Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 45 de 478

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Un buen partido

3.6

Un par de días más tarde hubo un concierto en el Auditorium Bharatendu, una de las salas de concierto más grandes de la ciudad.

Uno de los intérpretes era Ustad Majeed Khan.

Lata y Malati habían conseguido entradas, al igual que Hema, una amiga suya alta, delgada y alegre que vivía con innumerables primos y primas en una casa no lejos de Nabiganj. Todos ellos estaban al cuidado de la persona de más edad de la familia, una persona muy estricta al que todos llamaban «Tauji». El Tauji de Hema tenía una ardua tarea, pues no sólo era responsable del bienestar y la reputación de las chicas de la familia, sino también de asegurarse de que los muchachos no cometieran travesuras. A menudo había maldecido la suerte de ser el único representante, en aquella ciudad universitaria, de una extensa familia repartida por todo el país. En una ocasión amenazó con enviar a todo el mundo de vuelta a casa si le causaban más problemas de los que podía soportar. Pero su mujer, a la que todos llamaban «Taiji», a pesar de haber sido educada con escasa libertad, opinaba que era una lástima que sus sobrinas y las hijas de sus sobrinas se vieran sometidas a las mismas constricciones. Y así procuraba obtener para las chicas lo que éstas no conseguían de una manera más directa.

De este modo, aquella noche Hema y sus primas habían conseguido permiso para utilizar el gran Packard marrón de Tauji, y fueron recogiendo a sus amigas para ir al concierto. En cuanto hubieron perdido de vista a Tauji olvidaron completamente su airado comentario de despedida: «¿Flores? ¿Flores en el pelo? ¡No les basta con salir en época de exámenes y escuchar esa música ligera! Todo el mundo pensará que sois unas completas disolutas, nunca conseguiréis casaron.»

Las once muchachas, incluyendo a Lata y a Malati, salieron del Packard en el Auditorium Bharatendu. Por extraño que parezca, sus saris no habían quedado completamente arrugados, sólo un poco desarreglados. Se quedaron ante la puerta del auditorio, alisándose la ropa la una a la otra, charlando excitadas. A continuación, en un animado destello de color, entraron en la sala. No pudieron sentarse

todas juntas, de manera que se repartieron de dos en dos o de tres en tres. Unos cuantos ventiladores giraban sobre sus cabezas, pero aquel día había hecho calor y el auditorio estaba a rebosar. Lata y sus amigas comenzaron a abanicarse con sus programas, y esperaron a que comenzara el concierto.

La primera parte consistió en un recital de sitar a cargo de un conocido músico, que les decepcionó por su falta de interés. En el intermedio, Lata y Malati se hallaban junto a las escaleras que había en el vestíbulo cuando el Hombre Consumido por el Fuego se acercó a ellas.

Malati le vio primero, le dio a Lata un golpecito con el codo y dijo:

—Encuentro número tres. Voy a desaparecer.

—Malati, por favor, quédate —dijo Lata, en un súbito arranque de desesperación, pero Malati se marchó con la admonición:

—No seas un ratón. Sé una tigresa.

El joven se le acercó, muy seguro de sí mismo.

—¿Te molesta si te interrumpo? —dijo él, en voz no muy alta.

Lata no pudo discernir sus palabras a causa del ruido que había en el abarrotado vestíbulo, y así se lo indicó.

El joven tomó la señal como una autorización para aproximarse. Se colocó más cerca de ella, le sonrió y le dijo:

—Me preguntaba si te molestaría que te interrumpiera.

—¿Interrumpirme? —dijo Lata—. Pero si no estaba haciendo nada.

—El corazón le latía cada vez con más fuerza.

—Me refería a interrumpir tus pensamientos.

—No estaba pensando nada —dijo Lata, procurando controlar una repentina sobrecarga de pensamientos. Pensó en el comentario de Malati referente a lo mal que mentía y sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas.

—Allí no cabía ni un alfiler —dijo el joven—. Y aquí tampoco, desde luego.

Lata asintió. No soy un ratón ni una tigresa, pensó, soy un erizo.

—Una música deliciosa —dijo él.

—Sí —asintió Lata, aunque ni mucho menos lo creyera. El hecho de que estuvieran tan cerca le provocó un estremecimiento. Además, la avergonzaba que la vieran con un joven. Sabía que si miraba a su alrededor vería a algún conocido observándola. Pero, tras haber sido descortés con él por dos veces, estaba decidida a no rechazarlo de nuevo. Seguir el hilo de la conversación, sin embargo, no era fácil en aquellos momentos en que tan pendiente estaba de los demás. Puesto que se le hacía difícil mirarle a los ojos, bajó la vista.

El joven estaba diciendo:

—... aunque, naturalmente, por supuesto, no voy allí a menudo. ¿Y

tú?

Lata, perpleja, porque o bien no había oído o no había retenido lo que había dicho con anterioridad, no respondió.

—Estás muy callada —dijo él.

—Siempre estoy muy callada —dijo Lata—. Es para compensar.

—No es cierto —dijo el joven con una débil sonrisa—. Cuando habéis entrado, tú y tus amigas hablabais como cotorras... y algunas han seguido hablando mientras el intérprete tocaba el sitar.

—¿Crees —dijo Lata, levantando bruscamente la mirada— que los hombres no parlotean tanto como las mujeres?

—Yo sí —dijo el joven a la ligera, feliz de que ella hablara por fin—.

Es un hecho de la naturaleza. ¿Quieres que te cuente una historia de Akbar y Barbal? Tiene mucho que ver con este tema.

—No sé —dijo Lata—. Cuando lo haya oído te diré si deberías habérmela contado o no.

—En fin, ¿quizá cuando volvamos a encontrarnos?

Lata se tomó este comentario con bastante frialdad.

—Supongo que así será —dijo—. Siempre acabamos

encontrándonos por casualidad.

—¿Tiene que ser por casualidad? —preguntó el joven—. Antes te mencioné a ti y a tus amigas, pero el hecho es que casi todo el tiempo me he estado fijando en ti. Desde el momento en que te vi entrar, pensé en lo encantadora que estabas con ese sencillo san verde, con sólo una rosa en el pelo.

La palabra «casi» preocupó a Lata, pero el resto fue música. Ella sonrió.

Él le devolvió la sonrisa, y de pronto fue al grano.

—El viernes por la tarde, a las cinco, hay una reunión de la Sociedad Literaria de Brahmpur, en casa del señor Nowrojee, en el número 20 de Hastings Road. Promete ser interesante y la entrada está abierta a cualquiera que desee asistir. Ahora que se acercan las vacaciones, parece que dan la bienvenida a los desconocidos para que no disminuya el número de asistentes.

Las vacaciones, pensó Lata. Quizá no volvamos a vernos, después de todo. La idea la entristeció.

—Oh, ya sé lo que queda preguntarte —dijo ella.

—¿Ah sí? —dijo el joven, desconcertado—. Adelante.

—¿Cómo te llamas?

En la cara del joven apareció una sonrisa de felicidad.

—Ah —dijo—. Creí que nunca ibas a preguntármelo. Me llamo Kabir, pero hace poco mis amigos han comenzado a llamarme Galahad.

—¿Por qué? —preguntó Lata, sorprendida.

—Porque creen que me paso el día rescatando damiselas afligidas.

—Pero yo no estaba tan afligida como para necesitar que me rescataran —dijo Lata.

Kabir rió.

—Ya lo sé, lo sé perfectamente, pero mis amigos son una pandilla de idiotas —dilo.

—Igual que mis amigas —dijo Lata con deslealtad. Después de todo, Malati la había dejado en la estacada.

—¿Por qué no intercambiamos también nuestros apellidos? —dijo el joven, intentando sacar el máximo provecho de su buena suerte.

Un cierto instinto de autoprotección hizo callar a Lata. Él le gustaba, y deseaba volver a verle, pero quizá el próximo paso que él diera fuera pedirle su dirección. Su mente se llenó de imágenes de la señora Rupa Mehra interrogándola implacablemente.

—No, mejor que no —dijo Lata. A continuación, percibiendo su brusquedad y el desaire que podían implicar sus palabras, soltó lo primero que le vino a la cabeza—: ¿Tienes hermanos?

—Sí, un hermano pequeño.

—¿Ninguna hermana? —Lata sonrió, aunque no supo muy bien por qué.

—Tuve una hermana pequeña hasta el año pasado.

—Oh, lo siento —dijo Lata consternada—. Qué terrible debió de ser para ti... y para tus padres.

—Bueno, sobre todo para mi padre —dijo Kabir con serenidad—.

Pero parece que Ustad Majeed Khan ya ha comenzado a tocar. Quizá deberíamos entrar.

Lata, sacudida por una corriente de compasión y ternura, apenas le oyó; pero cuando él se dirigió hacia la puerta, ella le siguió. En el interior de la sala, el maestro había comenzado su lenta y espléndida interpretación del Raga Shri. Se separaron, volvieron a sus respectivos lugares y se sentaron a escuchar.

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