Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 159 de 478

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Un buen partido

Octava Parte

En un pueblo,

bajo el neem juegan unos zagales.

El ganado hambriento

roe los sequedales.

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8.1

Nadie fue a despedir a Maan y a su profesor de urdu, Abdur Rasheed, a la Estación de Brahmpur. Era mediodía. Maan se sentía tan desgraciado que ni siquiera la presencia de Pran o Firoz, ni la de sus amigos de mala nota, habría servido para animarle. Tenía la sensación de que le exiliaban, y no se equivocaba: así era exactamente cómo veían el asunto su padre y Saeeda Bai. Mahesh Kapoor le había dado un ultimátum para que abandonara la ciudad, mientras que Saeeda Bai había sido más sutil. Uno le había coaccionado y la otra le había camelado. Ambos apreciaban a Maan, y ambos querían quitárselo de en medio.

Maan no culpaba a Saeeda Bai, o no demasiado; creía que a ella también se le haría difícil soportar su ausencia, y que al sugerirle que se fuera a Rudhia en lugar de a Benarés lo hacía para mantenerlo, dadas las circunstancias, lo más cerca posible de ella. De todos modos, Maan estaba furioso con su padre, que le había echado de Brahmpur con muy pocas explicaciones, negándose a escuchar su punto de vista y gruñendo de satisfacción cuando Maan le dijo que se marchaba al pueblo de su profesor de urdu.

—Visita nuestra granja mientras estés ahí, me gustaría saber cómo van las cosas —le dijo su padre. A continuación, tras una pausa, añadió, innecesariamente—: Es decir, si te queda tiempo para recorrer unos pocos kilómetros. Sé que vas a convertirte en un estudiante muy aplicado.

La señora Mahesh Kapoor simplemente abrazó a su hijo y le dijo que volviera pronto. En ocasiones, pensó Maan, molesto y decepcionado, hasta el afecto de su madre era insoportable. Era ella quien estaba decididamente en contra de Saeeda Bai.

—No antes de un mes —matizó Mahesh Kapoor. Se sentía aliviado de que Maan, a pesar de su irritación, no le desafiara quedándose en Brahmpur, pero le enojaba cargar con el mochuelo de tener que «dar la cara en Benarés» en todos los sentidos: ante los padre de la prometida de Maan y ante su ayudante en el negocio de telas, quien —y dio

gracias al cielo por esa humilde merced— al menos no era un incompetente. Ya tenía suficientes preocupaciones, y Maan le consumía demasiado tiempo y paciencia.

El andén estaban tan concurrido como siempre. Había pasajeros, amigos, familiares, sirvientes, vendedores ambulantes, empleados del ferrocarril, coolies, vagabundos y mendigos. Se oían lamentos de niños y silbatos. Algunos perros callejeros deambulaban con una mirada lastimera, y los monos mostraban los dientes agresivamente. Un hedor invadía todo el andén. Hacía calor, y los ventiladores de los vagones no funcionaban. Llegó la hora de salida y el tren seguía inmóvil en el andén. Aún tardaría media hora en ponerse en movimiento. En su compartimento de segunda clase, Maan estaba asfixiado de calor, pero no se quejaba. No dejaba de alzar su mirada taciturna hacia su equipaje: una maleta de cuero azul oscura y varias bolsas más pequeñas.

Como se demorara la partida, Rasheed, que en opinión de Maan tenía rasgos de lobo, fue a hablar con unos muchachos que había en otro vagón. Eran estudiantes de la madrasa —o escuela musulmana—

de Brahmpur que regresaban a su pueblo a pasar unos días.

Maan comenzó a tener sueño. Los ventiladores aún no funcionaban, y el tren no daba seriales de ponerse en marcha. Se tocó la parte superior de la oreja, donde se había colocado un pequeño trozo de algodón que contenía una gota del perfume de rosas de Saeeda Bai, y se pasó lentamente la mano por la cara. Estaba empapado en sudor.

Para mitigar la incómoda sensación provocada por el sudor goteándole en la cara, Maan intentó permanecer lo más quieto posible.

El hombre sentado delante de él se abanicaba con un periódico en hindi.

Por fin el tren comenzó a moverse. Atravesó la ciudad durante un rato, entonces pasaron a campo abierto. Cruzaron pueblos y terrenos de labor, algunos resecos, polvorientos y en barbecho, otros amarillos de trigo o verdes de otras cosechas. Los ventiladores comenzaron a girar y todo el mundo pareció aliviado.

En algunos de los campos situados junto a la vía del tren, todavía estaban cosechando el trigo. En otros ya había acabado la faena, y los

secos rastrojos relucían al sol.

El tren se detenía más o menos cada quince minutos en alguna pequeña estación: a veces en mitad de ninguna parte, a veces en un pueblo. Muy esporádicamente paraba en alguna pequeña ciudad, la capital de la comarca que estaban atravesando. Una mezquita o un templo, unos pocos neem, higueras o banianos, un muchacho conduciendo unas cabras por un polvoriento sendero, el súbito resplandor turquesa de un martín pescador: imágenes que a Maan le llegaban vagamente. Tras un rato volvió a cerrar los ojos, y la única sensación-que ocupó su mente fue la de estar separado de la única persona cuya compañía deseaba. No quería ver ni oír nada, sólo evocar las visiones y sonidos de la casa de Pasand Bagh: los deliciosos perfumes de la habitación de Saeeda Bai, el frescor de la noche, el sonido de su voz, la presión de su mano en la suya. Incluso comenzó a pensar con afecto en el periquito y el guardián.

Pero aun cuando cerró los ojos para apartar su mente del árido resplandor de la luz vespertina y de los monótonos campos que se extendían hasta el enorme cuadrante visible de cielo polvoriento, los sonidos del tren siguieron llegándole con un volumen excesivo: el traqueteo del vagón mientras se balanceaba de un lado a otro y ligeramente hacia arriba, el peculiar sonido de cuando atravesaban un pequeño puente, el aire acelerado por un trenque pasaba en dirección contraria, la tos de una mujer o el llanto de un niño, incluso el caer de una moneda o el susurro de un periódico. Todo ello alcanzaba una insoportable intensidad. Reposó la cabeza sobre las manos y se quedó inmóvil.

—¿Te encuentras bien? —Era Rasheed quien le hablaba.

Maan asintió y abrió los ojos.

Miró a los pasajeros y de nuevo a Rasheed. Decidió que estaba demasiado demacrado para ser tan joven. También tenía algunas canas.

Bien, pensó Maan, si yo me estoy empezando a quedar calvo a los veinte años, ¿por qué no puede él empezar a encanecer?

Tras unos minutos preguntó:

—¿Qué tal el agua en tu pueblo?

—¿A qué te refieres?

—Es buena, ¿verdad? —dijo Maan, preocupado. Comenzaba a preguntarse cómo sería la vida en ese pueblo.

—Oh, sí, la bombeamos a mano.

—¿Tenéis electricidad?

Rasheed sonrió un tanto sardónicamente y negó con la cabeza.

Maan quedó en silencio. Las graves implicaciones prácticas de su exilio comenzaron a rondarle la cabeza.

Acababan de detenerse en una pequeña estación. Llenaban de agua los depósitos del tren, y, mientras éste dejaba salir el vapor, el sonido del agua goteando sobre el techo del compartimento a Maan le recordó la lluvia. Quedaban semanas de insoportable calor hasta los monzones.

—¡Moscas!

Era el hombre que estaba sentado junto a Rasheed quien había hablado. Parecía un granjero, y debía de tener unos cuarenta años.

Estaba liando un poco de tabaco en la palma de la mano, ayudándose con el pulgar. Alisó las hebras, lo apretó, eliminó el que sobraba, examinó con cuidado el que quedaba, apartó las impurezas, tomó una pizca, se pasó la lengua por el labio inferior y escupió al suelo por un lado de la boca.

—¿Habla inglés? —dijo, tras unos minutos, en el dialecto local hindi.

Había observado la etiqueta que había en el equipaje de Maan.

—Sí —dijo Maan.

—Sin el inglés no se puede hacer nada —dijo el granjero muy atinadamente.

Maan se preguntó de qué podría servirle el inglés a un granjero.

—¿De qué sirve saber inglés? —dijo Maan.

—¡A la gente le encanta el inglés! —dijo el granjero con una extraña y profunda risita—. Si habla inglés es usted el rey. Para que la gente te respete debes dejarles asombrados. —Volvió la atención a su tabaco.

Maan se sintió tentado de entablar conversación con aquel hombre.

Mientras se esforzaba en pensar qué debía decir, el zumbido de las moscas fue subiendo de volumen. Hacía demasiado calor para pensar, y le fue venciendo el sueño. Hundió la cabeza en el pecho. Al cabo de un minuto se quedó dormido.

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