Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 73 de 478

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Un buen partido

5.3

Siguiendo las instrucciones del ministro del Interior, casi todos los policías quedaron apostados en los lugares más conflictivos de Misri Mandi. Aquella tarde, sólo quedaron quince agentes en la comisaría de Chowk. Mientras la llamada a la oración de la mezquita de Alamgiri se propagaba a través del cielo de la tarde, por alguna desgraciada casualidad, o posiblemente por una provocación intencionada, se vio varias veces interrumpida por el sonido de una concha. Normalmente, algo así hubiera sido causa sólo de irritación, pero aquel día era distinto.

Nadie supo cómo los hombres que se iban congregando en las estrechas callejas del barrio musulmán del distrito de Chowk acabaron formando

una

multitud.

En

cierto

momento

caminaban

individualmente o en pequeños grupos a través de las callejas, hacia la mezquita, y a continuación ya se habían congregado en grupos más numerosos, discutiendo excitados las ominosas señales que hablan oído.

Tras el sermón de mediodía, casi nadie propenda a escuchar ninguna voz de moderación. Un par de los miembros más exaltados del Comité Alamgiri Masjid Hifazaat dieron unas cuantas voces para enardecer a las masas; los más violentos e impetuosos se dejaron llevar por la rabia e incitaron a quienes les rodeaban; la multitud aumentó de tamaño a medida que las callejas se unían a callejones mas grandes, y ya no hubo un grupo de personas sino una entidad herida y furiosa, y que no quería ni más ni menos que herir y enfurecer. Hubo gritos de «Allah-u-Akbar»

que podían oírse desde la comisaría. Algunas personas iban armadas con palos. Uno o dos incluso con cuchillos. Ahora ya no se dirigían a la mezquita, sino al templo a medio construir que había al lado. Ahí era donde se había originado la blasfemia, y por ello debía ser destruido.

Puesto que el inspector de policía del distrito estaba ocupado en Misri Mandi, el joven juez de distrito, Krishan Dayal, se había dirigido en persona al edificio rosado de la Jefatura Principal para asegurarse de que no había novedad en la zona de Chowk. Temía ese aumento de la tensión ambiental que a menudo ocurría los viernes. Cuando le llegaron noticias del sermón del imam, le preguntó al kotwal —tal como se

conocía al ayudante del superintendente de policía de la ciudad— qué planes tenía para proteger la zona.

El kotwal de Brahmpur, sin embargo, era un hombre perezoso que lo único que deseaba era cobrar sus sobornos en paz.

—No habrá problemas, señor, créame —le aseguró al juez de distrito

—. Agarwal sahib en persona acaba de llamar por teléfono para decirme que vaya a Misri Mandi a reunirme con el inspector..., de modo que debo marcharme, con su permiso, por supuesto. —Y se despidió con un aire un tanto preocupado, llevándose a dos oficiales de rango inferior, y dejando la kotwali virtualmente a cargo del sargento de guardia—.

Enseguida haré que regrese el inspector —dijo en tono tranquilizador—.

No debería quedarse, señor —añadió intentando congraciarse—. Es tarde. Éstos son tiempos pacíficos. Después de los problemas que hemos tenido en la mezquita, me alegra decir que hemos dominado la situación.

Krishan Dayal, con una fuerza de doce agentes, pensó que aguardaría el regreso del inspector antes de decidir si volvía a casa. Su mujer estaba acostumbrada a que llegara a horas intempestivas, y solía esperarle; no era necesario que la telefoneara. La verdad es que no esperaba ningún disturbio; simplemente percibía que la tensión iba creciendo y que era mejor no correr riesgos. Consideraba que el ministro del Interior se equivocaba en sus prioridades por lo que a Chowk y Misri Mandi se refería; aunque, claro está, el ministro del Interior era el hombre más poderoso del estado después del primer ministro, y él no era más que un juez de distrito.

Estaba sentado esperando, en un estado no de preocupación pero sí de inquietud, cuando oyó que iba a ser rememorado por varios policías en la subsiguiente investigación..., la investigación que un oficial superior lleva a cabo siempre que un magistrado da orden de abrir fuego. Primero oyó los sonidos coincidentes de una concha y de la llamada del muecín a la oración. Eso le preocupó, aunque no mucho, pues los informes que le habían llegado acerca del discurso del imam no incluían la presciente referencia a una concha. Entonces, tras unos momentos, le llegó el distante murmullo de gente dando voces con el acompañamiento de gritos agudos.

Incluso antes de distinguir las sílabas que decían, pudo adivinar lo que gritaban por la dirección de dónde procedían las voces y por la pauta general y fervor del sonido. Envió a un policía a la azotea de la comisaría —tenía tres pisos de altura— para que comprobara dónde se encontraba la multitud. Puede que ésta fuera invisible —oculta como estaba por las casas que se alzaban en aquellas calles laberínticas—, pero la dirección de las cabezas de los espectadores situados en las azoteas le daría su posición. A medida que los gritos de «¡Allah-u-Akbar! ¡Allah-u-Akbar! se acercaban, el magistrado les dijo con urgencia a los agentes que formaran con él una línea —con los fusiles a punto— ante los cimientos de las rudimentarias paredes del solar del Templo de Shiva. Como un destello, a su mente acudió la idea de que, a pesar de su entrenamiento en el ejército, no había aprendido a pensar tácticamente en un ambiente de tumulto. ¿No se le ocurría nada mejor que cumplir con su demente deber de permanecer de espaldas contra un muro y afrontar un riesgo desmesurado?

Los agentes que estaban bajo sus órdenes eran musulmanes y rajputs, pero sobre todo musulmanes. Las fuerzas de policía, antes de la Partición, estaban compuestas en su mayor parte por musulmanes, como resultado de la política imperialista de divide y vencerás: a los británicos le resultaba de ayuda que el Partido del Congreso, donde predominaban los hindúes, pudiera ser vapuleado por una policía predominantemente musulmana. Incluso después del éxodo de 1947, había un gran número de musulmanes en esas fuerzas. No les haría muy felices disparar contra otros musulmanes.

Por lo general, Krishan Dayal creía que aunque no siempre era necesario emplearse con la máxima contundencia, había que dar la impresión de estar dispuesto a hacerlo. Con voz firme les dijo a los policías que debían disparar en cuanto diera la orden. Él mismo estaba ahí, pistola en mano. Pero se sentía más vulnerable que en cualquier otro momento de su vida. Se dijo a sí mismo que un buen oficial, junto con unos hombres en los que pudiera confiar absolutamente, casi siempre podía salir victorioso, pero tenía sus reservas acerca del

«absolutamente», y el «casi» le preocupaba. Una vez que la multitud, aún a varias calles de distancia, doblara la última esquina, se lanzara a la carga y se dirigiera directamente hacia el templo, la policía,

patéticamente ineficaz, se vería desbordada. Un par de hombres ya habían venido a decirle que aquella multitud la componían quizá mil personas, que estaban bien armados y que —a juzgar por su velocidad—

llegarían en dos o tres minutos.

Ahora que sabía que podía estar muerto dentro de un par de minutos —disparara o no— el joven magistrado pensó brevemente en su mujer, a continuación en sus padres, y finalmente en un viejo maestro de escuela que una vez le confiscó una pistola de juguete azul que llevó a clase. Sus errantes pensamientos regresaron a la tierra cuando el agente que estaba a su lado se le dirigió apremiante.

—¡Sahib!

—Sí... ¿Sí?

—Sahib, ¿está decidido a disparar si es necesario? —El sargento de servicio era musulmán; debía de parecerle un tanto raro estar a punto de morir disparando contra un grupo de musulmanes para defender un templo hindú a medio construir que constituía una afrenta a la mismísima mezquita en que él mismo oraba.

—¿A ti qué te parece? —dijo Krishan Dayal con una voz que dejaba las cosas claras—. ¿Tengo que repetir mis órdenes?

—Sahib, si quiere mi consejo —dijo el sargento rápidamente—, no deberíamos quedarnos aquí, donde seremos derrotados. Deberíamos enfrentarnos a ellos en cuanto doblen la última esquina antes del templo, cargar contra ellos por sorpresa y disparar al mismo tiempo. No sabrán cuántos somos ni lo que les cae encima. Hay un noventa por ciento de posibilidades de que se dispersen.

El atónito magistrado le dijo al sargento:

—Usted debería tener mi empleo.

Se volvió a los demás, que parecían petrificados. Inmediatamente les ordenó que corrieran con él hacia la esquina. Se apostaron a cada lado del callejón, a unos cinco metros de la esquina propiamente dicha. La turba estaba a menos de un minuto. El magistrado podía oírles aullando y chillando; podía sentir la vibración de cientos de pies avanzando.

En el último momento dio la señal. Los trece hombres rugieron, cargaron y dispararon.

La feroz y peligrosa multitud, de cientos de personas, se encontró con ese súbito ataque, se detuvo, vaciló, dio media vuelta y huyó. Fue de lo más extraño. A los treinta segundos se había disuelto. En la calle quedaron dos cadáveres: un joven alcanzado por un tiro en la nuca, que estaba agonizando o muerto, y un viejo de barba blanca que se había caído y que la multitud había aplastado al huir. Estaba muy mal herido, quizá sin remedio. Babuchas y palos se desperdigaban por la calle.

Había sangre en diversos lugares del callejón, lo que daba a entender que se había herido, quizá muerto, a otras personas. Posiblemente, amigos o miembros de sus familias habían arrastrado los cadáveres hacia los portales de las casas vecinas. Nadie quería llamar la atención de la policía.

El magistrado miró a sus hombres. Un par de ellos temblaban, casi todos estaban eufóricos. Ninguno parecía herido. Captó la mirada del sargento. Los dos rieron aliviados durante unos segundos. Un par de mujeres se lamentaban en algunas casas vecinas. Por lo demás, todo era paz o, mejor dicho, silencio.

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