Un buen partido
17.16
Aquella misma noche, el subinspector fue informado de que el rastro de sangre conducía a pocos metros de la casa de Saeeda Bai, y decidió actuar sin dilación. Se presentó en la puerta de Saeeda Bai en compañía de Bihari y de otro agente. El guardián, que anteriormente ya había sido interrogado de modo amenazante, y que ya se hallaba bastante desconcertado e inquieto por lo ocurrido, admitió que esa noche había visto tanto al nawabzada como a Kapoor sahib, de Prern Nivas, y también al doctor Bilgrami.
—Tenemos que hablar con Saeeda Bai —dijo el subinspector.
—Daroga sahib, ¿tiene que ser esta noche, no puede esperar a por la mañana?
—¿Es que no me has oído? —dijo el subinspector, estirándose las puntas del bigote como un villano de película.
El guardián llamó a la puerta y esperó. No hubo respuesta. Golpeó la puerta unas cuantas veces con el extremo romo de la lanza. Apareció Bibbo, vio al policía, cerró la puerta bruscamente y echó el pestillo.
—Déjanos entrar enseguida —dijo el subinspector— o echaremos la puerta abajo. Tenemos que hacerte algunas preguntas en relación a un asesinato.
Bibbo volvió a abrir la puerta. Estaba pálida.
—¿Un asesinato? —dijo.
—Bueno, un intento de asesinato. Ya sabes de qué estamos hablando. Es absurdo que lo niegues. De no ser por nuestra diligente actuación, en estos momentos el hijo del nawab sahib estaría muerto.
De hecho, cabe la posibilidad de que no sobreviva. Queremos hablar contigo.
—Yo no sé nada...
—Ha estado aquí esta noche, y también Kapoor.
—Oh... Dagh sahib —dijo Bibbo, fulminando con la mirada al guardián, que se encogió de hombros.
—¿Está despierta Saeeda Bai?
—Saeeda begum está descansando, como cualquier otro ciudadano respetable de Brahmpur.
El subinspector rió.
—Como cualquier otro ciudadano respetable... —Volvió a reír, y los agentes le imitaron—. Despiértala. Tenemos que hablar con ella. A no ser que prefieras venir a comisaría.
Bibbo tomó una rápida decisión. Volvió a cerrar la puerta y desapareció. Unos cinco minutos más tarde, intervalo que el subinspector aprovechó para hacerle unas cuantas preguntas al guardián, volvió a aparecer.
—Saeeda begum les recibirá arriba. Pero le duele la garganta y no puede hablar.
En la habitación de Saeeda Bai, como siempre, reinaba un orden impecable, y una sábana limpia cubría el suelo. No había bol de fruta ni cuchillo para cortarla. Los tres uniformes caqui establecían un absurdo contraste con el aroma a esencia de rosas.
Saeeda Bai se había vestido apresuradamente con un sari verde.
Llevaba la garganta envuelta con un dupatta. Su voz era un gruñido, y procuraba no hablar. Su sonrisa era tan encantadora como de costumbre.
Al principio negó que hubiera tenido lugar ninguna pelea. Pero cuando el subinspector dijo que Firoz había mencionado Prem Nivas, y que su presencia en casa de Saeeda Bai había sido confirmada no sólo por el guardián, que había declarado que andaba con dificultad cuando salió de la casa, sino también por la evidencia física del rastro de sangre, Saeeda Bai comprendió que era inútil negarlo. Reconoció que había estallado una reyerta.
—¿Dónde ocurrió?
—En esta habitación.
—¿Por qué no hay rastros de sangre?
Saeeda Bai no respondió.
—¿Dónde estaba el arma?
Saeeda Bai permaneció en silencio.
—Responda a las preguntas, por favor. O de lo contrario tendrá que venir a comisaría y hacer su declaración allí. En cualquier caso, mañana tendrá que ratificarlo todo por escrito.
—Era un cuchillo de fruta.
—¿Dónde está?
—Se lo llevó.
—¿Quién? ¿El atacante o la víctima?
—Dagh sahib —consiguió articular en un graznido. Se llevó las manos a la garganta y miró a los policías con aire suplicante.
—¿Qué tiene que ver todo esto con Prem Nivas?
Bibbo intervino:
—Por favor, subinspector sahib, Saeeda Begum apenas puede hablar.
Ha estado cantando demasiado, y estos últimos días el clima ha sido muy malo, con tanto polvo y tanta niebla..., por eso tiene la garganta tan mal.
—¿Qué tiene que ver todo esto con Prem Nivas? —insistió el subinspector.
Saeeda Bai negó con la cabeza.
—Ahí es donde vive Kapoor sahib, ¿verdad?
Saeeda Bai asintió.
—Es la casa del ministro —añadió Bibbo.
—¿Y qué es toda esa historia de una hermana? —preguntó el subinspector.
El cuerpo de Saeeda Bai se puso rígido durante un instante, y comenzó a temblar. Bibbo le lanzó una fugaz mirada de perplejidad.
Saeeda Bol se dio media vuelta. Le temblaban los hombros y estaba llorando. Pero no dijo una palabra.
—¿Y qué es toda esa historia de una hermana? —repitió el policía con un bostezo.
Saeeda Bai negó con la cabeza.
—¿Es que no ha tenido suficiente? —gritó Bibbo—. ¿Aún no se ha cansado de torturar a Saeeda begum? ¿No puede esperar hasta mañana?
Nos quejaremos de usted al superintendente. Molestar a ciudadanos decentes y respetables...
El subinspector no mencionó que el superintendente le había dicho que tratara este caso como cualquier otro, aunque con más diligencia. Y
aunque lo pensó, tampoco hizo ningún comentario sarcástico en relación a cómo los ciudadanos decentes y respetables se apuñalaban entre sí en sus salones.
De todos modos, se dijo que las preguntas más concretas podían esperar hasta mañana. Aun cuando el asunto no estuviera del todo claro, no le cabía duda de que había sido Maan Kapoor, el hijo menor de Mahesh Kapoor, quien había perpetrado aquel ataque en la persona del nawabzada. Pero el subinspector no estaba seguro de si debía arrestarle aquella misma noche. Por otro lado, en Prem Nivas, al igual que en la Casa de Baitar, vivía una de las familias más influyentes de Pasand Bagh, y Mahesh Kapoor era uno de los hombres más importantes de la provincia. Para un simple subinspector, la idea de levantar de la cama a los habitantes de aquella augusta mansión en horas tan intempestivas —y para tal propósito— podía ser interpretado como una supina insolencia y una total falta de respeto. Pero, por otro lado, era un caso muy serio. A pesar de que la víctima seguía con vida, los hechos apuntaban a un intento de homicidio, posiblemente a una tentativa de asesinato, en la que ciertamente se habían producido heridas graves.
Ya se había saltado varios peldaños del escalafón jerárquico al llamar al superintendente a aquellas hora de la noche. Ahora no podía volver a despertarle para solicitarle instrucciones. Una consideración adicional acudió a su mente, y eso determinó su actuación posterior. En
tales casos existía el peligro de que el criminal se atemorizara y huyera.
Decidió arrestarle enseguida.
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