Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 78 de 478

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Un buen partido

5.8

L. N. Agarwal se desanudó los pantalones y se quedó en pie ante el urinario. Pero estaba tan furioso que durante unos minutos fue incapaz de orinar.

Contempló la extensa pared cubierta de azulejos blancos y vio en ella la imagen de la cámara abarrotada, la ofensiva cara de Begum Abida Khan, la académica expresión de Abdus Salaam, el indescifrable ceño de Mahesh Kapoor, la paciente pero condescendiente expresión en la cara del primer ministro mientras él se abría paso patéticamente entre el ponzoñoso pantano del turno de preguntas.

No habla nadie en el lavabo, a excepción de un par de sweepers, que charlaban entre ellos. Algunas de sus palabras se abrieron paso entre la furia de L. N. Agarwal. Se quejaban de las dificultades de obtener grano incluso en las tiendas de racionamiento del gobierno. Hablaban desenfadadamente, sin prestar atención al poderoso ministro del Interior y menos aún a su propio trabajo. Mientras parloteaban, una sensación de irrealidad se apoderó de N. Agarwal. Fue arrancado de su propio mundo, de sus propias pasiones, ambiciones, odios e ideas y fue consciente de las necesidades y penurias de las vidas de los demás.

Incluso se sintió un poco avergonzado.

Los sweepers hablaban ahora de una película que habían visto. Era Deedar.

—Pero lo mejor fue el papel de Daleep Kumar, oh, me hizo llorar..., siempre tiene esa tranquila sonrisa en los labios, incluso cuando canta las canciones más tristes. Un hombre tan bueno, ciego, y aun así haciendo el bien a los demás...

Uno comenzó a canturrear uno de los éxitos de la película:

—No olvides los días de la infancia...

El segundo, que todavía no había visto la película, le acompañó en la canción, que, desde que se estrenara la película, estaba en boca de todos.

A continuación dijo:

—Nargis estaba tan guapa en el cartel que la otra noche estuve a punto de ir a ver la película, pero mi mujer me quita todo el dinero en cuanto me dan la paga.

El primer hombre rió.

—Si te dejara quedarte con el dinero, todo lo que vería serían sobres vacíos y botellas aún más vacías.

El segundo hombre habló con nostalgia, intentando imaginar las divinas imágenes de su heroína.

—Dime, ¿qué aspecto tiene?Cómo actúa? Menudo contraste, esa bailarina del tres al cuatro de Nimmi o Pimmi o como se llame, y Nargis, tan sofisticada, tan delicada.

El primer hombre gruñó.

—A mí dame a Nimmi, preferiría vivir con ella que con Nargis.

Nargis es demasiado delgada, demasiado engreída. De todos modos,

¿acaso no son de la misma clase? Ella fue también una de ésas.

El segundo hombre pareció sorprendido.

—¿Nargis?

—Sí, sí, tu Nargis. ¿Cómo crees que consiguió entrar en el mundo del cine? —Se rió y comenzó a canturrear para sí mismo. El otro quedó en silencio y de nuevo comenzó a fregar el suelo.

Los pensamientos de L. N. Agarwal, mientras oía hablar a los sweepers, pasaron de Nargis a otra «de ésas» —Saeeda Bai—, y al chismorreo que estaba ahora en boca de todos acerca de su relación con el hijo de Mahesh Kapoor. ¡Bien!, pensó. Puede que Mahesh Kapoor almidone sus kurtas delicadamente bordadas hasta que queden bien tiesas, pero su hijo está a los pies de una prostituta.

Aunque menos poseído por la cólera, regresó al mundo de la política y las rivalidades. Recorrió el pasillo curvo que conducía a su despacho.

Sabía, sin embargo, que tan pronto como entrara en él sería asaltado por sus inquietos partidarios. La poca serenidad de los últimos minutos quedaría destruida.

—Ya sé, me iré a la biblioteca —murmuró para sí.

En el piso de arriba, en las frías y tranquilas salas de la biblioteca de la Asamblea Legislativa, se sentó, se quitó el gorro y apoyó la barbilla sobre las manos. Un par de diputados estaban sentados, leyendo en las mesas de madera. Levantaron la mirada, le saludaron y siguieron con lo suyo. L. N. Agarwal cerró los ojos e intentó poner la mente en blanco.

Necesitaba restablecer su ecuanimidad antes de encararse de nuevo con los diputados que le esperaban abajo. Aunque la imagen que acudía a su mente no era esa blanca nada que pretendía, sino el blanco espurio de la pared del urinario. Una vez más, sus pensamientos regresaron a la virulenta Begum Abida Khan, y una vez más pugnó por reprimir su rabia y olvidar su humillación. Qué poco tenían en común esta mujer desvergonzada, exhibicionista, que fumaba en privado y chillaba en público, que ni siquiera siguió a su marido cuando éste se fue a Pakistán, sino que, impúdica y sin cónyuge, permanecía en Purva Pradesh sólo para causar problemas, y su difunta esposa, la madre de Priya, que tanta dulzura había puesto en su vida, y que tanto cariño y atenciones dedicara siempre a su familia.

Me pregunto si parte de la Casa de Baitar no podría considerarse propiedad de un refugiado, puesto que el marido de esa mujer vive ahora en Pakistán, pensó L N. Agarwal. Una palabra al custodio, una orden a la policía, y verán de lo que soy capaz.

Tras pensar durante diez minutos, se levantó, saludó con la cabeza a los dos diputados y bajó a su despacho.

Cuando llegó, ya había unos cuantos parlamentarios sentados en su despacho, y varios más se les unieron en los minutos siguientes, cuando se enteraron de que el líder iba a reunirse con sus partidarios.

Imperturbable, incluso sonriendo ligeramente para sí mismo, L N.

Agarwal habló con toda la pomposidad que le caracterizaba. Calmó a sus agitados seguidores, les hizo ver las cosas con perspectiva, diseñó una estrategia.

A uno de los parlamentarios, que se había compadecido de su líder a causa de las desgracias simultáneas de Misri Mandi y de Chowk que le habían caído encima, L. N. Agarwal le replicó:

—Un buen hombre no será nunca un buen político, y tú eres un ejemplo de ello. Pensad una cosa, si tenéis que cometer una serie de desmanes, ¿queréis que el público los olvide o los recuerde?

Estaba claro que había que responder «Que los olvide>, y ésa fue la del diputado.

—¿Lo antes posible? —preguntó L. N. Agarwal.

—Lo antes posible, ministro sahib.

—La respuesta —dijo L. N. Agarwal— es que si tenéis que cometer varios desmanes, entonces cometedlos todos simultáneamente. El pueblo dispersa sus quejas, no las concentra. Cuando la nube de polvo se disipe, al menos habrás ganado dos o tres de las cinco batallas. Y el público tiene mala memoria. Por lo que se refiere al tiroteo de Chowk, y a esos alborotadores muertos, dentro de una semana será una noticia olvidada.

El diputado no parecía muy convencido, pero asintió con la cabeza.

—A nadie le está de mas recibir una lección de vez en cuando —

prosiguió L N. Agarwal—. O se gobierna o no se gobierna. Los ingleses sabían que de tanto en tanto debían dar un escarmiento, por eso aplastaron a los amotinados en 1857. De todos modos, el pueblo siempre se está muriendo, y yo preferiría morir de un balazo a morir de hambre.

No hay ni que decir que tal elección resultaba poco verosímil en su caso. Pero se sentía filosófico.

—Nuestros problemas son muy sencillos. De hecho, se reducen a dos cosas: falta de comida y falta de moralidad. Y de la política de nuestros gobernantes de Delhi, ¿qué puedo decir?, no nos es de mucha ayuda..

—Ahora que Sardar Patel está muerto, nadie puede controlar a Panditji —observó un diputado joven pero muy conservador.

—Antes incluso de que muriera Patel, ¿a quién escuchaba Nehru? —

dijo L. N. Agarwal con un gesto de rechazo—. Sólo, naturalmente, a su gran amigo musulmán Maulana Azud.

Se agarró el arco de pelo gris, a continuación se volvió a su ayudante personal.

—Ponme con el custodio por teléfono.

—¿El custodio de las Propiedades de los Enemigos, señor? —

preguntó el ayudante.

Con mucha calma, y mirándole fijo a la cara, el ministro del Interior le dijo a su despistado ayudante:

—No estamos en guerra. Utiliza la inteligencia que Dios te ha dado.

Me gustaría hablar con el custodio de las Propiedades de los Refugiados. Quiero hablar con él en quince minutos.

Tras un rato prosiguió:

—Ved nuestra situación. Les imploramos comida a los americanos, hemos de comprar todo lo que podemos a China y Rusia, hay carestía en nuestro estado vecino. El ario pasado, campesinos sin tierra se vendían a sí mismos a cinco rupias cada uno. Y en lugar de dar a los granjeros y a los comerciantes vía libre para poder producir más y almacenar productos y distribuirlos eficazmente, Delhi nos obliga a controlar los precios y a imponer los almacenes del gobierno, el racionamiento y las medidas más populistas e improvisadas. No sólo tienen el corazón blando, también el cerebro.

—Panditji tiene buenas intenciones —dijo alguien.

—Buenas intenciones..., buenas intenciones... —suspiró L. N.

Agarwal—. También tenía buenas intenciones cuando entregó Pakistán.

Tenia buenas intenciones cuando renunció a la mitad de Cachemira. De no haber sido por Patel, aún habríamos renunciado a muchos más territorios. Jawaharlal Nehru ha edificado toda su carrera sobre las buenas intenciones. Gandhiji le quería por sus buenas intenciones. Y el pueblo, pobre y estúpido, le adora por sus buenas intenciones. Dios nos salve de la gente con buenas intenciones. Y esas cartas bienintencionadas que escribe cada mes a los primeros ministros. ¿Por qué se molesta en escribirlas? Los primeros ministros no saltan precisamente de alegría al leerlas. —Negó con la cabeza y prosiguió—:

¿Sabéis qué contienen? Largas homilías acerca de Corea y de la destitución del general MacArthur. ¿Qué nos importa el general

MacArthur? Y aun con todo, nuestro noble y sensible presidente del gobierno central considera que es el responsable de todos los males del mundo. Tiene buenas intenciones respecto al Nepal y Egipto y Dios sabe qué más, y espera que nosotros también tengamos buenas intenciones. No tiene la menor idea de administración, pero habla de los comités de racionamiento que deberíamos poner en marcha. No comprende nuestra sociedad ni nuestros libros sagrados, pero quiere transformar nuestra vida familiar y nuestra moral familiar promulgando su maravilloso Derecho Familiar Hindú...

L. N. Agarwal habría seguido un rato más con su propia homilía si su ayudante no le hubiera dicho:

—Señor, el custodio está al teléfono.

—Muy bien —dijo L. N. Agarwal haciendo un leve gesto con la mano, que todos reconocieron como la señal de que se retiraran—. Os veré a todos en el restaurante.

Una vez a solas, el ministro del Interior habló durante diez minutos con el custodio de las Propiedades de los Refugiados. La discusión fue precisa y fría. Por espacio de otro par de minutos, el ministro del Interior estuvo sentado en su despacho, preguntándose si algún aspecto de aquella operación resultaba ambiguo o vulnerable. Llegó a la conclusión de que no.

Entonces se levantó y se dirigió, un tanto fatigadamente, al restaurante de la Asamblea. En los viejos tiempos, su mujer solía enviarle una fiambrera que contenía una comida sencilla, preparada exactamente como a él le gustaba. Ahora estaba a merced de cocineros indiferentes y de su comida institucional. Hasta para el ascetismo había un límite.

Y mientras recorría el pasillo curvo que ceñía la cámara central, volvió a tener conciencia de dónde se encontraba, y se dijo que la altura y el majestuoso esplendor de aquella enorme cámara abovedada convertían casi en triviales los frenéticos y partidistas manejos que tenían lugar en su interior. Pero ese pensamiento no consiguió, excepto durante un instante, apartar su mente de los acontecimientos de aquella mañana y de la amargura que le habían causado, y tampoco le hicieron

lamentar ni lo más mínimo lo que había tramado y puesto en marcha hacia unos minutos.

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