Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 265 de 478

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Un buen partido

12.16

—Primero el sherbet, a continuación uno de conversación, más tarde música, y luego ya veremos si el azafrán ha hecho efecto —dijo Saeeda Bol para provocarle—. ¿O necesitas esa botella de whisky que asoma del bolsillo?

El periquito miró a Maan, quien no pareció impresionarle demasiado. Cuando Bibbo entró con las bebidas, pronunció su nombre en voz alta..

—¡Bibbo!

Lo dijo en un tono imperativo, un tanto metálico. Bibbo le lanzó una mirada de pocos amigos. Maan se dio cuenta; el pájaro también le irritaba, y cuando miró a Bibbo, divertido y solidario, sus miradas se encontraron durante un segundo. Bibbo, que era una lianta y una coqueta, le aguantó la mirada antes de dar media vuelta.

Saeeda Bai no se sentía de buen humor.

—Basta, Bibbo, eres una chica mala —dijo Saeeda Bai.

—¿Basta de qué, Saeeda Bai? —preguntó Bibbo, inocente.

—No seas insolente. He visto las miraditas que le echabas al dagh sahib —dijo Saeeda Bai—. Vete enseguida a la cocina y quédate ahí.

—Hay quienes dejan lo esencial en el perchero y se van a pasear con lo accesorio —dijo Bibbo, y tras dejar la bandeja en el suelo, cerca de Maan, dio media vuelta para irse.

—Desvergonzada —dijo Saeeda Bai; a continuación, pensando en el comentario de Bibbo, se volvió enfadada hacia Maan—. Dagh sahib, si la abeja encuentra que el capullo de una flor cualquiera posee más encanto que el tulipán abierto...

—Saeeda begum, me malinterpretas deliberadamente —dijo Maan, un poco mohíno—. Mis palabras, mis miradas...

Saeeda Bai no quería que estuviera mohíno.

—Bébete el sherbet —le aconsejó—. No es tu cerebro lo que debería estar caliente.

Maan probó el sherbet. Era delicioso. Entonces frunció el entrecejo, como si acabara de probar algo amargo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Saeeda Bai,. preocupada.

—Falta algo —dijo Maan, como si catara la bebida.

—¿El qué? —preguntó Saeeda Bai—. Esa Bibbo, se le debe de haber olvidado ponerle miel.

Maan negó con la cabeza y siguió ceñudo.

—Ya sé qué le falta —dijo finalmente.

—¿El Dagh sahib se dignará darnos la solución?

—Música.

Saeeda Bai se permitió una sonrisa.

—Muy bien. Acércame el armonio. Hoy estoy tan cansada que tengo la impresión de que son mis últimos días sobre la tierra.

En lugar de preguntarle a Maan qué deseaba oír, como solía hacer normalmente, Saeeda Bai comenzó a canturrear un ghazal, y sus dedos recorrieron las teclas suavemente. Tras unos instante comenzó a cantar.

De pronto se detuvo, distraída por sus pensamientos.

—Dagh sahib, una mujer sola..., ¿crees que puede defenderse sola en un mundo hostil?

—Mi opinión es que necesita a alguien que la proteja —aseveró Maan, muy gallito.

—Un simple admirador se encontraría con que no puede con todos los problemas. Hay veces en que el problema son los propios admiradores. —Rió con cierta tristeza—. La casa, los impuestos, la comida, pagar a los músicos, un instrumentista que pierde la mano, un terrateniente que pierde sus tierras, uno que tiene que asistir a una boda familiar, uno que ya no puede permitirse la generosidad de antes, una hermana a la que procurarle una educación. En suma, hay que encontrar pronto una buena dote. Y un buen partido.

—¿Te refieres a Tasneem?

—Sí. Sí. ¿Podrías creerte que hay gente que viene a hacerle la corte?

Aquí, a esta casa. Sí, es cierto. Y soy yo, su hermana, su guardián, quien tiene que solucionar todo esto. Ese Ishaq (ahora se ha convertido en el discípulo de Ustad Majeed Khan, de manera que flota en las alturas aun cuando su voz siga siendo de lo más terrenal) viene a visitarla aquí; con la excusa de venir a verme a mí y presentarme sus respetos, es a ella a quien visita. He intentado guardar el periquito en mi habitación. Pero él siempre consigue encontrar una excusa u otra. Y no es una mala persona; pero carece de futuro. Tiene las manos lisiadas, y la voz poco educada. Miya Mitthu canta mejor que él. Incluso la condenada myna de mi madre cantaba mejor.

—¿Hay otros? —preguntó Maan.

—No tienes por qué hacerte el inocente —dijo Saeeda Bai, enfadada.

—Saeeda Bai..., de verdad... —dijo Maan.

—No me refiero a ti. Tu amigo el socialista, que tanto alboroto arma en la universidad para llegar a ser alguien importante.

La descripción no encajaba con Firoz. Maan estaba perplejo.

—Sí, tu joven maulvi, tu profesor de árabe, de cuya hospitalidad has disfrutado, cuyas instrucciones has seguido, cuya compañía has compartido durante semanas. No quieras engañarme con esa expresión de inocencia ultrajada, Dagh sahib, no pretendas engañarme en mi propia casa.

Pero el gesto de Maan sólo podía ser de desconcierto. Jamás se le hubiera ocurrido que Rasheed le hiciera la corte a Tasneem. Saeeda Bai prosiguió..

—Sí, sí, es cierto. A ese joven y devoto estudiante, que no podía acudir a mi llamada porque estaba enseñando un pasaje de las Sagradas Escrituras, ahora se le ha metido en la cabeza que ella está enamorada de él, que Tasneem bebe los vientos por él, y dice que no le queda más remedio que pedirla en matrimonio. Es un lobezno peligroso y astuto.

—De verdad, Saeeda begum, no sabía nada. Hace dos semanas que no le veo —dijo Maan. Observó que el pálido cuello de Saeeda Bai se sonrojaba.

—No me sorprende. Regresó hace dos semanas. Si, como parece ser por tus protestas, hace poco que has llegado...

—¿Que si hace poco? —exclamó Maan—. Apenas he tenido tiempo de lavarme la cara y las manos...

—¿Quieres decir que jamás te lo comentó? No me parece muy verosímil.

—No creas, Saeeda Bai. Es una persona muy seria; ni siquiera quiso enseñarme ningún ghazal. Sí, una o dos veces me habló de socialismo, y de sus métodos para mejorar la economía del pueblo..., pero ¡de amor!

Además, está casado.

Saeeda Bai sonrió.

—¿Ha olvidado Dagh sahib que en nuestra comunidad eso no es ningún obstáculo? —preguntó.

—Oh, sí, claro —dijo Maan—. Por supuesto. Pero..., bueno, no te alegras que él la corteje?

—No —dijo Saeeda Bai en un arrebato de cólera—. No me alegra.

—¿Está Tasneem...?

—No, no lo está, no lo está, y no permitiré que se enamore de un patán de pueblo —dijo Saeeda begum—, Quiere casarse con ella por mi dinero. Así podrá gastárselo construyendo una acequia en su aldea. O

plantando árboles. ¡Arboles!

Todo eso no cuadraba con la idea que Maan se habla hecho de Rasheed, aunque pensó que más valía no contradecir a Saeeda Bai, que en aquel momento estaba indignada.

—Bueno, ¿es que Tasneem no tiene ningún sincero admirador? —

sugirió Maan en tono de broma.

—La cuestión no es que tenga admiradores que la elijan, sino que sean elegidos por mí —dijo Saeeda Bai Firozabadi.

—¿Y no habrá también un nawabzada entre quienes la admiran, aunque sea de lejos?

—¿A quién te refieres exactamente? —preguntó Saeeda Bai, con un peligroso centelleo en los ojos.

—Digamos que a un amigo —dijo Maan, disfrutando de tenerla en ascuas, y admirando el brillo de su expresión: como floretes de esgrima reluciendo al amanecer, pensó. Qué hermosa estaba... y qué maravillosa noche le esperaba.

Pero Saeeda Bai se levantó y se fue a la galería. Se estaba mordiendo la parte interior de la mejilla. Dio un par de palmadas.

—¡Bibbo! —gritó—. ¡Bibbo! ¡Bibbo! Esa estúpida se ha ido a la cocina. Ah —pues Bibbo había venido corriendo por las escaleras ante la nota de urgencia percibida en la voz de su ama—, Bibbo, ¿por fin has decidido obsequiarnos con tu presencia? Hace media hora que te llamo.

Maan se sonrió ante tan encantadora exageración.

—El Dagh sahib está cansado. Acompáñale a la puerta, por favor. —

La voz se le quebró.

Maan se sobresaltó. Pero ¿qué diantres le ocurría a Saeeda begum?

La miró, pero ella había desviado la cara. No sólo parecía furiosa, sino profundamente alterada.

Debe de ser por mi culpa, pensó Maan. He metido la pata irremediablemente con algo que he dicho o hecho. Pero ¿qué ha sido?, se preguntó. ¿Por qué la idea de que un nawabzada hiciera la corte a Tasneem preocupaba tanto a Saeeda Bai? Después de todo, nadie más opuesto a un patán de aldea que Firoz.

Saeeda Bai pisó junto a él, recogió la jaula y regresó a su dormitorio, cerrando la puerta tras ella. Maan se había quedado de piedra. Miró a Bibbo. Ella también estaba atónita. Ahora fue Bibbo quien le transmitió su solidaridad.

—A veces pasan esto cosas —dijo Bibbo, aunque, de hecho, rara vez ocurrieran—. ¿Qué ha hecho? —preguntó con gran curiosidad. Su ama era imperturbable. Ni las recientes impertinencias y malos modos del

rajá de Mahr (que se encontraba de un humor de perros a causa del caso de la abolición del zamindari) habían conseguido afectarla de ese modo.

—Nada —dijo Maan, mirando fijamente la puerta cerrada. Tras un minuto dijo, en voz baja, como si hablara consigo mismo—. No me creo que hable en serio. —Y se dijo, yo, por mi parte, no pienso dejar que me eche de este modo. Fue hacia la puerta de su dormitorio.

—Oh, Dagh sahib, por favor, por favor... —gritó Bibbo, horrorizada.

El dormitorio, cuando Saeeda Bai entraba, era un lugar sacrosanto.

—Saeeda begum —dijo Maan con una voz tierna y desconcertada

—, ¿qué he hecho? Por favor, perdóname. ¿Por qué estás tan enfadada conmigo? ¿Es por Rasheed..., por Firoz..., o qué?

No hubo respuesta.

—Por favor, Kapoor sahib —dijo Bibbo, levantando la voz e intentando mostrar firmeza.

—¡Bibbo! —La voz metálica e imperiosa del periquito llegó del otro lado de la puerta. Bibbo soltó una risita.

Ahora Maan intentaba abrir la puerta, pero el pomo no giraba. Debe de haber cerrado por dentro, pensó furioso. En voz alta, dijo:

—Me tratas de un modo injusto, Saeeda begum; primero me prometes el cielo y luego me arrojas al infierno. He venido a verte nada más llegar, lo único que he hecho antes ha sido bañarme y afeitarme. Al menos dime por qué estás tan disgustada.

Se oyó la voz de Saeeda Bai al otro lado de la puerta:

—Vete, por favor, Dagh sahib, ten compasión de mí. Hoy no puedo verte. No puedo darte razones para todo.

—En tu carta no me diste ninguna razón para tenerme alejado, y ahora que estoy aquí...

—¡Bibbo! —ordenó el periquito—. ¡Bibbo! ¡Bibbo!

Maan comenzó a aporrear la puerta.

—¡Déjame entrar! Habla conmigo, por favor, y por amor de Dios, haz callar a ese periquito idiota. Sé que te sientes mal. ¿Cómo crees que

me siento yo? Me has dado cuerda como si fuera un reloj, y ahora...

—Si quieres volver a verme —dijo Saeeda Bai desde su dormitorio, con voz llorosa—, vete inmediatamente. O le diré a Bibbo que llame al guardián. Sin querer me has hecho daño. Acepto que fue sin querer.

Ahora tú debes aceptar que me has hecho daño. Por favor, vete. Vuelve otro día. Basta, Dagh sahib..., por amor de Dios..., si deseas volver a verme.

Maan, ante tal amenaza, dejó de aporrear la puerta y fue hacia la galería, reprimiendo sus emociones y totalmente perplejo. Estaba tan ensimismado que ni siquiera dijo que se iba ni se despidió. No entendía nada. Era como si una granizada cayera repentinamente del cielo. Y, además, estaba claro que no lo hacía para coquetear.

—Pero ¿qué ha hecho? —insistió Bibbo, un poco asustada ante el estado de ánimo de su ama, pero disfrutando de aquel drama. ¡Pobre Dagh sahib! Jamás había visto a nadie aporrear la puerta de Saeeda Bai.

¡Qué pasión!

—Nada —dijo Maan, sintiéndose frustrado y maltratado—. Nada en absoluto. —Desde luego, no se había pasado semanas exiliado en el campo para esto. Unos minutos antes ella le había prometido virtualmente una noche de ternura y éxtasis, y ahora (sin razón alguna) había decidido no sólo incumplir su compromiso, sino encima lanzarle amenazas sentimentales.

—Pobre Dagh sahib —dijo Bibbo, contemplando el rostro atónito pero atractivo de Maan—. Se le ha olvidado el bastón. Aquí está.

—Oh..., tienes razón —dijo Maan.

Mientras bajaban las escaleras, ella procuró rozarle, enseguida apretarse contra él. Bibbo se puso de puntillas y llevó sus labios a la cara de Maan. Éste no pudo evitar besarla. Se sentía tan frustrado que de inmediato habría hecho el amor con cualquiera de una manera frenética y apasionada, incluso con Tahmina Bai.

Qué muchacha tan comprensiva es Bibbo, pensó Maan mientras, durante un minuto, la besaba y abrazaba. Y también es inteligente. Sí, no es justo, no es justo, y ella se da cuenta.

Pero quizá Bibbo no era tan inteligente. Se estaban besando en el descansillo, y el alto espejo llevaba su reflejo a la galería. Tras su fogosa cólera, Saeeda Bai se arrepintió fogosamente de haber tratado a Maan de ese modo. No quería que éste se marchara dudando del afecto que sentía por él, y pensó despedirle de la galería mientras Maan cruzaba el vestíbulo. Pero cuando miró escaleras abajo vio que Maan aún no había llegado al vestíbulo porque alguien le retenía, y la escena le hizo morderse el labio inferior hasta casi sangrar.

Se quedó paralizada. Tras unos minutos, Maan volvió en sí y se soltó. La hermosa Bibbo, con una risita, le acompañó a la puerta.

Tras despedir a Maan, Bibbo cruzó el vestíbulo y subió las escaleras para llevarse los vasos de sherbet que había en la salita de Saeeda Bai.

La begum sahiba probablemente estaría una hora en la cama, y saldría en cuanto le entrara hambre, pensó. Soltó otra risita al recordar el beso.

Todavía reía tontamente cuando llegó a la galería. Allí vio a Saeeda Bai.

Con sólo ver la expresión de su cara, se le heló la risita.

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