Un buen partido
14.25
Netaji planeaba dar una fiesta la noche siguiente —una comilona para la que tenla otra cabra a punto— en honor de diversas personas importantes de la comarca: la policía, algunos funcionarios de poca monta, etcétera. Intentó convencer a amar para que trajera al director de la escuela de Salimpur. Qamar no sólo se negó de plano, sino que tampoco disimuló su desdén hacia los trasparentes intentos de Netaji por congraciarse con todas las personas distinguidas e influyentes. A lo largo de aquella tarde, Qamar encontró diversas maneras de pinchar a Netaji. En cierto momento se volvió hacia Maan como si fueran amigos de toda la vida y le dijo:
—Supongo que cuando tu padre estuvo aquí, no consiguió quitarse de encima a nuestro Netaji.
—Bueno —dijo Maan reprimiendo una sonrisa—, Baba y él, muy amablemente, le enseriaron Debaria a mi padre.
—Pensé que ocurriría algo parecido —dijo Qamar—. Estaba tomando el té conmigo en Salimpur cuando, por un amigo mío que había pasado por casa, se enteró de que el gran Mahesh Kapoor estaba visitando su villa natal. Bueno, pues ahí acabó de tomarse el té. Netaji sabe qué taza de té es la más dulce. Es tan listo como las moscas que van al esputo de Baba.
Netaji, fingiendo estar por encima de tan burdos sarcasmos, y todavía con la esperanza de conseguir que el director de la escuela asistiera a su fiesta, rehusó hacer visible su enfado, y Qamar abandonó sus pullas, decepcionado.
No mucho después de la comida, Maan tomó un rickshaw hasta Salimpur, donde iba a tomar el tren para Baitar. Quería llegar antes de que Firoz se marchara. Aunque a Firoz, dada su profesión, le era más fácil que a Imtiaz permanecer lejos de Brahmpur, cabía la posibilidad de que tuviera que regresar para presentar algún caso o en respuesta a la llamada de uno de sus jefes en el bufete.
De camino a la estación, a bordo del rickshaw, Maan pasó junto a una atractiva joven que llevaba los pies decorados con henna y que cantaba una canción en el dialecto local. Maan sólo llegó a oír unos cuantos versos mientras se volvía para ver su cara al descubierto.
Oh, marido, vete si quieres,
pero tráeme algo del mercado,
Bermellón para teñirme
la raya de mi peinado.
Ajorcas de Firozabad,
azúcar de palmera,
Y sandalias hechas en Praha
para mis pies de color henna.
Le lanzó a Maan una mirada burlona y colérica mientras éste la observaba con descaro, y el recuerdo de la joven le mantuvo de buen humor hasta su llegada a la Estación de Salimpur.
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