Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 379 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

16.14

A la señora Rupa Mehra le impresionó mucho lo bien que estaba puesta la mesa: un grueso mantel blanco y servilletas, varios juegos de cuchillos y tenedores, cristal y loza de buena calidad, y tres centros de mesa en los que había sendos ramos de flores de guisantes de olor.

En cuanto Haresh y sus acompañantes entraron en el salón, dos camareros llevaron el pan a la mesa, junto con tres platos de mantequilla Anchor. El pan se había cocido bajo la supervisión de Khushwant, mediante una técnica que había aprendido de los checos.

Varun, que caminaba con paso un tanto vacilante, estaba bastante hambriento. Tras unos minutos, como la sopa no llegaba, tomó una rebanada. Estaba delicioso. Tomó otra.

—Varun, no comas tanto pan —le reprendió su madre—. ¿No ves que van a servir muchos platos?

—Mm, mamá —dijo Varun con la boca llena y la mente en otras cosas. Cuando le ofrecieron más cerveza, no se lo pensó dos veces.

—Qué bonitos son estos centros de mesa —dijo la señora Rupa Mehra. Los guisantes de olor nunca podrían reemplazar a las rosas en su corazón, aunque eran unas flores encantadoras. Olió el aroma y observó los delicados colores: rosa pálido, blanco, malva, violeta, carmesí, marrón, rosa oscuro:).

Lata pensaba que los guisantes de olor eran un centro de mesa de lo más extraño.

Arun demostró sus conocimientos en el tema del pan. Habló del pan de alcaravea, del pan de centeno y del pan integral.

—Pero si me preguntan —dijo (aunque nadie lo había hecho)—, no hay ninguna exquisitez comparable al naan indio.

Haresh se preguntó si existía algún otro tipo de naan.

Tras la sopa (crema de espárragos) vino el primer plato, que era pescado frito. Khushwant cocinaba muchas especialidades checas, pero sólo los platos ingleses más sencillos y básicos. La señora Rupa Mehra

se encontró con que, por segunda vez en dos días, le ponían delante un plato de verduras gratinadas con queso.

—Delicioso —dijo sonriéndole a Haresh.

—No sabia qué pedirle a Khushwant que le preparara, mamá; pero pensó que esto sería una buena idea. Y dice que de segundo plato ha preparado otra sorpresa.

Al pensar en la amabilidad y consideración de Haresh, la señora Rupa Mehra estuvo a punto de echarse a llorar. Le pareció que llevaba demasiados días de sequía. Sunny Park era como un zoo, y, como resultado los es— unidos de cólera de Arun eran más frecuentes. Todos se alojaban en la misma casa, y algunos dormían sobre colchones que por la noche se extendían en el salón. Aunque los Chatterji se habían ofrecido a alojar a los Kapoor en Ballygunge, Savita pensó que Uma y Aparna debían tener la oportunidad de llegar a conocerse. Además, y de modo muy poco aconsejable, había pretendido recrear la atmósfera de los viejos tiempos en Darjeeling —o de la época en que viajaban en vagón privado—, cuando los dos hermanos y las dos hermanas compartían el mismo techo y un alojamiento en el que se apiñaban agradablemente con su padre y su madre.

Se habló de política. Comenzaban a conocerse los resultados de las elecciones en los estados en que se hablan celebrado anticipadamente.

Según Pran, el Partido del Congreso arrasaría en los comicios. Arun no se aplicó al tema con vehemencia, tal como había hecho la noche anterior. Para cuando acabaron con el pescado, ya no quedaba nada que decir de política.

Haresh monopolizó buena parte del segundo plato impresionando a la concurrencia con diversos hechos de la historia y la producción de Praha. Mencionó a Pavel Havel y le elogió por «trabajar tan duro».

Aunque no era comunista, había algo en Haresh que le hacía parecerse a un jovial y estajanovista Héroe del Trabajo. Con orgullo les relató que era el segundo indio que habitaba aquella colonia, y mencionó que había conseguido alcanzar una producción semanal de 3.000 pares.

—La tripliqué —añadió, muy feliz de poder compartir con alguien aquella proeza—. El proceso de coser la vira era el verdadero cuello de

botella.

Una frase de cuando visitaron la curtiduría con Haresh había permanecido en la mente de Lata: «Todos los demás procesos, barnizado, encartonado, planchado, etcétera, son opcionales, naturalmente.» Ahora volvía a recordarlo, y ante ella vio aquellas fosas de donde unos hombres escuálidos, provistos de unos guantes de goma color naranja y con la ayuda de unos garfios, extraían los pellejos hinchados del interior de un líquido oscuro. Bajó la mirada hacia la suculenta piel del pollo asado. No puedo casarme con él, pensó.

La señora Rupa Mehra, por otro lado, había avanzado ya bastantes kilómetros en dirección opuesta, ayudada por un delicioso vol-au-vent de champiñones. No sólo había decidido que Haresh sería un marido ideal para Lata, sino que Prahapore, con sus parques infantiles, sus guisantes de olor y sus paredes protectoras, sería un lugar ideal para criar a sus nietos.

—Lata me decía las ganas que tenía de ver su nueva casa —se permitió mentir la señora Rupa Mehra—. Y ahora que la hemos visto, debe usted venir a cenar el Día de Año Nuevo a nuestra casa de Sunny Park —añadió espontáneamente. A Arun se le pusieron los ojos como platos, pero no dijo nada—. Y debe decirme si hay algo en particular que le gustarla comer. Me alegro de que hoy no sea Ekadashi, de lo contrario no podría comer pasteles. Debe venir por la tarde, así tendrá la oportunidad de hablar con Lata. ¿Le gusta el críquet?

—Sí —dijo Haresh, intentando seguir la pelota de la conversación

—. Pero no soy buen jugador. —Se pasó una desconcertada mano por la frente.

—Oh, yo no hablaba de jugar —dijo la señora Rupa Mehra—. Por la mañana Arun le llevará a ver el Test Match. Tiene varias entradas. A Pran también le gusta el críquet —prosiguió—. Y luego, por la tarde, puede venir a casa. —Le lanzó una mirada a Lata, quien, por alguna razón desconocida, parecía un tanto perpleja.

¿Qué le pasa a esta chica?, pensó la señora Rupa Mehra, irritada.

Una caprichosa, eso es lo que es. No se merece la suerte que tiene.

Era posible que no. Lata no podía evitar pensar que su suerte era un tanto contradictoria. En términos inmediatos consistía en carne al curry con arroz; frases en checo que le llegaban de otra mesa, seguidas de estentóreas carcajadas; un pudin de Navidad con salsa de coñac del que Arun tomó dos porciones y la señora Rupa Mehra tres, a pesar de su diabetes («Pero hoy es un día especial»); el café; Varun, silencioso y tambaleante; Meenakshi coqueteando con Arun y poniéndose a hablar del pedigrí de los perros de la señora Khandelwal y de que la doncella de ésta se llamaba Chatterji, lo cual dejó a Haresh bastante perplejo...

hasta que se recuperó volviendo a su tema favorito: Praha; sólo que acabó hablando más de la cuenta de Praha y de los señores Havel, Bratinka, Kurilla, Novak; la intuición de los zapatos marrones y blancos de Haresh al acecho, invisibles bajo el grueso mantel blanco; la súbita visión de su agradable sonrisa: los ojos de Haresh desapareciendo casi completamente. Amit había dicho algo acerca de una sonrisa..., la sonrisa de Lata..., justo el otro día..., ayer, ¿no? La mente de Lata fue vagando hasta llegar al río Hoogly, al otro lado del muro, al Jardín Botánico que había en su ribera..., un baniano..., barcas sobre el Ganges..., otro muro cerca de otra factoría Praha..., un campo de críquet bordeado de bambú y el apagado sonido de un bate golpeando una pelota... De pronto le entró mucho sueño.

—¿Te encuentras bien? —Era Haresh, sonriendo afectuosamente.

—Sí, gracias, Haresh —dijo Lata. Se sentía un tanto desdichada.

—No hemos tenido oportunidad de hablar.

—No importa. Nos veremos el Día de Ario Nuevo. —Lata intentó sonreír. Por suerte, las últimas cartas que le había enviado a Haresh eran poco comprometedoras. De hecho, le agradecía que apenas hubiera hablado con ella. ¿De qué podían hablar? ¿De poesía? ¿De música? ¿De teatro? ¿De amigos o conocidos comunes, de miembros de la familia?

Sintió alivio al pensar que Prahapore estaba a veinte kilómetros de Calcuta.

—Este sari rosa salmón que llevas es precioso —se aventuró a decir Haresh.

Lata comenzó a reír. Su sari era verde pálido. Rió con ganas, y sintió que eso la aliviaba.

Todos se quedaron atónitos. ¿Qué diantres le ocurría a Haresh... y qué diantres le ocurría a Lata?

—¡Rosa salmón! —dijo Lata, muy alegre—. Supongo que «rosa»

sólo no era lo suficientemente exacto.

—Oh —dijo Haresh, sintiéndose repentinamente incómodo—. No será verde, ¿o sí?

Varun soltó un bufido de desdén, y Lata le dio una patada por debajo de la mesa.

—¿Eres daltónico? —le preguntó a Haresh con una sonrisa.

—Me temo que si —dijo Haresh—. Pero de cada diez colores distingo nueve tal como son.

—La próxima vez que nos veamos llevaré un sari rosa —dijo Lata

—. Así podrás elogiarlo sin ninguna incertidumbre.

Haresh despidió los dos automóviles después de almorzar. Sabía que él sería el tema de conversación durante los próximos veinte kilómetros.

Tenía la esperanza de tener al menos un partidario en cada coche. De nuevo tuvo la impresión de que ni Arun ni Meenakshi querían saber nada de él, pero tampoco se le ocurría nada que pudiera reconciliarle con ellos.

Por lo que a Lata se refería, se sentía completamente optimista. Que él supiera, no tenla ningún rival. Quizá el almuerzo había sido demasiado abundante, pensó; Lata parecía un poco soñolienta. Pero todo había resultado como esperaba. En cuanto a su daltonismo, ella lo

—habría averiguado tarde o temprano. Se alegró de no haber pedido a sus invitados que regresaran a su apartamento para tomar paan, pues Kalpana Gaur le había advertido que los Mehra no aprobaban esa costumbre. Lata había llegado a gustarle tanto que deseaba haber tenido más tiempo para hablar con ella. Pero sabía que no era tanto ella sino su familia —y en especial mamá— el objetivo de las maniobras de aquel día. «Que 1951 sea el año decisivo de tu vida», habla escrito a primeros de año en uno de I. Puntos de Acción de su diario. Sólo quedaban tres

días para el Año Nuevo. Decidió prolongar la fecha límite hasta una o dos semanas después, cuando Lata regresara a Brahmpur después de las vacaciones.

OceanofPDF.com