quedando por los suelos —dijo la señora Chatterji.

—¿Cómo se llama? —preguntó Meenakshi.

—Hans —dijo la señora Chatterji.

—¿Sólo Hans?

—Hans algo. De verdad, Meenakshi, es preocupante. Si él no va en serio, eso le romperá el corazón. Y si ella se casa con él se irán de la India y nunca volveremos a verla.

—Hans Sieber —dijo el padre—. Por cierto, si te presentas como señora Mehra en lugar de como señorita Chatterji, te expones a que te coja la mano y la bese. Creo que su padre era austríaco. Allí la cortesía es una especie de enfermedad.

—¿De verdad? —susurró Meenakshi, intrigada.

—De verdad. Incluso Ila estuvo encantada. Pero no funcionó con tu madre; ella le considera una especie de Rayana45 de piel clara que pretende llevarse a su hija a páramos lejanos.

La analogía no era muy apropiada, pero el juez Chatterji, fuera del estrado, relajaba considerablemente el rigor lógico que le había hecho famoso.

—¿Así que crees que quizá me bese la mano?

—No es que quizá lo haga, es que lo hará. Pero eso no es nada comparado con lo que hizo con la mía.

—¿Qué hizo, baba? —Meenakshi clavó sus enormes ojos en su padre.

—Por poco me la deja hecha papilla. —Su padre abrió la mano derecha y la miró durante unos segundos.

—¿Por qué hizo eso? —preguntó Meenakshi, riendo con su típico tintineo.

—Creo que quería animarme —dijo su padre—. Y a tu marido lo animó de la misma forma unos minutos después. En cualquier caso, observé que abría ligeramente la boca cuando recibía su apretón de manos.

—Oh, pobre Arun —dijo Meenakshi con indiferencia.

Miró en dirección a Hans, que contemplaba a Kakoli, rodeada de su círculo de cotorras, con una expresión devota. A continuación, ante la considerable inquietud de su madre, Meenakshi repitió:

—Es muy atractivo. Y muy alto. ¿Qué tiene de malo? ¿No se da por sentado que los de la secta de los brahmanes somos de mentalidad abierta? ¿Por qué no debería casarse Kakoli con un extranjero? Seria bastante chic.

—Sí, ¿por qué no? —dijo su padre—. Parece que todos sus miembros están intactos.

La señora Chatterji dijo:

—Ojalá pudieras disuadir a tu hermana de seguir actuando a la ligera. Nunca debería haberle permitido aprender el brutal idioma de esa horrible señorita Hebel.

Meenakshi dijo:

—No creo que nada de lo que nos podamos decir la una a la otra sirva de algo. ¿No querías que Kaku me convenciera de que no me casara con Arun hace un par de años?

—Oh, eso era muy diferente —dijo la señora Chatterji—. Y, además, ahora nos hemos acostumbrado a Arun —prosiguió de modo muy poco convincente—. Ahora todos formamos una familia feliz.

La conversación fue interrumpida por el señor Kohli, un orondo profesor de física bastante aficionado a la bebida y que, de camino al bar, intentaba evitar tropezarse con su mujer.

—Hola, juez —dijo—. ¿Qué opina del veredicto en el caso de Bandel Road?

—Ah, bueno, como sabe, no puedo comentarlo —dijo el juez Chatterji—. Podría llegar a mi tribunal si apelan. Y la verdad es que tampoco lo he estado siguiendo muy de cerca, aunque todo el mundo parece muy interesado por ese caso.

La señora Chatterji, sin embargo, no tenía tantos escrúpulos. Todos los periódicos habían incluido extensas crónicas acerca del caso y todo el mundo tenía su opinión.

—Realmente es chocante —dijo ella—. No entiendo cómo un simple magistrado tiene el derecho a...

—Un juez de primera instancia, querida —corrigió el juez Chatterji.

—Sí, bueno, no entiendo cómo puede tener el derecho a revocar el veredicto de un jurado. ¿Es eso justicia? Doce hombres buenos y honestos, ¿no es eso lo que dicen? ¿Cómo se atreve a imponerse por encima de ellos?

—Nueve, querida. En Calcuta son nueve. Y en cuanto a su bondad y honradez...

—Sí, bueno. Y llamar al veredicto inmoral..., ¿no es eso lo que dijo?

—Inmoral, irracional, manifiestamente erróneo y contrario al peso de las pruebas —recitó el calvo señor Kohli con una fruición que normalmente reservaba para el whisky. Su pequeña boca quedó medio abierta, y semejó ligeramente un pez en estado de reflexión.

—Inmoral, irracional, erróneo, etcétera, bueno, ¿tiene derecho a hacer eso? Es demasiado..., demasiado antidemocrático —prosiguió la señora Chatterji—, y le guste o no, vivimos una época de democracia. Y

la democracia es uno de nuestros problemas. Por eso hay todos esos desórdenes y esos baños de sangre, y luego esos juicios con jurado, ¿por qué todavía tenemos jurado en Calcuta cuando todas las demás ciudades de la India se han librado de ellos? No lo sé, y siempre hay alguien que soborna o intimida al jurado, y luego se pronuncian esos veredictos imposibles. Si no fuera por esos valientes jueces que anulan tales veredictos, ¿adónde iríamos a parar? ¿No estás de acuerdo, querido? —La señora Chatterji parecía indignada.

El señor Chatterji dijo:

—Sí, querida, desde luego. Bueno, señor Kohli, ahora ya sabe lo que pienso. Pero ¡si tiene el vaso vacío!

El señor Kohli, perplejo, dijo:

—Sí, creo que tomaré otra copa. —Miró rápidamente a su alrededor, para asegurarse de que no había moros en la costa.

—Y, por favor, dile a Tapan que se vaya enseguida a la cama —dijo la señora Chatterji—. A menos que aún no haya comido, entonces no debe irse enseguida. Primero tiene que comer.

—¿Sabes, Meenakshi? —dijo el juez Chatterji—. La semana pasada tu madre y yo tuvimos una discusión tan vehemente, y expusimos nuestros argumentos con tanta brillantez, que yo la convencí a ella y ella a mí, con lo que al día siguiente, durante el desayuno, comenzamos a discutir con tanto ardor como antes.

—¿De qué discutíais? —preguntó Meenakshi—. Echo de menos nuestros parlamentos de la hora del desayuno.

—No lo recuerdo —dijo el juez Chatterji—. ¿Y tú? ¿No tenía que ver con Biswas babu?

—Era algo relacionado con Cuddles —dijo la señora Chatterji.

—¿Sí? No estoy seguro. Creía que era..., bueno, de todos modos, Meenakshi, un día de éstos tienes que venir a desayunar. Desde Sunny Park no hay más que un paseo.

—Ya lo sé —dijo Meenakshi—. Pero es muy difícil irse por la mañana. Arun es muy quisquilloso a ese respecto, y Aparna está

siempre tan rara y pesada antes de las once... Mago, tu cocinero, realmente me salvó la vida ayer. Creo que ahora iré a saludar a Hans.

¿Y quién es ese joven que mira furiosamente a Hans y a Kakoli? Ni siquiera lleva lazo.

De hecho, el joven iba virtualmente desnudo: no vestía más que una camisa blanca corriente, unos pantalones blancos y una corbata a rayas.

Era un estudiante de la universidad.

—No lo sé, querido —dijo la señora Chatterji.

—¿Otra seta? —preguntó Meenakshi.

El juez Chatterji, que había acuñado por primera vez esa frase cuando a Kakoli comenzaron a brotarle una profusión de amigas, asintió.

—Seguro que sí —dijo.

En mitad de la sala, Meenakshi se tropezó con Amit y le repitió la pregunta.

—Se me presentó diciendo que se llamaba Krishnan —dijo Amit—.

Parece ser que Kakoli le conoce muy bien.

—Oh —dijo Meenakshi—. ¿Y a qué se dedica?

—No lo sé. Él dice que son amigos íntimos.

—¿Muy íntimos?

—Oh, no —dijo Amit—. No creo que sean tan íntimos. Si así fuera, Kakoli sabría cómo se llama.

—En fin, voy a saludar al teutón de Kuku —dijo Meenakshi con decisión—. ¿Dónde está Luts? Estaba contigo hace un momento

—No lo sé. Debe de estar por ahí. —Amit señaló en dirección al piano, en cuyas inmediaciones había un nutrido grupo de gente que hablaba por los codos—. Por cierto, cuidado con las manos cuando saludes a Hans.

—Sí, ya lo sé —dijo Meenakshi—. Papá también me lo advirtió.

Pero en este momento no parece peligroso. Está comiendo. ¿Supongo que no dejará el plato para cogerme la mano?

—Nunca se sabe —dijo Amit misteriosamente.

—La comida es demasiado exquisita —dijo Meenakshi.

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