Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 132 de 478

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Un buen partido

7.19

Aquella noche, en la misma habitación, el juez Chatterji, que llevaba un dhoti-kurta en lugar de su corbata negra de la velada anterior, les dijo a sus dos hijos mayores:

—Bueno, Amit..., Dipankar... Os he llamado porque tengo algo que deciros a los dos. He decidido hablar con vosotros a solas porque vuestra madre enseguida se pone sentimental, lo cual no resulta de gran ayuda. Se trata de asuntos financieros, nuestras inversiones familiares, propiedades, etcétera. He llevado todos estos asuntos hasta hoy, durante más de treinta años, pero con todo el trabajo que tengo en el tribunal me resulta una carga muy pesada, y ha llegado el momento en que uno de vosotros dos me releve de esas obligaciones. Esperad, esperad. —El juez Chatterji alzó una mano—. Dejadme acabar, entonces podréis hablar.

Lo que no va a cambiar es mi decisión de traspasaros esa responsabilidad. El número de casos que llegan al tribunal (y lo mismo ocurre con todos mis colegas) ha aumentado considerablemente durante el último año, y, bueno, ya no soy tan joven. Al principio simplemente pensaba decirte a ti, Amit, que te encargaras de todo. Eres el mayor, en buena ley, es tu deber. Pero tu madre y yo hemos discutido el tema largo y tendido, hemos tenido en cuenta tus intereses literarios, y estamos de acuerdo en que no ha de recaer todo el peso sobre ti. Has estudiado leyes (ejerzas o no), y tú, Dipankar, tienes un título de económicas.

Nadie mejor cualificado para encargarse de las propiedades de la familia..., espera un segundo, Dipankar, aún no he terminado..., y los dos sois inteligentes. De manera que esto es lo que hemos decidido. Si tú, Dipankar, le das alguna utilidad a tu título de economía en lugar de concentrarte en el..., bueno, en el lado espiritual de las cosas, tanto mejor. Si no, me temo, Amit, que esa labor recaerá sobre ti.

—Pero, baba... —protestó Dipankar, parpadeando de inquietud—, un título de económicas es la peor cualificación posible para dirigir nada. Es la disciplina más inútil y menos práctica del mundo.

—Dipankar —dijo su padre, no muy complacido—, has estudiado durante varios años y debes de haber aprendido algo, desde luego más

que yo, acerca de cómo se manejan los asuntos económicos. Yo, sin tus estudios, durante muchos años con la ayuda de Buswas babu, y ahora en gran medida sin ella, conseguí encargarme de todo. Aun en el caso de que, como dices, un título de economía no resulte de ninguna ayuda, tampoco creo que sea un impedimento. Y desde luego, me resulta una novedad oírte decir que las cosas poco prácticas son inútiles.

Dipankar no dijo nada. Tampoco Amit.

—¿Y bien, Amit? —preguntó el juez Chatterji.

—¿Qué puedo decir, baba? —dijo Amit—. No deseo que sigas haciendo ese trabajo. Supongo que no me había dado cuenta de que debía de exigirte mucho tiempo. Pero también es cierto que mis intereses literarios no son sólo intereses, son una vocación..., una obsesión, casi. Si se tratara simplemente de mi parte de la propiedad, la vendería, pondría el dinero en el banco y viviría de los intereses, y si eso no fuera suficiente dejaría que fuera menguando mientras seguía trabajando en mis novelas y poemas. Pero, en fin, no es ése el caso. No podemos poner en peligro el futuro de todos: de Tapan, de Kuku, de mamá, y hasta cierto punto también el de Meenakshi. Supongo que me alegro de que al menos exista una posibilidad de poder eludir la responsabilidad,.., es decir, si Dipankar...

—¿Por qué no hacemos un poco cada uno? —preguntó Dipankar, volviéndose hacia Amit.

El padre negó con la cabeza.

—Eso sólo causaría confusión y dificultades en la familia. Ha de ser uno u otro.

Los dos parecían abatidos. El juez Chatterji se volvió hacia Dipankar y prosiguió:

—Sé que tu máximo interés en la actualidad es ir al Pul Mela, y, por lo que sé, el sumergirte varias veces en el Ganges podría ayudarte a tomar una decisión en uno u otro sentido. En cualquier caso, estoy dispuesto a esperar unos meses más, digamos hasta finales de año, para que podáis reflexionar sobre el tema y llegar a un acuerdo. Mi opinión es que deberíais comenzar a trabajar en una empresa, en un banco, preferiblemente; entonces todo esto probablemente ya os vendría de por

mano. Pero como Amit te dirá, mi visión de las cosas no es siempre razonable, y, sea razonable o no, no siempre es aceptable. Bueno, pues si Dipankar no está de acuerdo, entonces, Amit, tendrás que encargarte tú.

Aún tardarás un año o dos en acabar tu novela, y yo no puedo esperar tanto. Tus actividades literarias tendrán que pasar a un segundo plano.

Los dos hermanos no se miraron.

—¿Crees que estoy siendo injusto? —preguntó el juez Chatterji en bengalí, con una sonrisa.

—o, claro que no, baba —dijo Amit intentando sonreír, pero sólo N

consiguió parecer profundamente preocupado.

7.20

Arun Mehra llegó a su oficina de Dalhouise Square no mucho des—

pues de las 9.30. Nubes negras cubrían el cielo y llovía a cántaros.

La p

lluvia barría la enorme fachada del Writer's Building, y contribuía con su caudal a llenar la enorme alberca que había en mitad de la plaza.

—Maldito monzón.

Salió del coche dejando dentro su portafolios y protegiéndose con el Statesman. Su sirviente, que estaba de pie junto a la entrada del edificio, dio un respingo al ver el pequeño coche azul de su amo. Llovía con tanta intensidad que casi no lo vio hasta que se detuvo. Con gran agitación abrió el paraguas y se apresuró a proteger al sahib. Llegó un segundo o dos tarde.

—Maldito idiota.

El sirviente, aunque unos diez centímetros más bajo que Arun Mehra, se esforzó en mantener el paraguas sobre la sagrada cabeza de Arun mientras éste se adentraba lentamente en el edificio. Tomó el ascensor y le asintió al ascensorista con aire preocupado.

El sirviente regresó corriendo al coche a recoger el portafolios de su amo, y subió las escaleras del inmenso edificio hasta el segundo piso.

Las oficinas de los directivos de la agencia comercial Bentsen & Pryce, más popularmente conocida como Bentsen Pryce, ocupaban toda la segunda planta.

Desde allí los ejecutivos de la compañía controlaban su participación en el comercio de la India. Aunque Calcuta ya no era lo que había sido antes de 1912 —la capital del gobierno de la India—, todavía se la podía considerar, casi cuatro décadas más tarde y casi cuatro años después de la Independencia, la capital comercial del país.

Más de la mitad de las exportaciones de la India bajaban por el cenagoso río Hooghly hasta la Bahía de Bengala. Las agencias comerciales con sede en Calcuta, como por ejemplo Bentsen Pryce, manejaban la mayor parte del comercio exterior de la India; además controlaban una parte importante de la producción de bienes fabricados o manufacturados en el interior de Calcuta, así como los servicios —los seguros, por ejemplo— consistentes en asegurar que nada perturbara los tersos canales del comercio.

Era corriente que las agencias comerciales participaran en el control de las industrias, y las supervisaran desde las oficinas de los directivos.

Casi sin excepción, estas agencias estaban en manos de los ingleses, y, casi sin excepción, los ejecutivos de esas agencias comerciales que había cerca de Dalhousie Square —el corazón comercial de Calcuta— eran blancos. Quienes en última instancia controlaban todo ese circuito económico eran los directivos de la oficina de Londres y los accionistas de Inglaterra, aunque éstos generalmente se contentaban con dejarlo todo en manos de la dirección de Calcuta, siempre y cuando siguieran afluyendo beneficios.

Los tentáculos de la empresa eran largos y poderosos, y el trabajo resultaba interesante y bien remunerado. La Bentsen Pryce operaba en los siguientes campos, tal como afirmaba uno de sus anuncios publicitarios:

Abrasivos, Aire acondicionado, Bidones y contenedores, Bienes de equipo, Bombas de turbina vertical, Cables, Calefacción industrial, Carbón, Cato, Cemento, Cepillos, Cobre y latón, Construcción de teleféricos, Correas de transmisión, Desinfectantes, Equipo de fumigación, Fábricas de yute, Hilado de lino, Ingeniería civil, Madera,

Maquinaria para minería, Maquinaria provisional, Materiales de construcción, Medicamentos, Papel, Pintura, Productos del aceite de linaza, Productos químicos y pigmentos, Seguros, Sogas, Té, Teleféricos, Transporte marítimo, Tuberías de Plomo.

Los jóvenes que con veinte años venían de Inglaterra, casi todos procedentes de Oxford o Cambridge, encajaban perfectamente con las dotes de mando que eran tradición en Bentsen Pryce, Andrew Yule, Bird & Company o cualquiera de las empresas que se consideraban a sí mismas (opinión compartida por casi todo el mundo) la élite comercial de Calcuta —y, por tanto, de la India—. Trabajaban de auxiliares, ligados a la compañía por un contrato temporal o renovable anualmente. En Bentsen Pryce, hasta hacia pocos años, no había sido admitido ningún indio en el Cuerpo Directivo Europeo de la compañía.

Los indios quedaban postergados al Cuerpo Directivo Indio, donde los niveles de responsabilidad y remuneración eran mucho menores.

Durante la época de la Independencia, bajo la presión del gobierno y como concesión al cambio de los tiempos, se permitió, un tanto a regañadientes, la entrada de algunos indios en el imperturbable santuario de las oficinas interiores de Bentsen Pryce. Como resultado, en 1951, cinco de los ocho cargos ejecutivos de la empresa (aunque ninguno de los jefes de departamento, por no hablar de los directores) estaban ocupados por, si se nos permite llamarlos así, blancos atezados.

Ninguno de ellos olvidaba ni por un instante la excepcional posición social que ocupaba, y mucho menos Arun Mehra. Si alguna vez existió un hombre embobado ante Inglaterra y lo inglés, ése fue él. Y ahí estaba, codeándose con ellos en términos de tolerable familiaridad.

Los ingleses sabían cómo llevar las cosas, reflexionó Arun Mehra.

Trabajaban duro y apostaban fuerte. Creían en la autoridad, y él también. Asumían que si a los veinticinco años carecías de autoridad, no tenías madera de directivo. Los jóvenes de aspecto tierno llegaban a la India incluso antes de esa edad; se hacía difícil impedirles dar órdenes ya a los veintiuno. Lo malo de ese país era su falta de iniciativa. Todo lo que querían los indios era un trabajo estable.

Malditos chupatintas, todos ellos, se dijo Arun mientras observaba la sofocante zona de los empleados, de camino a las oficinas de los

ejecutivos, todas ellas provistas de aire acondicionado, que había en el piso superior.

Estaba de mal humor no sólo porque el tiempo era asqueroso, sino también porque sólo había completado un tercio del crucigrama del Statesman, y James Pettigrew, un amigo suyo de otra empresa con el que intercambiaba pistas y soluciones por teléfono casi todas las mañanas, probablemente ya lo habría solucionado casi todo. A Arun Mehra le encantaba explicar cosas, pero no le gustaba que le explicaran nada. Lo que más le gustaba era dar la impresión de que lo sabía todo, y con el tiempo él mismo había llegado a creérselo.

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