Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 48 de 478

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Un buen partido

3.9

Lata llegó al número 20 de Hastings Road a la cinco del día siguiente. Esa mañana había tenido su último examen. Estaba convencida de que no le había ido bien, pero cuando comenzaba a inquietarse, pensó en Kabir y al instante se sintió animada. Ahora miraba a su alrededor, buscándole entre el grupo de unos quince hombres y mujeres que estaban sentados en la sala de estar del señor Nowrojee, la habitación donde, desde tiempo inmemorial, se habían celebrado las reuniones semanales de la Sociedad Literaria de Brahmpur. Pero, o bien Kabir no había llegado todavía, o había cambiado de opinión.

La habitación estaba llena de butacas de tapicería estampada y de cojines también estampados.

El señor Nowrojee, un hombre delgado, bajo y amable, con una inmaculada barba blanca de chivo y un inmaculado traje gris claro, presidía la reunión. Al observar que Lata era una cara nueva, se presentó y le dio la bienvenida. Los demás, que estaban sentados o de pie en pequeños grupos, no le prestaron atención. Sintiéndose incómoda al principio, fue hasta una ventana y contempló el jardín, pequeño y cuidado, con un reloj de sol en el medio. Sentía tantos deseos de ver a Kabir que vehementemente apartó de su cabeza la eventualidad de que no asistiera a la reunión.

—Buenas tardes, Kabir.

—Buenas tardes, señor Nowrojee.

Lata se dio la vuelta ante la mención del nombre de Kabir y el sonido de su voz, susurrante y agradable, y le mostró una sonrisa tan alegre que él se llevó la mano a la frente y reculó, tambaleándose, unos cuantos pasos.

Lata no supo cómo tomarse su payasada, que felizmente nadie más observó. El señor Nowrojee estaba sentado ahora en una mesa oblonga, en un extremo de la sala, tosiendo suavemente para llamar la atención.

Lata y Kabir se sentaron en un sofá, cerca de la pared más alejada de la

mesa. Antes de poder decirse nada el uno al otro, un hombre de mediana edad, con una cara rolliza, jovial y de ojos vivos, les entregó unas hojas copiadas al carbón en las que parecía haber unos poemas.

—Makhijani —dijo misteriosamente al pasar.

El señor Nowrojee bebió un poco de agua de uno de los tres vasos que había delante de él.

—Queridos miembros de la Sociedad Literaria de Brahmpur, amigos

—dijo con una voz que apenas llegaba al lugar en que Lata y Kabir estaban sentados—, nos hemos congregado aquí para la sesión número 1.689 de nuestra sociedad. Declaro abierta la sesión.

Miró por la ventana con melancolía y se limpió las gafas con un pañuelo. A continuación prosiguió:

—Recuerdo cuando Edmund Blunden hablaba en estas sesiones.

Decía... y he recordado sus palabras hasta este mismísimo día... decía...

El señor Nowrojee hizo una pausa, tosió, bajó la mirada hacia la hoja de papel que tenía delante. Su piel parecía tan delgada como el papel.

Siguió diciendo:

—Sesión 1.698. Algunos miembros de la sociedad recitarán sus propios poemas. Ya veo que se han repartido algunas copias. La próxima semana, el catedrático O. P. Mishra, del Departamento de Inglés, nos leerá una conferencia sobre el tema: «¿Adónde vas, Eliot?»

Lata, que disfrutaba con las conferencias del catedrático Mishra a pesar de que, en su mente, siempre lo veía cubierto de color rosa, pareció interesada, aunque el título era un poco desconcertante.

—Tres poetas nos leerán su obra en el día de hoy —prosiguió el señor Nowrojee—, después de lo cual espero que se unan a nosotros para tomar el té. Lamento ver que mi joven amigo el señor Sorabjee no ha podido hacer un hueco en sus obligaciones para venir —añadió en un tono de amable reprimenda.

El señor Sorabjee, de cincuenta y cinco años y, al igual que el propio señor Nowrojee, parsi, ocupaba el cargo de jefe de estudios de la

Universidad de Brahmpur. Rara vez se perdía una reunión de las sociedades literarias de ninguna de las facultades de la ciudad. Pero siempre procuraba evitar las reuniones en que los miembros leían en voz alta sus producciones literarias.

El señor Nowrojee sonrió de manera un tanto vacilante.

—Los poetas que van a leer hoy sus obras son el doctor Vikas Makhijani, la señora Supriya Joshi...

—Shrimati Supriya Joshi —dijo una atronadora voz femenina. La señora Joshi, de amplios pechos, se había puesto en pie para hacer la corrección.

—Eh..., sí, nuestra, eh..., talentosa poetisa Shrimati Supriya Joshi, y, naturalmente, yo mismo, el señor R. P. Nowrojee. Como ya estoy sentado a la mesa, me arrogaré la prerrogativa de leer mis propios poemas en primer lugar, como aperitivo a los platos más sustanciosos que vendrán después. Bon appetit. —Se permitió una risita sofocada, triste y bastante fría, antes de aclararse la garganta y dar otro sorbo de agua—. El primer poema que voy a leer se titula «Pasión acechante» —

dijo el señor Nowrojee un tanto remilgadamente. Y leyó el siguiente poema:

Me acecha una delicada pasión,

cuyo fantasma jamás ha de morir.

Las hojas del otoño se han vuelto cenicientas:

me acecha una delicada pasión.

Y también la primavera, a su modo,

me consume con su tierna canción de amor, y así

me acecha una delicada pasión,

cuyo fantasma jamás ha de morir.

Cuando el señor Nowrojee acabó de leer su poema, pareció refrenar varonilmente sus lágrimas. Miró hacia el jardín, hacia el reloj de sol, y, recobrando la serenidad, dijo:

—Esto que les he leído era una letrilla amorosa. Ahora les leeré una balada. Se titula «Llamas sepultadas».

Tras haber, con menguante vigor, leído éste y otros tres poemas de talante similar, hizo una pausa, vacío ya de emociones. Entonces se levantó, como aquel que ha viajado hasta un destino infinitamente lejano y está agotado, y se sentó en una butaca no lejos de la mesa del orador.

En el breve intervalo que hubo entre su lectura y la del siguiente orador, Kabir observó a Lata inquisitivamente, y ella le lanzó una mirada llena de sarcasmo. Ambos intentaban controlar la risa, y el mirarse no les ayudaba.

Afortunadamente, el hombre de aspecto rollizo y satisfecho que les había entregado los poemas ahora se dirigía apresuradamente hacia la mesa del orador y, antes de tomar asiento, sólo dijo una palabra:

—Makhijani.

Tras haber anunciado su nombre, pareció incluso más satisfecho que antes. Hojeó sus papeles con una expresión tic intensa y grata concentración, a continuación le sonrió al señor Nowrojee, que se encogió en su silla como un gorrión acurrucándose en su nido antes de una tormenta. Semanas atrás, el señor Nowrojee intentó disuadir al doctor Makhijani de que leyera su obra, pero éste se ofendió de tal modo que finalmente tuvo que ceder. Pero el día anterior, tras leer una copia de los poemas, deseó de todo corazón que el banquete hubiera finalizado con el aperitivo.

—Himno a la Madre India —dijo el doctor Makhijani en tono sentencioso, a continuación lanzó una sonrisa al público. Se inclinó hacia adelante con la concentración de un robusto herrero y leyó su poema, incluyendo los números de cada estrofa, que martilleaba como si fueran herraduras.

1. ¿Quién no se ha amamantado de niño

De los gozosos pechos de su Madre, vistiera sedas o con desaliño?

Amor de amable Madre que nos da su calostro.

En palabras del poeta, Madre ante ti me postro.

2. Al final del día, a cuántos pacientes el doctor ha tratado.

Cuántos corazones oye, pero ¿es que el suyo no se ha lamentado?

¿Dónde está el doctor que pueda curar mi mal?

¿Por qué sufres, Madre? ¿A quién podemos culpar?

3. Su atavío por el Monzón empapado,

como la dulce Savitri que los hijos a Yama15 ha arrebatado salvando a millones de la muerte,

liderando una nación casta y fuerte.

4. Desde las orillas de Kanyakumari hasta Cachemira,

desde el tigre de Assam hasta el elefante que todos admiran, el alba de la libertad baña a nuestra Madre, lava su faz

y ante sus ojos negros discurre el Ganges, tenaz.

5. ¿Cómo describir la esclavitud de la Madre pura

que el leguleyo perverso en el potro tortura?

Ingleses asesinos, indios sonrientes y esclavos:

hasta la muerte lucharemos por arrancarnos estos clavos.

Mientras leía la estrofa anterior, el doctor Makhijani pareció presa de una honda agitación, pero la siguiente le devolvió a la ecuanimidad: 6. Con orgullo de los héroes os voy a hablar,

leche materna nutre sus pechos, nada les ha de desanimar.

Luchan feroces, al enemigo se enfrentan.

Y el estado indio firmemente cimentan.

Asintiéndole al nervioso señor Nowrojee, el doctor Makhijani ahora glorificaba a su homónimo, uno de los padres del movimiento. de liberación de la India:

7. Dadabhai Naoroji fue elegido diputado

por el distrito de Finsbury, gracia que el cielo le ha otorgado.

Pero los turgentes pechos de su Madre no olvidaba: vivía en Occidente pero con la India soñaba.

Lata y Kabir se miraron el uno al otro con una mezcla de deleite y horror.

8. B. G. Tilak de Maharashtra siempre proclamaba:

«La autodeterminación es mi derecho», eso reclamaba.

Pero sus crueles captores a una sofocante celda lo llevaron, en las mazmorras de Mandalay, durante seis años lo encerraron.

9. «Sois la vergüenza de vuestra madre», profirió al audaz bengalí.

Pistola terrorista en manos de la diosa Kali.

El sari de Draupadi, 16 había que verlo, los blancos Duryodhanas17 se ríen para escarnecerlo.

Ante tan intensos versos, al doctor Makhijani le tembló la voz de beligerancia. Varias estrofas después, se centró en figuras del presente y el pasado más inmediato:

26. El Mahatma llegó como lluvia de verano;

Barriendo estiércol y suciedad, ahí estaba M. K. Gandhi, ufano.

Su asesinato ha enturbiado la paz y hasta qué grado.

Respeto y aflicción me mancillan y me mantienen levantado.

En este punto, el doctor Makhijani se puso en pie como señal de veneración, y así permaneció durante las tres estrofas siguientes: 27. Y cuando por fin a los ingleses hicimos marchar,

nuestro primer ministro fue Jawahar.

Entre un resplandor rosado llegó al trono gozoso,

y dio a nuestra India un nombre glorioso.

28. Le veneran musulmanes, hindúes, sijs, budistas.

Y le respetan parsis, cristianos y jainistas.

Blanco de todas las miradas, posee un porte real, nadie duda que es el gobernante ideal.

29. Todos somos amos, cada uno un rajá o una raní.

No hay esclavos, ni clases sociales, dice Makhijani.

Libertad, igualdad, fraternidad y justicia constitucional.

Nuestros problemas solucionaremos dentro de este marco legal.

En la tradición de la poesía hindú o urdu, el bardo había introducido su propio nombre en la última estrofa. A continuación se sentó, enjugándose el sudor de la frente, y sonriendo muy satisfecho.

Kabir había estado garabateando una nota. Se la pasó a Lata; sus manos se tocaron accidentalmente. Aunque le costaba un gran esfuerzo aguantarse la risa, sintió un arrebato de emoción al tocarle. Fue él quien, tras unos segundos, retiró la mano, y entonces ella vio lo que él había escrito:

Del 20 de Hastings Road pronto habrá que escapar

aunque todos los poetas laureados del mundo vengan a declamar.

No abandones mi amistad. Rechaza conmigo, sí,

el poético reino del señor Nowrojee.

No llegaba a la altura de los versos del doctor Makhijani, pero iba al grano. Lata y Kabir, como si obedecieran a una señal, se pusieron en pie rápidamente y, antes de poder ser interceptados por un defraudado doctor Makhijani, llegaron a la puerta principal.

Fuera, en la tranquila calle, rieron con ganas durante unos minutos, citándose el uno al otro fragmentos del patriótico himno del doctor Makhijani. Cuando se desvanecieron sus carcajadas, Kabir le dijo:

—¿Quieres ir a tomar un café? Podríamos ir al Danubio Azul.

Lata, preocupada por la eventualidad de encontrarse a algún conocido y pensando ya en la señora Rupa Mehra, dijo:

—No, de verdad que no puedo. Tengo que volver a casa. A casa de mi madre —añadió maliciosa.

Kabir no podía apartar sus ojos de ella.

—Pero si ya has acabado los exámenes —dijo—. Deberías estar celebrándolo. A mí, en cambio, aún me quedan dos.

—Ojalá pudiera. Pero encontrándome aquí contigo ya he dado un paso muy temerario.

—Bueno, al menos volveremos a vernos la semana que viene, ¿o no?

Para: «¿Adónde vas, Eliot?» —Kabir hizo un gesto ampuloso, casi como un petimetre de la corte, y Lata sonrió.

—Pero ¿vas a estar en Brahmpur el viernes que viene? —preguntó ella—. Las vacaciones...

—Ah, sí —dijo Kabir—. Yo vivo aquí.

No tenía muchas ganas de despedirse, pero lo hizo por fin.

—De manera que el viernes que viene entonces._ o antes —dijo, montando en su bicicleta—. ¿Estás segura de que no quieres que te lleve a ninguna parte? En mi bicicleta pueden ir dos. Con manchas o sin manchas de tinta, estás muy guapa.

Lata miró a su alrededor, ruborizándose.

—No, estoy segura. Adiós —dijo—. Y... bueno... gracias.

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