Un buen partido
9.13
El coche (dentro iban Haresh y el chófer) recogió a la señora Rupa Mehra y a Lata y las llevó a la estación de ferrocarril a primera hora de la mañana siguiente. Pensaban coger el primer tren, pero habían cambiado el horario de la línea Kanpur-Lucknow y lo perdieron.
Intentaron coger un autobús, pero ya no había plazas. Lo único que podían hacer era esperar el tren de las 9.42. Mientras tanto, regresaron a Elm Villa.
La señora Rupa Mehra dijo que algo así jamás hubiera ocurrido en vida de su marido. Entonces los trenes funcionaban como un reloj, y los cambios de horario eran como los cambios de dinastía: trascendentales y escasos. Ahora todo cambiaba al azar: nombres de calles, horarios de trenes, precios, costumbres. Cawnpore y Cachemira habían cambiado su ortografía. Cualquier día se encontraría diciendo Dilli, Kolkota y Mumbai. Y ahora, de manera escandalosa, amenazaban con adoptar el sistema métrico para la moneda, e incluso para los pesos y medidas.
—No se preocupe, mamá —dijo Haresh con una sonrisa—. Desde
1870 que llevan intentando introducir el kilogramo, y probablemente aún les llevará otros cien años.
—¿De verdad lo cree? —dijo la señora Rupa Mehra, complacida.
Para ella los seers significaban algo exacto, las libras algo vago, y los kilogramos nada.
—Sí —dijo Haresh—. Carecemos de sentido del orden, de la lógica o de la disciplina. No me extraña que nos dejáramos gobernar por los ingleses. ¿Tú qué piensas, Lata? —añadió en un tosco intento de atraerla a la conversación.
Pero en aquel momento Lata no tenía ninguna opinión. Estaba pensando en otras cosas. Lo que ocupaba el centro de su atención era el sombrero panamá de Haresh, que (a pesar de que éste se lo había quitado) le parecía excepcionalmente estúpido. Aquella mañana también llevaba un traje de lino irlandés.
Llegaron a la estación un poco antes y se sentaron en el café de la estación. Lata y la señora Rupa Mehra compraron billetes de primera clase para Lucknow: el trayecto era corto y no habla por qué comprar los billetes por anticipado. Haresh les ofreció una taza de chocolate frío Faisán —una bebida holandesa—. Era delicioso, y la expresión de Lata lo expresó cabalmente. Haresh estuvo tan encantado ante su inocente fruición que de pronto dijo:
—¿Puedo acompañarlas a Lucknow? Podría alojarme con la hermana de Simran, v regresar mañana tras despedirlas en el tren de Brahmpur.
Lo que Casi había dicho era: Me gustaría pasar unas horas más con ustedes, aunque eso signifique que otro tenga que encargarse de comprar las pieles de carnero.
La señora Rupa Mehra no consiguió disuadir a Haresh, quien compró un billete para Lucknow. Se aseguró de que el equipaje de las dos mujeres reposara sano y salvo encima y debajo de las literas, de que el mozo de equipajes no las estafara, de que cada una tuviera una revista, de que, en suma, no les faltara de nada. Durante las dos horas de viaje apenas dijo una palabra. Pensaba que la felicidad consistía simplemente en momentos como ése.
Lata, por otro lado, encontraba muy extraño que hubiera mencionado —como una de las razones para acompañarlas a Lucknow
— que planeaba alojarse con la hermana de Simran. A pesar de lo metódico que se mostraba con sus libros y sus cepillos, era un hombre de reacciones inesperadas.
Mientras el tren se detenía en la estación de Lucknow, Haresh dijo:
—Mañana me gustaría serles de alguna ayuda.
—No, no —dijo la señora Rupa Mehra, casi alarmada—. Los billetes ya están reservados. No necesitamos ninguna ayuda. Los reservó mi hijo, el que trabaja en Bentsen Pryce. Viajaremos muy cómodamente. No hace falta que venga a la estación.
Haresh miró a Lata durante unos instantes y estuvo a punto de decirle algo. En lugar de eso, se volvió hacia su madre y dijo:
—¿Puedo escribir a Lata, señora Mehra?
La señora Rupa Mehra estaba a punto de asentir con entusiasmo cuando, conteniéndose, se volvió hacia Lata, quien asintió con bastante gravedad. Habría sido cruel decir que no.
—Sí, puede escribirle, desde luego —dijo la señora Rupa Mehra—.
Y debe llamarme mamá.
—Ahora me gustaría asegurarme de que llegan sanas y salvas a casa del señor Saghal —dijo Haresh—. Buscaré un tonga.
A las dos les resultaba agradable que cuidaran de ellas, y permitieron que Haresh se tomara todas las molestias del mundo.
En quince minutos habían llegado a casa de los Sahgal. La señora Sahgal era prima de la señora Rupa Mehra. Era una mujer de escasa inteligencia, aunque muy afable; tenía cuarenta y cinco años y estaba casada con un conocido abogado de Lucknow.
—¿Quién es este caballero? —preguntó al ver a Haresh.
—Es un joven que conoció a Kalpana Gaur en St Stephen's —dijo la señora Rupa Mehra sin más explicaciones.
—Entonces debe quedarse a tomar el té con nosotras —dijo la señora Sahgal—. Sahgal sahib se enfadará si no lo hace.
La vida almibarada y absurda de la señora Sahgal giraba en torno a su marido. No pronunciaba ninguna frase que no le hiciera referencia.
Algunas personas la consideraban una santa, otras una estúpida. La señora Rupa Mehra recordó que su difunto marido, generalmente un hombre de buenos sentimientos y tolerante, consideraba a la señora Sahgal una completa idiota. Y solía decirlo más colérico que divertido.
El hijo de los Sahgal, que tenía diecisiete años, era deficiente mental. Su hija, de la edad de Lata, era muy inteligente y muy neurótica.
El señor Sahgal se alegró mucho de ver a Lata y a su madre. Era un hombre de costumbres morigeradas y aspecto sensato, con una barba blanca y gris muy recortada. Si se le hubiera retratado carente de expresión, habría parecido un juez. En lugar de dar la bienvenida a Haresh, le lanzó una extraña sonrisa de complicidad. A Haresh le cayó mal enseguida.
—¿Están seguras de que mañana no puedo serles de ninguna ayuda?
—preguntó.
—Seguras del todo, Haresh, Dios le bendiga —dijo la señora Rupa Mehra.
—¿Lata? —dijo Haresh, sonriendo, aunque con una sombra de incertidumbre en el gesto; quizá, por una vez, no estaba seguro del todo de si ella le veía con simpatía o aversión. Ciertamente, las señales que percibía en ella a veces indicaban una cosa y a veces otra, y eso le confundía.
—Sí, muy bien —dijo Lata, como si alguien acabara de ofrecerle una tostada.
Sus palabras sonaron tan desganadas que Lata se sintió obligada a añadir:
—Estaría muy bien. Es una buena manera de llegar a conocernos.
Haresh estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. —Au revoir, pues —dijo, sonriendo. En Inglaterra había ido a unas cuantas clases de francés.
— Au revoir —replicó Lata con una sonrisa.
—¿De qué se ríe? —preguntó Haresh—. ¿Se ríe de mí?
—Sí —dijo Lata, con toda franqueza—. Me río de usted. Gracias.
—¿Por qué me da las gracias? —preguntó Haresh.
—Por este día tan agradable. —Ella miró otra vez sus zapatos marrones y blancos—. No lo olvidaré.
—Yo tampoco —dijo Haresh. A continuación pensó en decir algo más, pero no se le ocurrió nada adecuado.
—Debe aprender a despedirse con más brevedad —dijo Lata.
—¿Tiene algún otro consejo que darme? —preguntó Haresh.
Sí, pensó Lata; al menos siete. En voz alta, dijo:
—Sí. Conduzca por la izquierda.
Agradecido por tan cariñosa banalidad, Haresh asintió; y su tonga avanzó pesadamente hacia la casa de la hermana de Simran.
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