Un buen partido
15.11
Y de pronto la procesión de Rama se detuvo y se oyó el sonido de unos tambores distintos, acompañado de lamentos y gritos de terrible pesar. Un grupo de unos veinte hombres, acompañados de tamborileros, intentaba atravesar la procesión para llevar su tazia al Imambara.
Algunos se golpeaban el pecho de pena por el Imam Husein; otros llevaban cadenas y látigos en los que habían insertado pequeños cuchillos y hojas de afeitar, con los que se azotaban implacablemente en movimientos compulsivos Ni espasmódicos. Llevaban una hora y media de retraso —los tamborileros habían aparecido tarde, la procesión se había topado con otra y se había iniciado una pelea absurda— y ahora intentaban avanzar todo lo rápido que podían, desesperados por llegar a su destino. Era la novena noche del Moharram. En la lejanía apenas divisaban la aguja del Imambara, iluminada con una guirnalda de bombillas. Al avanzar, las lágrimas les rodaban por las mejillas.
—¡Ya Hassan! ¡Ya Husein! ¡Ya Hassan! ¡Ya Husein! ¡Hassan!
¡Husein! ¡Hassan! ¡Husein!
—Bhaskar —le dijo Veena a su hijo, que le había cogido la mano—.
Vete a casa enseguida. Enseguida. ¿Dónde está la abuela?
—Pero yo quiero verlo...
Veena le abofeteó una vez, con fuerza, cruzándole la cara de mono.
Él la miró incrédulo, a continuación, lloroso, salió reculando del callejón.
Kedarnath había avanzado para hablar con los dos policías que acompañaban a la procesión de la tazia. Sin importarle lo que sus vecinos pudieran pensar, ella le alcanzó, le cogió de la mano y dijo:
—Vámonos a casa.
—Pero es que hay un problema..., más vale que yo...
—Bhaskar está enfermo.
Kedarnath, desgarrado entre dos preocupaciones, asintió.
Los dos policías que acompañaban a los portadores de la tazia intentaron abrirles paso, pero eso fue demasiado para la gente de Misri Mandi, los ciudadanos de la ciudad santa de Ayodhya que tanto y tan devotamente había aguardado para ver a Rama.
Los policías comprendieron que lo que habría sido un camino seguro una hora atrás ya no lo era. Ordenaron, suplicaron a la tazia que cambiara de ruta, que se detuviera, que retrocediera, pero sin resultado.
Aquellos desesperados dolientes empujaban hacia adelante, atravesando la alegría de esa otra celebración.
Tan atroz y violenta interrupción —ese lunático lamento que ridiculizaba la puesta en escena del regreso de Shri Ramachandra ji a su hogar, con sus hermanos y su gente, para fundar un reino de perfección
— no iba a ser tolerada. Los monos, que hasta ese momento habían estado dando cabriolas en una incontenible alegría, dieron en arrojar flores a la tazia llenos de cólera, gritando y gruñendo agresivamente, y a continuación amenazaron a los intrusos que intentaban abrirse paso a través del camino de Rama, Sita y Lakshman.
El actor que interpretaba a Rama avanzó en un movimiento que fue medio agresivo y medio conciliador.
Restalló una cadena y él 'retrocedió, y quedó jadeando de dolor en el alféizar de un escaparate. Sobre su piel azul oscura se formó una mancha roja que se fue extendiendo.
La multitud enloqueció. Aquellos musulmanes sedientos de sangre habían logrado lo que todas las fuerzas de Rayana no habían podido conseguir. No era un joven actor, sino Dios mismo quien estaba ahí herido.
Exaltado al ver a Rama herido, el hombre de los fuegos artificiales agarró un lathi de uno de los organizadores y encabezó una carga contra la procesión de la taña. A los pocos segundos, la tazia, una obra de muchas semanas de trabajo fabricada a base de vidrio, mica y tracería de papel, yacía aplastada en el suelo. Le lanzaron fuegos artificiales hasta que prendió. La frenética multitud la pisoteó y golpeó con lathis hasta que quedó carbonizada y hecha añicos. Sus horrorizados defensores intentaron atacar con sus cuchillos y cadenas a
esos kafirs que, brincando como monos en la mismísima víspera del gran martirio, habían osado profanar la santa imagen de la tumba.
La visión de la tazia aplastada y carbonizada les trastornó.
Ambos bandos estaban ahora sedientos de muerte..., ¿qué importaba si ellos también sufrían el martirio? Atacar a esos demonios, defender lo que les era querido..., ¿qué importaba si morían si con ello conseguían revivir la pasión de Karbala o devolver el poder a Ram Rajya y librar al mundo de esos crueles asesinos de vacas, esos demonios que deshonraban a Dios?
—Matad a esos cabrones..., acabad con ellos..., engendros de Pakistán.
—¡Ya Husein! ¡Ya Husein! —Ahora era un grito de batalla.
Pronto los fanáticos gritos de la época de la Partición —«Allah-u-Akbar» y «Har har Mahadeva»— se oyeron por encima de I. gritos de dolor y terror. Cuchillos y lanzas y hachas y lathis aparecieron procedentes de las casas vecinas, e hindúes y musulmanes se hirieron mutuamente en las extremidades, los ojos, la cara, las entrañas y la garganta. De los dos policías, uno fue herido en la espalda, el otro consiguió escapar. Pero se trataba de un barrio hindú, y, tras unos aterradores minutos de mutua carnicería, los musulmanes huyeron por las callejas laterales, casi todas angostas y desconocidas para ellos.
Algunos fueron perseguidos y muertos, otros huyeron y volvieron por donde habían venido, otros corrieron hacia el Imambara dando un rodeo, guiados por la lejana aguja iluminada y las guirnaldas de luces.
Escaparon hacia el Imambara igual que si huyeran hacia un santuario..
allí recibirían protección entre aquellos de su misma religión y encontrarían corazones que pudieran comprender su propio miedo y odio, su amargura y su pesar, pues acababan de ver cómo herían y asesinaban. a sus amigos y parientes; y allí, también, acabarían de inflamarse sus pasiones.
Algunos grupos de musulmanes dieron en recorrer Brahmpur incendiando tiendas hindúes y asesinando a todos los hindúes que podían encontrar. Mientras tanto, en Misri Mandi, tres de los tamborileros que habían sido contratados para el Bharat Milaap, y que
ni siquiera eran chiítas, y a quienes tanto les daban las tazias como la divinidad de Rama, yacían asesinados junto a la pared del templo, los tambores hechos pedazos, la cabeza medio separada del tronco, los cuerpos empapados en queroseno, quemados..., todo ello, sin duda, a la mayor gloria de Dios.
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