Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 138 de 478

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Un buen partido

7.26

La señora Rupa Mehra y Lata proseguían su conversación. De hablar de Varun y la administración civil habían pasado al tema de Savita y el bebé. Aunque aún no fuera una realidad, en la mente de la señora Rupa Mehra aquel bebé era ya profesor o juez. Y, no hay ni que decirlo, un varón.

—Hace una semana que no tengo noticias de mi hija. Estoy muy enfadada con ella —dijo la señora Rupa Mehra. Cuando estaba con Lata, se refería a Savita como «mi hija», y viceversa.

—Seguro que está bien, mamá —dijo Lata para tranquilizarla—. O

de lo contrario habrías tenido noticias suyas.

—¡Esperar un niño con este calor! —dijo la señora Rupa Mehra, dando a entender que Savita podría haberlo calculado mejor—. Tú también naciste durante el monzón —le dijo a Lata—. Tuviste un nacimiento muy difícil —añadió, y sus ojos brillaron de emoción.

Lata había oído hablar cientos de veces de lo difícil que había resultado su parto. En ocasiones, cuando su madre se enfadaba con ella, se lo echaba en cara. Otras veces, cuando se sentía especialmente cariñosa, lo mencionaba para recordarle el amor especial que siempre le había tenido. Lata también había oído mencionar cientos de veces lo tenazmente que agarraba las cosas de pequeña.

—Pobre Pran. He oído decir que todavía no ha llovido en Brahmpur

—prosiguió la señora Rupa Mehra.

—Sí que ha llovido un poco, mamá.

—Casi nada, sólo un par de gotas. Todavía hay mucho polvo, y eso es terrible para su asma.

Lata dijo..

—Mamá, no debes preocuparte por él. Savita le cuida perfectamente, y también su madre. —De todos modos sabía que sus palabras no servirían de nada. A la señora Rupa Mehra le encantaba

preocuparse. Una de las maravillosas consecuencias de la boda de Savita consistía en tener toda una nueva familia de qué preocuparse.

—Pero si su madre tampoco se encuentra muy bien —dijo la señora Rupa Mehra con un tono triunfal—. Y ya que hablamos de esto, creo que siento deseos de visitar a mi homeópata.

De haber estado presente Arun, le hubiera dicho que todos los homeópatas eran unos charlatanes. Lata simplemente dijo:

—Pero ¿te hacen algún bien todas esas píldoras, mamá? Creo que todo es una cuestión de fe.

—¿Y qué hay de malo en tener fe? —preguntó la señora Rupa Mehra—. Los de tu generación no creéis en nada.

Lata no defendió a los de su generación.

—Sólo pensáis en pasarlo bien y en salir hasta las cuatro de la mañana —añadió la señora Rupa Mehra.

Para su sorpresa, Lata se echó a reír.

—¿Qué ocurre? —preguntó su madre—. ¿De qué te ríes? Hacía dos días que no te oía reír.

—De nada, mamá, sólo me reía, eso es todo. ¿Es que no puedo reírme de vez en cuando? —De todos modos, dejó de reír en cuanto Kabir le vino repentinamente a la memoria.

La señora Rupa Mehra dejó de lado el tema general de su charla y pasó al particular.

—Pero te reías por alguna razón. Ha de haber una razón. Puedes decírselo a tu madre.

—Mamá, no soy una niña, se me permite tener mis propios pensamientos.

—Para mí, siempre serás mi niña.

—¿Incluso cuando tenga sesenta años?

La señora Rupa Mehra miró a su hija sorprendida. Aunque acababa de imaginarse al futuro hijo de Savita con la toga de juez, nunca se le había ocurrido imaginarse a Lata como una mujer de sesenta años. Lo

intentó ahora, pero la idea la llenó de temor. Por suerte, otra le salió al paso.

—Dios me habrá llevado a su seno mucho antes —suspiró—. Sólo cuando haya muerto y veas mi silla vacía apreciarás todo lo que he hecho por ti. Ahora no quieres contarme nada, como si no confiaras en mí.

Un tanto afligida, Lata reflexionó que, de hecho, no confiaba en que su madre comprendiera lo que ella sentía. Pensaba en la carta de Kabir, que había trasladado del libro de mitología egipcia a una libreta que había en el fondo de su maleta. ¿Dónde habría conseguido su dirección Kabir? ¿Pensaba en ella a menudo? Volvió a acordarse del tono ligero de su carta y sintió un arrebato de cólera.

Quizá no era realmente ligero, se dijo. Y quizá tenía razón al insinuar que ella no le había dado muchas oportunidades de explicarse.

Lata pensó en la última vez que se vieron —parecía haber pasado tanto tiempo— y en su propio comportamiento: había bordeado la histeria.

Pero para ella significaba toda su vida, y para él probablemente no había sido más que una agradable excursión matinal. Estaba claro que él no esperaba que Lata se lo tomara tan a pecho. Quizá, admitió, no esperaba que ella reaccionara de ese modo.

Y la verdad es que su corazón le añoraba. Era con Kabir y no con su hermano con quien, en su imaginación, había bailado la noche anterior.

Y aquella mañana había tenido un extraño sueño en el que él le recitaba su carta en un concurso de declamación en el que Lata era uno de los jueces.

—Dime de qué te reías —dijo la señora Rupa Mehra.

Lata dijo:

—Estaba pensando en Bishwanath Bhaduri y en sus ridículos comentarios durante la cena en Firpos.

—Pero es un buen partido —señaló su madre.

—Me dijo que yo era más guapa que Savita, y que mis cabellos eran como un río.

—Eres muy guapa cuando quieres, querida —dijo su madre, dándole la razón—. Pero llevabas el pelo en un moño, ¿no?

Lata asintió y bostezó. Era más de mediodía. Excepto cuando estudiaba para los exámenes, rara vez tenía sueño a esa hora del día.

Meenakshi solía bostezar con frecuencia..., bostezaba con resuelta elegancia y siempre que convenía a la ocasión.

—¿Dónde está Varun? —preguntó Lata—. Se suponía que teníamos que hojear el Gazette juntos, traía información acerca de los exámenes para la administración civil. ¿Crees que también se ha ido a las carreras?

—Siempre dices cosas que me disgustan, Lata —exclamó la señora Rupa Mehra con súbita indignación—. Con los problemas que tengo y me dices estas cosas. Carreras. A nadie le importan mis problemas, todos piensan exclusivamente en sí mismos.

—¿Qué problemas, mamá? —dijo Lata no muy comprensiva—.

Estás perfectamente atendida, y todos te quieren.

La señora Rupa Mehra miró severamente a Lata. Savita nunca le hubiera formulado una pregunta tan brutal. De hecho, se trataba más de un comentario, o incluso de una apreciación, que de una pregunta. Hay veces en que no entiendo a Lata en absoluto, se dijo.

—Tengo muchos problemas —dijo la señora Rupa Mehra de manera resuelta—. Los conoces tan bien como yo. Fíjate en cómo Meenakshi cría a la niña. Y Varun y sus estudios..., ¿qué será de él, fumando, bebiendo, apostando y todo eso? Y tú no encuentras marido. ¿Acaso eso no es un problema? Y Savita embarazada. Y Pran y su enfermedad. Y el hermano de Pran: haciendo todas esas cosas y todo el mundo en Brahmpur hablando de él. Y la hermana de Meenakshi... La gente también habla de ella. Crees que puedo hacer oídos sordos a todo lo que me cuenta la gente. Justo ayer Purobi Ray estaba chismorreando acerca de Kuku. Así que ya ves, éstos son mis problemas, y ahora me has disgustado aún más. Y soy una viuda que tiene diabetes —añadió, casi como si se le acabara de ocurrir—. ¿No es eso un problema?

Lata admitió que esto último sí podía considerarse un verdadero problema.

—Y Arun siempre está gritando, cosa que es muy mala para mi presión arterial. Y hoy Hanif se ha tomado el día libre, de manera que tendré que hacérmelo todo yo, incluso el té.

—Yo te lo prepararé, mamá —dijo Lata—. ¿Quieres tomar una taza?

—No, querida. Hace rato que estás bostezando, vete a descansar —

dijo la señora Rupa Mehra, complacida por un ofrecimiento que le parecía tan satisfactorio como si en realidad se lo hubiese preparado.

—No quiero descansar, mamá —dijo Lata.

—¿Entonces por qué bostezas, cariño?

—Probablemente porque he dormido demasiado. ¿Te gustaría tomar un té?

—No si es demasiada molestia.

Lata se fue a la cocina. Su madre la había educado en la divisa de

«no causar molestias, sino tomárselas». Tras la muerte de su padre, durante algunos arios vivieron en casa de unos amigos —y, en cierto modo, de su caridad, aunque fuera amablemente otorgada—, de modo que era muy natural que a la señora Rupa Mehra no le gustara causar molestias, ya fuera directamente o a causa de sus hijos. En su mayor parte, la personalidad de sus cuatro hijos se había fraguado en aquellos arios. La sensación de incertidumbre y la conciencia de estar en deuda con los demás habían ejercido cierta influencia en su carácter. Savita había sido la menos afectada; aunque con Savita uno siempre tenía la impresión de que su afabilidad y gentileza eran dones que había adquirido desde muy pequeña, y que ninguna circunstancia ambiental podría haberlos alterado.

—¿Savita era tan alegre de pequeña? —preguntó Lata unos minutos más tarde, cuando regresó con el té. Lata sabía la respuesta no sólo porque formaba parte del folklore de los Mehra, sino porque había muchísimas fotografías que atestiguaban el temperamento jovial de su hermana: fotos de cuando era niña que la mostraban zampándose huevos duros con una beatífica sonrisa, o sonriendo en su sueño infantil. Pero lo preguntó de todos modos, quizá para poner de buen humor a su madre.

—Sí, muy alegre —dijo la señora Rupa Mehra—. Pero, querida, has olvidado la sacarina.

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