Un buen partido
18.10
La entrevista con Pran estaba programada a primera hora de la tarde. El rector le hizo las preguntas de siempre acerca de la pertinencia de enseñar inglés en la India. El catedrático Jaikumar le hizo una pregunta muy concreta acerca de Scrutiny, de K R. Leavis. El catedrático Mishra le preguntó cariñosamente por su salud y se explayó hablando de las onerosas cargas de la vida académica. El anciano profesor de historia nombrado por el Rector Honorario no dijo nada en absoluto.
Fue con la doctora Ila Chattopadhyay con quien Pran hizo buenas migas de verdad. La doctora empezó a hablar de Un cuento de invierno, una de las obras favoritas de Pran, y los dos se entusiasmaron, hablando libremente de lo inverosímil de la trama, de las dificultades de las imágenes, por no hablar de los problemas de representarla; también se refirieron a algunas escenas y al clímax, absurdo y profundamente conmovedor. Los dos opinaron que debería estar en todos los programas de estudio. Asintieron con violencia y disintieron gratamente. En cierto momento, la doctora Chattopadhyay le dijo abiertamente que estaba diciendo tonterías, y el gesto preocupado del catedrático Mishra se transformó en una sonrisa. Pero aun cuando ella creyera que lo expresado por Pran era una tontería, era obviamente una tontería muy estimulante; toda su atención se concentró en rebatirla.
La entrevista con Pran —o mejor dicho, su conversación con la doctora Chattopadhyay— duró el doble del tiempo que tenía asignado.
Pero, tal como ella señaló, algunos de los otros candidatos habían sido liquidados en cinco minutos, y estaba ávida de aspirantes del calibre de Pran.
A las cuatro habían acabado las entrevistas, e hicieron una breve pausa para tomar el té. El criado que les sirvió no mostró ninguna deferencia con nadie, a excepción del rector. Eso irritó al catedrático Mishra, cuyo té de la tarde solía endulzarse con un poco de coba.
—Parece usted muy pensativo, profesor Mishra —dijo el catedrático Jaikumar.
—¿Pensativo?
—Sí, desde luego.
—Bueno, me estaba preguntando por qué los académicos indios publican tan poco. Muy pocos de nuestros candidatos pueden aducir publicaciones dignas de ese nombre. La doctora Chattopadhyay, por supuesto, es una extraordinaria excepción. Recuerdo, mi querida señora
—se volvió hacia ella— lo mucho que me impresionó su libro sobre los poetas metafísicos. Eso fue mucho antes de que formara parte del comité que...
—Bueno, ya no somos jóvenes —le interrumpió la doctora Ila Chattopadhyay—, y ninguno de nosotros ha publicado nada que valga la pena en los últimos diez años. Me preguntó por qué será.
Mientras el catedrático Mishra aún se recuperaba de ese comentario, el catedrático Jaikumar aventuró una explicación que le cayó como otro estacazo:
—Por regla general —comenzó a decir—, los profesores jóvenes de nuestra universidad tienen un exceso de trabajo en sus primeros años: han de enseñar prosa elemental y lengua inglesa. Si se toman su trabajo en serio, no les queda tiempo para nada más. Y por entonces el fuego se ha apaga do...
—Si es que alguna vez lo hubo —añadió la doctora Ila Chattopadhyay.
—... y la familia ha crecido, los emolumentos son bajos, y llegar a fin de mes se convierte en un problema. Por suerte —añadió el catedrático Jaikumar—, mi mujer tiene el hábito de economizar, y por eso tuve la oportunidad de ir a Inglaterra, y así es como conseguí profundizar en mi interés por Shelley.
El catedrático Mishra, con la mente distraída por el marcado acento hindú de la pronunciación inglesa del catedrático Jaikumar, dijo:
—Sí, pero la verdad es que no acierto a comprender por qué, una vez tenemos una experiencia académica madura y más tiempo libre...
—Entonces surgen importantes comités, como éste, que ocupan nuestro tiempo —señaló el catedrático Jaikumar—. Y también es
posible que por entonces sepamos demasiado y no nos sintamos motivados a escribir. En sí misma, la escritura es un descubrimiento.
Una explicación y una exploración. —El catedrático Mishra se estremeció interiormente mientras su colega proseguía—: La madurez no lo es todo. Quizá, maduro con los años, y pensando que ya lo sabe todo desde el punto de vista académico, nuestro profesor cambie el saber por la religión, que va más allá del saber..., del gyaan al bhakti. La racionalidad no tiene un asidero muy firme en la psique india. Incluso el gran Shankara, Adi-Shankara, 113 seguidor de la escuela advaita, dijo que la gran idea infinita era la de Brahma..., ¿qué necesidad tenía de que el abstruso Hombre le rebajara a simple Ishvara? ¡A Durga! —El catedrático Jaikumar asintió con la cabeza a todos los que estaban en la habitación, y en particular a la doctora Ila Chattopadhyay—. ¡A Durga!
—Sí, sí —dijo la doctora Ila Chattopadhyay—. Pero yo he de coger el tren.
—Bueno —dijo el rector—. Entonces tomemos una decisión.
—Eso no debería llevarnos mucho tiempo —dijo la doctora Ila Chattopadhyay—. Ese sujeto delgado y de piel oscura, Prem Khann, está a años luz por encima de los demás.
—Pran Kapoor —la corrigió el catedrático Mishra, pronunciando las silabas con sutil aversión.
—Sí, Prem, Pran, Prem, Pran: siempre me equivoco en estas cosas.
De verdad, a veces me pregunto qué le ha ocurrido a mi cerebro. Pero ya sabe a quién me refiero.
—Desde luego. —El catedrático Mishra apretó los labios—. Bueno, puede que ahí surjan algunas dificultades. Sopesemos algunas otras posibilidades... para ser justos con los demás candidatos.
—¿Qué dificultades? —preguntó la doctora Ila Chattopadhyay sin rodeos, imaginando la perspectiva de otra noche entre encajes y honores, y decidida a que esa discusión no se prolongara en exceso.
—Bueno, últimamente ha sufrido una gran pérdida. Su pobre madre.
No creo que esté en condiciones de afrontar...
—Bueno, desde luego no permitió que el recuerdo de su difunta madre se interpusiera en la discusión de esta tarde.
—Sí, cuando dijo que Shakespeare era inverosímil —dijo el catedrático Mishra, apretando los labios para indicar lo escasamente sólidas e incluso sacrílegas que le parecían las opiniones de Pran.
—¡Tonterías! —dijo la doctora Ila Chattopadhyay, mirándolo con fiereza—. Dijo que la trama de Un cuento de invierno era inverosímil. Y lo es. Pero, hablando en serio, creo que el hecho de que recientemente haya perdido a su madre no es de nuestra incumbencia.
—Querida señora —dijo el catedrático Mishra con cierta exasperación—, soy yo quien está al frente de este departamento. Debo procurar que todo el mundo arrime el hombro en nuestra embarcación.
Estoy seguro de que el catedrático Jaikumar comprenderá que no se debe permitir que nadie agite el océano.
—Y supongo que hay que procurar con toda firmeza, y mediante los medios que sean necesarios, que aquellos a quienes el capitán considera inadecuados para un alojamiento de primera clase se queden en la toldilla —dijo la doctora Ila Chattopadhyay.
Había intuido que Pran no era del agrado del catedrático Mishra. Y
en la acalorada discusión que siguió descubrió que él y el rector tenían un candidato elegido de antemano, alguien a quien ella había considerado del montón, pero con el cual, recordó, los dos se habían mostrado excesivamente corteses durante la entrevista.
Con la ayuda del rector, y con la aquiescencia extremadamente tácita de la persona designada por el Rector Honorario, el catedrático Mishra habló en favor de su candidato. Pran era académicamente aceptable, pero no contribuía mucho a la buena marcha del departamento. Tenía que madurar. Quizá en el plazo de dos años pudieran volver a considerar su candidatura. El otro aspirante era igualmente bueno y tenía otras ventajas. Además, los puntos de vista de Pran en relación al programa de estudios eran de lo más curiosos. Creía que había que obligar a la gente a tragarse a Joyce —sí, a Joyce—. Su hermano era una mala pieza, y empañaría el nombre del departamento; quizá, a los forasteros, eso les parecieran asuntos ajenos a la cuestión,
pero había que observar ciertas convenciones. Y su salud no era muy buena; llegaba tarde a las clases; bueno, el catedrático Jaikumar ya había visto el colapso que sufrió en mitad de una clase. Y corría el rumor de que estaba liado con una estudiante. Lo más probable es que dichos rumores resultaran infundados, pero había que tenerlos en cuenta.
—Sí, y supongo que también bebe, ¿verdad? —dijo la doctora Ila Chattopadhyay—. Me estaba preguntando cuándo nos hablaría de aquella vez que estaba tan borracho que perdió el conocimiento en clase.
—¡Es increíble! —exclamó el rector—. ¿Es necesario que difame los motivos del profesor Mishra? Debería aceptar como una gracia...
—No aceptaré como gracia lo que es una desgracia —dijo la doctora Ila Chattopadhyay—. No sé qué está pasando, peri si hay una cosa segura, no pienso tomar parte en ello. —Tenia tan buen olfato para lo que denominada ォmiseria intelectual y sordidez académicaサ como para una cañería atascada.
El catedrático Mishra la miraba furioso. Aquella desleal ingratitud le parecía increíble.
—Creo que deberíamos discutir el asunto fríamente —farfulló.
—¿Fríamente? —gritó la doctora Ila Chattopadhyay—. ¿Fríamente?
¡Si hay algo que no puedo soportar es la indecencia! —Al ver que el catedrático Mishra se había quedado apabullado por ese comentario, prosiguió—: Y si hay una cosa que me niego a rechazar, es a la gente que vale. Y ese muchacho vale. Sabe de qué habla. Y estoy segura de que es un profesor de lo más estimulante. Y a partir de su historial académico, del número de comités de que forma parte y de las actividades extraacadémicas en que participa, no me parece que no arrime el hombro en el departamento o en la universidad. Todo lo contrario. Debería conseguir el puesto. Los miembros del comité ajenos a esta universidad, como el catedrático Jaikumar o yo misma, estamos aquí para controlar la —estuvo a punto de decir «bellaquería», pero lo cambió a tiempo por «irresponsabilidad»— académica... Lo siento, soy una mujer muy estúpida, pero si una cosa he aprendido es que cuando
es necesario hablar, hay que hacerlo. Si no elegirnos al aspirante más capaz y usted impone a su candidato a la fuerza, insistiré en que anote en su informe que los expertos estuvieron en desacuerdo con usted...
Hasta el catedrático Jaikumar parecía atónito.
—El autocontrol conduce al paraíso —murmuró para sí mismo en tamil—, pero la pasión incontrolada es el camino hacia una infinita oscuridad. —Tales decisiones nunca se sometían a votación. Siempre se tomaban por consenso. El hecho de votar significaba que, para llegar a una decisión, el asunto tendría que exponerse ante la Junta Académica de la universidad, y eso era algo que nadie deseaba. Sería como desatar una tempestad en el océano. Significaría el fin de toda estabilidad, de todo orden. El catedrático Mishra miró a la doctora Ila Chattopadhyay y se dijo que no le importaría echarla inmediatamente al mar... con la esperanza de que el agua estuviera infestada de medusas.
—Si se me permite decir algo... —El catedrático Jaikumar interrumpió a sus interlocutores, cosa que casi nunca hacía—. No creo que un informe de la minoría sea necesario. Pero si hay que elegir al aspirante más capaz. —Hizo una pausa. Era un hombre docto, de arraigada y nada ostentosa probidad, y el tete-á-tete mantenido la noche anterior con su anfitrión le había disgustado enormemente. Decidió que eligieran a quien eligieran, no sería al aspirante que el catedrático Mishra le había recomendado de modo tan irregular—. ¿Por qué no pensamos en un tercer candidato?
—De ninguna manera —dijo la doctora Ila Chattopadhyay, en quien ahora se había desatado el ardor de la batalla—. ¿Por qué elegir a alguien de tercera categoría como solución de compromiso cuando tenernos a uno de primera?
—Desde luego, lo que dice es cierto —dijo el catedrático Jaikumar
—, y como se dice en el Tirukural114 —hizo una pausa para traducir—: después de juzgar que un hombre puede hacer una tarea porque es competente para ella y sabe utilizar la herramienta, hay que asignársela sin vacilación. Pero también dice: «Sabio es adaptarse a los hábitos del mundo.» Aunque en otra parte se afirma...
Sonó el teléfono. El catedrático Mishra se puso en pie de un salto. El rector le acercó el teléfono.
—El rector al habla... Lo siento, estoy en una reunión... Oh, es para usted, profesor Mishra. ¿Espera una llamada?
—Em, sí, le pedí al médico que me llamara..., en fin, sí..., Mishra al habla.
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