Un buen partido
13.16
Hubo un rápido intercambio de noticias entre las recién llegadas y sus parientes de Brahmpur. Arun estaba extremadamente ocupado, Varun no mostraba la menor traza de prepararse en serio el examen para entrar en la administración, y eran frecuentes las broncas entre los hermanos, en las que Arun periódicamente amenazaba con echar a Varun de casa. El vocabulario de Aparna se incrementaba lentamente; pocos días antes había dicho: «Papá, estoy deprimida.» De pronto, Meenakshi comenzó a echar de menos a Aparna. Al ver cómo el bebé se acurrucaba en el pecho de Savita, se acordó de cuando Aparna era una recién nacida, la deliciosa sensación de proximidad que había experimentado cuando ella mamaba, el espíritu «posesivo» que había sentido respecto a Aparna antes de que ésta se convirtiera en un ser claramente diferenciado, y a menudo opuesto.
—¿Por qué no tiene una etiqueta con el nombre? —preguntó—. El doctor Evans insistía en que había que poner etiquetas con los nombres por si el bebé se perdía o era confundido con otro. —Los pequeños pendientes de Meenakshi centellearon mientras negaba con la cabeza ante tan aterrador pensamiento.
La señora Rupa Mehra se enfadó.
—Estoy aquí para asegurarme de que no pase nada. Las madres deberían quedarse con sus hijos. ¿Quién va a robar al bebé si éste pasa todo el tiempo con la madre?
—Desde luego, las cosas están mucho mejor organizadas en Calcuta
—prosiguió Meenakshi—. En la Clínica Irwin, donde tuve a Aparna, los bebés están en la nursery, y sólo se les puede ver a través de un cristal... para evitar infecciones, naturalmente. Aquí todo el mundo hablares respira junto al bebé, y la atmósfera está llena de gérmenes.
Podría enfermar fácilmente.
—Savita está intentando descansar —dijo la señora Rupa Mehra severamente—. Y estos pensamientos no van ayudarla, Meenakshi.
—Tiene razón —dijo Kakoli—. Creo que aquí todo funciona espléndidamente. De hecho, sería muy divertido que hubiera un trueque de bebés. Como en Príncipe y mendigo. —Era un folletín que Kuku había leído hacía poco—. De hecho —prosiguió—, este crío está demasiado rojo arrugado para mi gusto. Yo pediría que me lo cambiaran —Soltó una risita.
—Kuku —dijo Lata—, ¿cómo van tus interpretaciones al piano? Y
cómo está Hans?
—Quiero ir al cuarto dé baño, mamá, ¿podrías ayudarme? —
preguntó Savita.
—Deja que te ayude —dijeron Meenakshi y Kuku simultáneamente.
—Gracias, pero mamá y yo estamos acostumbradas a esto —dijo Savita con serena autoridad. Le resultaba difícil caminar hasta el cuarto de baño; los puntos hacían que cada movimiento fuera muy doloroso.
En cuanto cerró la puerta, le dijo a la señora Rupa Mehra que estaba bastante cansada, y que les dijera a Meenakshi y Kakoli que volvieran por la tarde a la hora de visita.
Meenakshi y Kakoli, mientras tanto, habían estado hablando con Lata y decidido asistir al ensayo de Noche de Epifanía que tendría lugar aquella tarde.
—Me pregunto lo que debía sentir la mujer de Shakespeare —
suspiró Meenakshi— oyéndole decir continuamente esas cosas tan maravillosamente poéticas... acerca de la vida y el amor...
—No le decía gran cosa a Anne Hathaway —dijo Lata—. Pasaba casi todo el tiempo fuera de casa. Y según el profesor Mishra, sus sonetos dan a entender que también le interesaron otras personas, más de una.
—¿Y a quién no? —dijo Meenakshi; a continuación calló abruptamente, recordando que Lata, después de todo, era la hermana de Arun—. En cualquier caso, a Shakespeare se lo perdonaría todo. Debe de ser tan maravilloso estar casada con un poeta. Ser su musa, hacerle feliz. El otro día se lo estaba diciendo a Amit, pero él es tan modesto...
Lo único que dijo fue: «Creo .que mi mujer pasaría un infierno.»
—Lo cual es una tontería —dijo Kakoli—. Amit tiene un carácter encantador. Bueno, no en vano Cuddles le muerde con mucha menos frecuencia que a los demás.
Lata no dijo nada. Meenakshi y Kuku se expresaban con una extraordinaria falta de sutiles, y su charla acerca de Amit le irritó.
Estaba segura de que Amit no era cómplice de tal misión. Miró su reloj y vio que tenía el tiempo justo para llegar a clase.
—Os veré a las tres en el auditorio —dijo—. ¿Queréis visitar también a Pran?
—¿Pran? Oh, sí.
—Está en la habitación 56. En la planta baja. ¿Dónde os hospedáis?
—Con el señor Maitra, en Civil Lines. Es un anciano amabilidad, pero completamente senil. Dipankar también estuvo en su casa. Se ha convertido en tl albergue de los Chatterji en Brahmpur.
—Me hubiera gustado teneros en casa —dijo Lata—. Pero ya veis que está un poco complicado.
—No te preocupes por nosotras, Lata —dijo amablemente Kuku—.
Sólo dinos qué podemos hacer hasta las tres. Creo que por el momento ya estamos un poco hartas de bebés.
—Bueno,podéis ir al Barsaat Mahal —dijo Lata—. Sé que hace calor a esta hora del día, pero hace honor a su fama, es muchísimo más bonito que en foto.
—¡Oh, monumentos! —dijo Meenakshi, bostezando.
—¿No hay nada más animado en Brahmpur? —preguntó Kakoli.
—Bueno, está el café Danubio Azul, en Nabiganj. Y el Zorro Rojo.
Y el cine, aunque las películas inglesas son de hace un par de años. Y
las librerías... —Mientras hablaba, Lata se dio cuenta de lo insípido que Brahmpur podía parecer a aquellas dos damas de Calcuta—. Lo siento, de verdad, pero debo irme corriendo. Mis clases.
Y Kuku se quedó admirada ante el entusiasmo que Lata sentía por sus estudios.
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