Un buen partido
16.15
Savita había ocupado el asiento delantero del Austin; Arun conducía, y ella queda hablar con él. Meenakshi iba detrás. Los demás habían regresado a Calcuta en el Humber.
—Arun bhai —dijo la afable Savita—, ¿qué pretendes
comportándote de este modo?
—No sé a qué te refieres. No seas estúpida.
Savita era la única persona de la familia que no se dejaba amedrentar por las tácticas intimidatorias d. Arun, y no iba a permitir que Arun cerrara la discusión antes de empezarla.
—¿Por qué te comportas de manera tan desagradable con Haresh?
—Quizá deberías hacerle a él esta pregunta.
—Yo no veo que él se muestre particularmente desagradable contigo.
—Bueno, no hay duda de que dijo que Praha era un nombre muy conocido en la india,y que no pocha decirse lo mismo de Bentsen Pryce.
—Es un hecho.
—Aunque fuera cierto, no tenla por qué decirlo.
Savita rió.
—Sólo lo dijo, Arun bhai, porque tú te habías puesto un poco pesado hablando de los checos y sus toscos modales. Fue autodefensa.
—Veo que estás decidida a ponerte de su lado.
—Yo no lo veo así. ¿Por qué al menos no puedes ser educado? ¿Es que no respetas los sentimientos de mamá... o los de Lata?
—Naturalmente que los respeto —dijo pomposamente Arun—. Por eso precisamente creo que este asunto debería cortarse de raíz.
Simplemente, él no es hombre que le convenga. ¡Un zapatero en la familia!
Arun sonrió. Cuando, por recomendación de un antiguo colega de su padre, se presentó en Bentsen Pryce para una entrevista de trabajo, al instante tuvieron el buen juicio de comprender que él era el hombre que convenía a la empresa. O lo eres o no lo eres, reflexionó Arun.
—No veo qué hay de malo en hacer zapatos —dijo Savita sin perder la calma.
Arun gruñó.
—Creo que me duele un poco la cabeza —dijo Meenakshi.
—Sí, sí —dijo Arun—. Conduzco todo lo deprisa que puedo, considerando que hay un pasajero que me distrae. Pronto llegaremos a casa.
Savita permaneció callada un par de kilómetros.
—Bueno, Arun bhai, ¿qué tienes en contra de él que no tuvieras en contra de Pran? El día que conociste a Pran no recuerdo que elogiaras su acento.
Arun sabía que ahí estaba pisando terreno peligroso, y que Savita no le consentiría que dijera ninguna bobada de su marido.
—Pran es un buen hombre —concedió Arun—. Se está adaptando a la manera de ser de la familia.
—Pran siempre ha sido un buen hombre —dijo Savita—. Y es la familia la que se ha adaptado a él.
—Piensa lo que quieras —dijo Arun—. Pero déjame conducir tranquilo. ¿O quieres que pare el coche y sigamos discutiendo? A Meenakshi le duele la cabeza.
—Arun bhai, esto no es una discusión. Lo siento, Meenakshi, pero quiero aclarar bien las cosas con Arun antes de que intente convencer a mamá de que Haresh no es hombre para Lata —dijo Savita—. ¿Qué tienes en contra de él? ¿Te parece que no es «uno de nosotros»?
—Bueno, desde luego no lo es —dijo Arun—. No es más que un atildado hombrecillo con unos horribles zapatos, un empleaducho servil y un presumido. Pocas veces me he encontrado con alguien tan
arrogante, terco y pagado de sí mismo... y con menos motivos para serlo.
En respuesta, Savita simplemente sonrió. A Arun, eso le irritó más que si le hubiera contestado.
—No sé adónde esperas llegar con esta discusión —dijo Arun tras unos momentos de silencio.
—No quiero que eches a perder las oportunidades de Lata —dijo Savita muy seria—. Ella tampoco está muy segura de nada, y quiero que decida por sí misma, no que su Hermano Mayor lo decida todo por ella y dicte la ley, como siempre.
Meenakshi rió desde la parte de atrás: una risa argentina, ligeramente acerada.
Un enorme camión vino hacia ellos desde el otro lado, casi obligándoles a salirse de la carretera. Arun viró bruscamente y maldijo.
—¿Te importa si proseguimos esta conversación en casa? —
preguntó.
—En casa hay cientos de personas —dijo Savita—. Con tantas interrupciones me será imposible hacértelo entender. ¿No te das cuenta, Arun bahi, de que las ofertas de matrimonio no llueven del cielo cada día? ¿Por qué estás tan decidido a desbaratar ésta?
—Hay otras personas interesadas en Lata... El hermano de Meenakshi, por ejemplo.
—¿Amit? ¿De verdad te refieres a Amit?
—Sí, Amit. De verdad me refiero a Amit.
Savita pensó inmediatamente en lo poco que le convenía a Lata esa opción, pero no lo dijo.
—Bueno, deja que Lata decida por ella misma —dijo—. Déjale la elección a ella.
—Mientras tenga a mamá todo el día pegada a ella, no será capaz de decidir por sí misma —dijo Arun—. Y el capataz, como todo el mundo ha podido ver, ha procurado granjearse las simpatías de mamá. A los
demás casi ni nos ha dirigido la palabra. Por ejemplo, me he dado cuenta de que no hablaba mucho contigo.
—No me importa —dijo Savita—. A mí me gusta. Y quiero que el día de Año Nuevo te portes como es debido.
Arun negó con la cabeza al pensar en la invitación de mamá, repentina y sin consultar con nadie.
—Por favor, dejadme en el Mercado Nuevo —dijo Meenakshi de pronto—. Iré a casa más tarde.
—¿Y tu dolor de cabeza, cariño?
—Me encuentro bien. He de comprar algunas cosas. Volveré en taxi.
—¿Estás segura?
—Si.
—¿No te hemos molestado?
—No.
Cuando Meenakshi se hubo apeado, Arun se volvió hacia Savita:
—Has molestado innecesariamente a mi mujer.
—Oh, no seas estúpido, Arun bhai... y no te refieras a Meenakshi como «mi mujer». Creo que simplemente no siente ningún deseo de volver a su casa, donde hay una docena de personas. Y no la culpo.
Somos demasiados en Sunny Park. ¿Crees que Pran, Uma y yo podríamos aceptar la invitación de los Chatterji?
—Hay otra cosa. ¿Qué pretendía al hablar de los bengalíes de ese modo?
—No lo sé —dijo Savita—. Pero tú lo haces continuamente.
Arun se quedó callado. Algo le preocupaba.
—¿Crees que se bajó del coche porque pensó que íbamos a hablar de Amit?
Savita sonrió ante tan improbable delicadeza por parte de Meenakshi, pero simplemente dijo:
—No.
—Bueno —dijo Arun, molesto por el hecho de que fuera precisamente Savita quien se mostrara tan intransigente en el asunto de Haresh, y sintiéndose un poco inseguro a resultas de ello—, creo que estás iniciando tus prácticas ante el tribunal a costa mía.
—Sí —dijo Savita, rehusando seguir la broma—. Y ahora prométeme que no vas a interferir.
Arun rió con la indulgencia propia de un hermano mayor.
—Bueno, todos tenemos nuestras opiniones, tú tienes las tuyas y yo las mías. Y mamá puede aceptar la que más le plazca. Y Lata también, naturalmente. Dejémoslo así, ¿te parece?
Savita negó con la cabeza, pero no dijo nada.
Arun intentaba salir victorioso, pero Savita era un hueso duro de roer.
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