Un buen partido
7.11
Mientras tanto, Lata, que se hallaba en el lugar más concurrido de la fiesta, tenía la impresión de nadar en un mar de idiomas. Todos aquellos oropeles y magnificencia la dejaban perpleja. A veces le llegaba una oleada de inglés medio comprensible, y en ocasiones otra de bengalí incomprensible. Como urracas graznándose por alguna baratija —o descubriendo alguna gema aislada e imaginando que era una baratija—, los alborotadísimos invitados seguían parloteando. A pesar de engullir muchísima comida, todos conseguían proferir muchísimas palabras.
—Oh, no, no, Dipankar, no lo entiendes, la imagen fundamental de la civilización india es el Cuadrado: las cuatro fases de la vida, los cuatro propósitos de la vida: amor, riqueza, deber y liberación final: incluso las cuatro aspas de nuestro antiguo símbolo, la esvástica, de la que tan tristemente se ha abusado últimamente. Sí, el cuadrado y sólo el cuadrado es la imagen fundamental de nuestra espiritualidad. Cuando tengas mi edad lo comprenderás...
—Eso le pasa por tener dos gallos en un solo gallinero. De verdad...
Debes probar los luchis. No, no, hay que comerlo todo en el orden correcto, ése es el secreto de la comida bengalí...
—El otro día hubo un orador muy bueno en la Misión Ramakrishna; muy joven, pero tan espiritual... La Creatividad en Tiempos de Crisis. De verdad que debes ir la semana que viene; van a hablar de la Búsqueda de la Paz y la Armonía.
—Todo el mundo me dijo que si iba a los Sundarbans46 vería docenas de tigres. No vi ni un mosquito. Agua, agua por todas partes...
y nada más. La gente es tan terriblemente mentirosa.
—Deberían expulsarlos. Por muy difícil que fuera el examen,
¿justifica eso que copiaran? Hay que andarse con ojo con esos estudiantes de comercio de Calcuta. ¿Qué sería del orden económico sin disciplina? ¿Qué diría Sir Asutosh si todavía viviera? ¿Es esto lo que significa la Independencia?
—Montoo parece tan simpático. Pero Poltoo y Loltoo ya no parecen los mismos. Desde la muerte de su padre, claro. Dicen que es..., bueno, ya sabes..., en fin, el hígado..., de tanto beber.
—Oh, no, no, no, Dipankar. El paradigma elemental..., nunca habría dicho imagen, de nuestra antigua civilización es por supuesto la Trinidad. No me refiero a la trinidad cristiana, por supuesto; todo eso me parece tan tosco... pero la Trinidad como Proceso y Aspecto...
Creación y Preservación y Destrucción... sí, la Trinidad, ése es el paradigma elemental de nuestra civilización, y no otro...
—Absurdo y ridículo desde luego. Así que convoqué a los líderes de los sindicatos y les leí la ley antidisturbios. Naturalmente tuve que ponerme muy serio para hacerles entrar en razón. Bueno, no negaré que quizá sobornamos a los más recalcitrantes, pero de eso se encarga el Departamento de Personal.
—Eso no es Je reviens, es Quelque-fleurs, hay muchísima diferencia.
Aunque mi marido, desde luego, no distinguiría uno de otro. ¡Ni siquiera es capaz de identificar el Chanel!
—Entonces le dije a Robi babu: «Para nosotros eres como Dios, por favor, dame un nombre para mi hijo», y consintió. Por eso ella se llama Hemangini. De hecho, el nombre no era muy de mi agrado, pero ¿qué podía hacer?
—Si los mullahs quieren guerra, la tendrán. El comercio con Pakistán Oriental es prácticamente inexistente. ¡Bueno, un magnífico efecto secundario es que el precio de los mangos ha bajado! Los cultivadores de Maldah han tenido una gran cosecha este año y no saben qué hacer con ella. Naturalmente, también hay un problema de transporte, igual que durante la hambruna de Bengala.
—Oh, no, no, no, Dipankar, no has entendido nada. La textura primigenia de la filosofía india es la Dualidad..., sí, la Dualidad. La urdimbre de nuestro atavío más antiguo, el sari..., un simple trozo de tela que envuelve nuestra feminidad india, la urdimbre del propio universo, la tensión entre el Ser y el No-ser, sí, no hay duda de que es la Dualidad lo que reina sobre nuestro milenario país.
—Cuando leo el poema me entran ganas de llorar. Deben de estar muy orgullosos de él. Muy orgullosos.
—Hola, Arun, ¿dónde está Meenakshi?
Lata se dio la vuelta y vio la expresión de disgusto de Arun. Era su amigo Billy Irani. Era la tercera vez que alguien le hablaba con la sola intención de averiguar dónde estaba su mujer. Recorrió la habitación con la mirada buscando su sari naranja, y lo descubrió cerca del grupo de Kakoli.
—Ahí está, Billy, cerca del nido de Kuku. Si quieres hablar con ella, iré a buscarla contigo y la traeremos —dijo.
Lata se preguntó qué hubiera pensado su amiga Malati de todo eso.
A continuación se pegó a Arun como si éste fuera una balsa salvavidas y flotó hacia donde se encontraba Kakoli. De algún modo, la señora Rupa Mehra, así como un viejo caballero marwari ataviado con un dhoti, se habían infiltrado en aquel grupo resplandeciente de juventud.
El anciano caballero, sin reparar en aquella dorada juventud que le rodeaba, le decía a Hans, bastante remilgadamente:
—Desde 1933 que cada día me bebo mi zumo de calabazas amargas.
¿Ha probado las calabazas amargas? Es nuestro famoso producto indio, se llama karela. Tiene este aspecto —gesticuló una forma alargada—, y es verde, con nervios.
Hans parecía desconcertado. Su informante prosiguió:
—Mi sirviente exprime un seer de calabaza amarga cada semana, y sólo con la piel, recuérdelo, hay que preparar el zumo sólo con la piel.
De cada seer se obtiene un vaso de zumo. —Apretó los ojos en un gesto de concentración—. Nada me importa lo que hagan con el resto.
Hizo un gesto de rechazo.
—¿Ah, sí? —dijo Hans cortésmente—. Eso es muy interesante.
Kakoli había comenzado a reír. La señora Rupa Mehra parecía interesadísima. Arun captó una mirada de Meenakshi y puso ceño.
Maldito marwari, pensó. Saben cómo ponerse en ridículo delante de los extranjeros.
Pasando por alto la expresión reprobadora de Arun, el adalid de las calabazas amargas prosiguió:
—Así que, cada mañana, para desayunar, cojo un vasito de jerez o de licor, no más, y me sirvo una ración de zumo. Cada día desde 1933.
Y no tengo problemas de azúcar. Puedo comer todos los dulces que quiero sin preocuparme. También es bueno para la piel, e ideal para el movimiento de los intestinos.
Como para dar fe de sus palabras mordió un gulab-jamum que rezumaba almíbar.
La señora Rupa Mehra, fascinada, dijo:
—¿Sólo con la piel? —Si eso era cierto, la diabetes ya no tenía por qué interponerse entre su paladar y sus caprichos.
—Sí —dijo el hombre, muy melindroso—. Sólo con la piel, como ya he dicho. El resto es superfluo. La belleza de la calabaza amarga acaba en la profundidad de su piel.
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