Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 305 de 478

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Un buen partido

13.29

Arun Mehra y su amigo Billy Irani estaban sentados en la galería del Club Calcuta que daba el jardín. Era la hora del almuerzo. El camarero todavía no les había preguntado si querían algo de beber. Arun, sin embargo, no deseaba apretar el pequeño timbre que había en su blanca mesa de arcazón. Al ver que el camarero pasaba a unos metros de distancia,

Arun llamó su atención golpeando la parte superior de la mano izquierda con la derecha.

—¡Abdar!

—Sí, señor.

—¿Qué vas a tomar, Billy?

—Un gimlet.

—Un gimlet y un Tom Collins.

—Si, señor.

Las bebidas llegaron al cabo de unos minutos. Los dos pidieron pescado a la plancha.

Todavía estaban tomando el aperitivo cuando Arun, mirando a su alrededor, dijo:

—Ese que hay ahí sentado, sólo, es Khandelwal, el tipo de la Praha.

El comentario de Billy fue relajado:

—Esos marwaris... Hubo una época en que ser miembro de este club significaba algo.

Con disgusto, los dos habían observado en varias ocasiones los hábitos alcohólicos de Khandelwal. Como la enérgica señora Khandelwal le limitaba su ración casera a una copa por noche, Khandelwal procuraba tomar todas las que le era posible durante el día.

Pero aquel día Arun no encontraba nada que objetar a la presencia de Khandelwal, en particular al hecho de que estuviera sentado solo y

bebiendo su cuarto whisky. La señora Rupa Mehra le había escrito a Arun encargándole que procurara conocer a Haresh Khanna y le escribiera diciéndole qué pensaba de él. Al parecer ese tal Haresh había conseguido un empleo en Praha, y vivía y trabajaba en Prahapore.

A Arun le habría resultado demasiado humillante abordarle directamente, y se preguntaba cómo arreglárselas para cumplir el encargo. Pero bueno, quizá podría mencionarle el asunto de soslayo, y engatusarle para que fueran a tomar el té los dos en un territorio neutral. Ésa era una excelente oportunidad.

Billy seguía hablando:

—Es extraordinario. Tan pronto como acaba una ya tiene otra esperándole. Nunca sabe cuándo parar.

Arun rió. A continuación se acordó de otra cosa.

—Oh, por cierto, Meenakshi está otra vez embarazada.

—¿Embarazada? —Billy pareció ligeramente confuso.

—¡Sí, ya sabes, muchacho, preñada!

—¡Ah, sí, sí, preñada! —Billy Irani asintió con la cabeza. De pronto le asaltó un pensamiento y comenzó a poner una absoluta cara de perplejidad.

—¿Te encuentras bien, muchacho? ¿Otra copa? Abdar.

El camarero se acercó.

—Sí, señor.

—Otro gimlet.

—Aunque la verdad es que tomábamos las precauciones de rigor. Ya ves, eso demuestra que nunca se sabe. Determinados individuos...

—¿Individuos?

—Sí, ya sabes, los bebés. Quieren aparecer, así que lo hacen sin consultar a sus padres. Meenakshi ha estado un poco preocupada, pero supongo que no hay mal que por bien no venga. A Aparna le conviene un hermanito. O una hermanita. Sabes una cosa, Billy, voy a tener que acercarme a ese Khandelwal y tener una charla con él. Acerca de la

nueva política de contratos de nuestra empresa. Al parecer Praha ha reclutado a algunos indios últimamente, y quizá él me dé algunas ideas.

Bueno, no creo que tarde más de un par de minutos. No te importa,

¿verdad?

—Oh, no, no, en absoluto.

—No tienes muy buen aspecto. ¿Es el sol? Podemos cambiar de mesa.

—No, no, sólo estoy cansado, demasiado trabajo, supongo.

—Bueno, tómatelo con calma. ¿Es que Shireen no te riñe? ¿No actúa como una influencia moderadora y todo eso? —Arun sonrió mientras se alejaba.

—¿Shireen? —La atractiva cara de Billy estaba pálida. Tenía la boca abierta como un pez—. Oh, sí, Shireen.

Arun se preguntó por un instante si el coeficiente de inteligencia de Billy había descendido hasta cero, pero otros pensamientos ocupaban su mente. Se pegó una sonrisa en la cara mientras se acercaba a la mesa del señor Khandelwal, al otro extremo de la galería.

—Ah, señor Khandelwal. Me alegro de verle.

El señor Khandelwal levantó la mirada, ya medio tajado, aunque muy cordial. Reconoció a Arun Mehra, miembro de ese grupo de jóvenes de Calcuta que habían sido aceptados en el estamento comercial británico y que, junto con sus esposas, eran, por tanto, los líderes de la sociedad india de la ciudad. A pesar de ser el presidente de Praha, se sintió halagado de que Arun le reconociera; habían sido presentados en las carreras. Khandelwal recordaba que aquel joven estaba casado con una mujer excepcionalmente atractiva, pero como tenía mala memoria para los nombres tanteó un poco en su mente antes de que Arun, que no podía creer que nadie pudiera haberle olvidado, dijera:

—Arun Mehra.

—Sí, sí, claro, de Bentsen Pryce.

Eso apaciguó a Arun.

—Me preguntaba si podría hablar un momento con usted, señor Khandelwal —dijo.

El señor Khandelwal señaló una silla y Arun se sentó.

—¿Quiere tomar una copa? —le ofreció el señor Khandelwal, a punto de apretar con la mano el pequeño timbre de la mesa.

—No, gracias, ya he tomado una.

En opinión del señor Khandelwal, ésa no era razón para no tomarse media docena más.

—¿Qué quería decirme? —le preguntó a Arun.

—Bueno, como sabe, señor Khandelwal, nuestra empresa, y otras como la nuestra, últimamente han contratado algunos indios, indios competentes, desde luego, para puestos de responsabilidad, de una manera gradual. Y he oído decir que ustedes, siendo como son una gran empresa, también han estado haciendo lo mismo.

Khandelwal asintió.

—Bueno —dijo Arun—. En algunos aspectos nos hallamos en la misma situación. Resulta bastante difícil encontrar el tipo de gente que necesitamos.

Khandelwal sonrió.

—Puede que a ustedes les resulte difícil —dijo lentamente—, pero para nosotros no nos supone ningún problema encontrar gente cualificada. Justo el otro día contraté a un hombre con magníficos antecedentes. —Pasó a hablar en hindi—. Un buen hombre, ha estudiado en Inglaterra; y posee una excelente preparación técnica.

Querían darle un empleo muy por debajo de su capacidad, pero yo insistí... —Hizo un gesto pidiendo otro whisky—. No recuerdo su nombre. Ah, sí, Haresh Khanna.

—¿De Kanpur? —replicó Arun, permitiéndose pronunciar dos palabras en hindi.

—No lo sé —dijo el señor Khandelwal—. Ah, sí, de Kanpur. Me lo presentó Mukherji, de la CCCC. Sí, ¿ha oído hablar de él?

—Qué curioso —dijo Arun, a quien nada de todo eso despertaba su curiosidad en lo más mínimo—. Pero ahora que menciona su nombre, señor Khadelwal, creo que debe de ser el joven que mi madre me mencionó hace poco como, bueno, un pretendiente para mi hermana.

Es un khatri y, como ya sabe, nosotros también lo somos, aunque yo no soy de los que creen en las castas y todo eso. Pero, naturalmente, no hay manera de discutir con mi madre, ella cree en todo ese asunto de los khatris y los intocables. Qué interesante, ¿así que trabaja para usted?

—Sí. Un buen muchacho. Muy buen currículum técnico.

Arun se estremeció interiormente ante la palabra «técnico».

—Bueno, no nos importaría que un día viniera a casa —dijo Arun

—. Pero quizá sería mejor que no resultara algo tan cara a cara, ya sabe, sólo él y nosotros. Me pregunto si quizá a usted y a la señora Khandelwal les importaría venir un día a tomar el té. Vivimos en Sunny Park, que, como usted sabe, está en Ballygunge: no muy lejos de su casa.

De todos modos, había pensado en invitarles algún día; tengo entendido que es usted un gran jugador de bridge.

Teniendo en cuenta que el señor Khandelwal era conocido por ser un jugador temerario —su destreza en el bridge consistía principalmente en perder apostando muy alto (aunque a veces con el interés puesto en otro juego más importante)—, el comentario de Arun era pura lisonja.

Pero produjo su efecto.

Al señor Khandelwal, aunque no estaba ciego al encanto manipulador de Arun, le complacía que le alabaran. Era un hombre hospitalario y tenía una mansión que enseñar. De modo que, tal como Arun había esperado que haría en cuanto le propusiera su invitación, el presidente de Praha les invitó a ir a su casa.

—No, no, vengan ustedes a casa a tomar el té —dijo el señor Khandelwal—. Haré que ese muchacho... Khanna... esté presente. Y a mi esposa le encantará conocer a la señora Mehra. Por favor, tráigala.

—Es muy amable por su parte, señor Khandelwal.

—Nada de eso, nada de eso. ¿Seguro que no quiere tomar una copa?

—No, gracias.

—Y así podremos discutir el tema de la contratación de personal.

—Ah, sí, la contratación de personal —dijo Arun—. Bueno, ¿qué día le va bien?

—Vengan cuando quieran. —El señor Khandelwal dejó el asunto en el aire. La mansión Khandelwal se regía por principios muy flexibles. La gente aparecía y se celebraban fiestas multitudinarias, a menudo varias al mismo tiempo. Seis imponentes alsacianos se unían a la confusión y aterrorizaban a los invitados. La señora Khandelwal dominaba al señor Khandelwal a golpes de látigo, pero él a menudo conseguía despistarla, llevándose como botín una copa o una mujer.

—¿Qué le parece el próximo martes?

—Sí, sí, el próximo martes, cuando quiera —dijo vagamente el señor Khandelwal.

—¿A las cinco?

—Sí, a las cinco, cuando quiera.

—Muy bien, pues, a las cinco el martes que viene. Espero ese momento con impaciencia —dijo Arun, preguntándose si dentro de cinco minutos el señor Khandelwal recordaría aquella conversación.

—Sí, sí, el martes a las cinco —dijo el señor Khandelwal desde la profundidad de su cogorza—. Sí. Abdar...

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