Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 96 de 478

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Un buen partido

6.10

Al llegar a casa, Firoz decidió hablar con su padre. Estaba mucho menos enojado que inmediatamente después de su diálogo con Murtaza Ali, aunque igual de perplejo. Tenía la impresión de que el secretario de su padre había malinterpretado, o al menos exagerado, las palabras de su padre. ¿Cuál debía de haber sido la intención de éste al dar unas instrucciones tan peculiares? ¿Afectaban también a Imtiaz? Si era así,

¿por qué su padre se mostraba tan protector con ellos? ¿De qué les creía capaces? Firoz consideró que quizá debería tranquilizarle.

Al no encontrar a su padre en su habitación, dedujo que habría ido a la zenana a hablar con Zainab, y decidió no ir allí. Y acertó totalmente al no hacerlo, pues el nawab sahib estaba hablando con ella de un asunto tan Personal que la presencia de terceros, aunque se tratara de un hermano tan querido, habría puesto un brusco punto final a la conversación.

Zainab, que tanto valor mostrara cuando la Casa de Baitar fue asediada por la policía, estaba ahora sentada junto a su padre, afligida y sollozando en silencio. El nawab sahib la rodeó con sus brazos y puso una expresión de intensa amargura.

—Sí —la consolaba cariñosamente—, he oído rumores de que sale mucho. Pero no hay que tomarse en serio lo que dice la gente.

Zainab no dijo nada al principio, a continuación, cubriéndose la cara con las manos, dijo:

—Abba-jaan, sé que es cierto.

El nawab sahib le acarició el pelo suavemente, recordando los días en que Zainab tenía cuatro años y se sentaba en su regazo siempre que algo la inquietaba. Le amargaba de modo intolerable el que su yerno, mediante sus infidelidades, causara tanto dolor a su hija. Rememoró su propio matrimonio, recordando a aquella mujer práctica y afable a la que durante años apenas llegó a conocer, y que, en los últimos años de su convivencia, mucho después del nacimiento de sus tres hijos, ganó enteramente su corazón. Todo lo que le dijo a Zainab fue:

É

—Ten paciencia, como tu madre. Él volverá algún día.

Zainab no levantó la mirada, aunque la asombró que su padre invocara el recuerdo de su madre. Tras unos instantes, el nawab sahib añadió, casi como si hablara consigo mismo:

—Me di cuenta demasiado tarde de lo mucho que valía esa mujer.

Dios la tenga en su gloria.

Durante muchos años, el nawab sahib visitó la tumba de su esposa

;siempre que le fue posible, y nunca dejó de leer la fatiha ante ella. Y, ciertamente, la vieja begum sahiba había sido una mujer extraordinaria.

Había .portado estoica los rumores que le llegaban acerca de las correrías juveniles del nawab, se había encargado eficazmente de la administración de sus bienes desde las paredes de su reclusión, había soportado su posterior Fase religiosa (no tan excesiva, por suerte, como la de su hermano menor) y había educado a sus hijos y ayudado a educar a sus sobrinos y sobrinas sobre los pilares de la disciplina y la cultura. Su influencia en la zenana había sido tan dispersa como poderosa. Había leído y, a pesar de ello, había pensado.

De hecho, era probable que los libros que le prestó a su cuñada Abida plantaran las primeras semillas de rebeldía en aquel corazón descontento e irritable. Aunque a la madre de Zainab jamás se le ocurrió abandonar la zenana, era sólo su presencia la que la hacía soportable para Mida. Cuando murió la mujer del nawab sahib, Abida convenció a su marido —y al hermano mayor de éste, el propio nawab sahib—, mediante razonamientos, engatusamientos y amenazas de suicidio (que habría sido capaz de llevar a cabo, y todos lo sabían) para que le permitiera huir de lo que le parecía una atadura intolerable.

Abida, cuya presencia siempre inflamaba pasiones en la legislatura, sentía poco respeto por el nawab sahib, quien, en su opinión, era una persona débil e incompetente que (de nuevo, en su opinión) había conseguido aniquilar en su mujer todo deseo de abandonar el purdah.

Pero sentía un gran afecto por los hijos del nawab: por Zainab, porque su carácter era como el de su madre; por Imtiaz, porque se parecía a ésta en su manera de reír y en muchos de sus gestos, y por Firoz, cuya cabeza alargada y de rasgos bien perfilados y atractivos llevaba la impronta del rostro de su madre.

La doncella trajo a Hassan y Abbas, y Zainab les deseó las buenas noches con un beso teñido de lágrimas.

Hassan, que parecía levemente mohíno, le dijo a su madre:

—¿Quién te ha hecho llorar, ammi-jaan?

Su madre, sonriendo, la abrazó y le dijo:

—Nadie, encanto. Nadie.

A continuación, Hassan le reclamó a su abuelo el cuento de fantasmas que le había prometido varias noches antes. El nawab sahib consintió. Mientras éste narraba su historia, excitante y bastante sangrienta, ante el deleite de los dos muchachos, incluso del que tenía tres años, se puso a reflexionar sobre los muchos cuentos de fantasmas que estaban asociados a esa casa, y que de niño le habían contado los sirvientes y la familia. Unas pocas noches atrás, la casa y todos sus recuerdos se habían visto enfrentados a la amenaza de su desaparición.

Nadie había sido capaz de evitar aquella irrupción, y sólo se había salvado por azar o por la gracia de Dios. Todos estamos solos, pensó el nawab sahib; por suerte, rara vez somos conscientes de ello.

Se acordó de su viejo amigo Mahesh Kapoor, y pensó que en momentos de infortunio a veces ocurría que ni esos que deseaban ayudarte lo conseguían. Quizá algo le atara de pies y manos; quizá cuestiones de conveniencia política o circunstancias de más peso le habían impedido intervenir, tal como habría sido su deseo.

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