Un buen partido
15.14
Pero cuando regresó a casa se encontró a su suegra en la planta baja, hablando de manera casi incoherente, como si acabara de sufrir un ataque de nervios. Kedarnath se había ido de casa, sin duda con la idea de apaciguar a la gente que encontrara: para evitar que hicieran daño a nadie y, caso de que no se hubieran enterado del toque de queda, para evitar que se pusieran en peligro.
Veena casi se desmayó. Se apoyó contra la pared y extravió la mirada. Finalmente, su suegra dejó de llorar y sus palabras comenzaron a tener más sentido.
—Dijo que en este barrio no había peligro de encontrarse con ningún musulmán —susurró—. No quiso escucharme. Dijo que esto no era Lahore, que regresaría enseguida —prosiguió, buscando consuelo en la cara de Veena—. «Enseguida», dijo. Dijo que volvería enseguida. —
La voz volvió a quebrársele.
La boca de Veena comenzó a temblar. Era la frase que Kedarnath solía utilizar cuando emprendía uno de sus interminables viajes de negocios.
Pero la anciana señora no encontró ningún consuelo en la cara de Veena.
—¿Por qué no le detuvo? ¿Por qué Maan no le detuvo? —gritó.
Estaba furiosa con su marido por su heroísmo irresponsable y egoísta.
¿Acaso ella, Bhaskar y su madre no existían para él?
—Maan está en la azotea —dijo la anciana señora.
Ahora fue Bhaskar quien bajó las escaleras. Era obvio que algo le preocupaba.
—¿Por qué Firoz maama va cubierto de sangre? —quiso saber—.
¿Es que Maan magma le pegó? Dijo que no lo había hecho. Pero llevaba un lathi.
—Cállate, Bhaskar —dijo Veena con voz de desesperación—. Sube enseguida. Sube y vete a la cama. Todo va bien. Estaré aquí si me
necesitas. —Le dio un abrazo.
Bhaskar quería saber exactamente qué ocurría.
—Nada —dijo Veena—. Tengo que preparar algo de comer, no molestes. —Sabía que si Maan se enteraba de lo ocurrido iría inmediatamente a buscar a su cuñado y él mismo acabarla corriendo un grave riesgo. Kedarnath, al menos, sabía dónde acababan los barrios hindúes. Pero la atormentaba la angustia. Antes de que bajara Bhaskar, ella misma había estado a punto de salir. Ahora simplemente esperaba, y no había nada más difícil.
Rápidamente calentó un poco de comida para Maan y Firoz y la subió a la azotea, haciendo una parada en las escaleras a fin de dar una sensación de tranquilidad.
Maan sonrió al verla.
—Hace bastante calor —dijo Maan—. Dormiremos juntos en la azotea. Sólo tienes que darnos un colchón y un edredón delgado, eso será suficiente. Firoz necesita lavarse, y a mí también me convendría.
¿Algo va mal?
Veena negó con la cabeza.
—Casi le matan, y luego me pregunta si algo va mal.
Sacó un edredón de los más finos del interior de un baúl, y lo agitó para eliminar de sus pliegues las hojas secas de neem que utilizaba para ahuyentar a los parásitos de la ropa de invierno.
—A veces las flores nocturnas de la azotea atraen a los insectos —le advirtió.
—Estaremos bien —dijo Firoz—. Te lo agradezco mucho.
Veena negó con la cabeza.
—Que durmáis bien —dijo.
Kedarnath regresó cinco minutos antes del toque de queda. Veena lloraba y se negó a hablarle. Hundió la cara entre las manos llenas de cicatrices de su marido.
Durante más o menos una hora, Firoz y Maan permanecieron despiertos. Era como si el mundo se estremeciera debajo de ellos. Ya no se oían disparos, probablemente a resultas del toque de queda, pero el resplandor de las llamas, especialmente en la parte occidental, no cesó en toda la noche.
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